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Newsletter Nro. 110
 
Curso Elaboración del Código de Etica
 
     
 

PALABRAS PERSONALES

Esteban Owen  

Los fundamentos profundos
del concepto “win-win”

Cuando asomaba con fuerza la crisis argentina de 2001, con su pendiente recesiva, el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, pedía a la población que compre, que no ahorre, que gaste su dinero en la compra de productos. Recuerdo que todo el mundo criticó duramente a Cavallo, que proponía como solución justamente lo que nadie estaba dispuesto a hacer.

Recuerdo que, al contrario de lo que todo el mundo pensaba y decía, yo sostuve que Cavallo tenía razón, aunque mi opinión tenía un origen diametralmente opuesto al de Cavallo, al menos si uno considera las escuelas ideológicas en cuestión. Y es que yo me acordé de un postulado de Carl Marx, que conocí en mis tiempos de estudiante de Sociología en la Universidad de Buenos Aires.

Marx decía –al menos hasta donde recuerdo– que la riqueza de una nación no depende tanto del volumen de bienes que posee (su Producto Bruto) como de la velocidad con que su riqueza (o su dinero) circula entre la población.

Cavallo y Marx –desde ideologías opuestas– decían exactamente lo mismo. Muy poco dinero, circulando a gran velocidad entre la población, representa mucha riqueza. Mucho dinero, guardado en los colchones de sus poseedores, genera gran pobreza para todos. Podría decirse que se trata de un postulado que tiene como fundamento una visión sistémica de la economía de las sociedades. La circulación de dinero es el combustible que mueve a la economía de las naciones.

Desde un enfoque completamente diferente, algunas corrientes filosóficas de oriente, que van ganando adherentes en Occidente, postulan que la abundancia del Universo circula entre los hombres conforme a determinadas leyes. En pocas palabras, cada uno de nosotros puede comportarse como un canal, a través del cual la abundancia y la prosperidad fluyen, o podemos ser estanques que no dejan circular la riqueza.

Según esas mismas leyes, dar y recibir son los componentes de causa y efecto de la abundancia. En la medida en que somos generosos en el dar, nos hacemos merecedores de la abundancia y la prosperidad. Si somos mezquinos en el dar y compartir, actuamos como estanques que retienen, impidiendo el flujo, que finalmente busca otros canales por donde circular, llevando abundancia a los hombres y las mujeres.

Seguramente son ideas que podrán tener sus partidarios y sus detractores. En cualquier caso, intuyo que muchas corrientes psicológicas de Occidente, con fundamentaciones bien distintas, llegarán a las mismas conclusiones. Aquellos que tienen miedo de “soltar”, seguramente carecen de la necesaria confianza que les habilite para “obtener” aquello que desean.

En cualquier caso, el “no hacer a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”, tiene como contrapartida la formulación positiva “trata a los demás como quieres que te traten a ti”.

Hasta pronto.

Esteban Owen
Editor
esteban.owen@serhumanoytrabajo.com

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EFECTIVIDAD
Improvisación en reuniones
Por Piero Moltedo Perfetti

Piero Moltedo Perfetti  
   

Cuántas veces he tenido ganas de expresar lo que el Rey Juan Carlos señaló al Presidente Venezolano: “¿Por qué no te callas?” En mi experiencia en el mundo de la empresa he asistido a múltiples reuniones y cientos de comités en empresas de variada naturaleza. He observado que tales reuniones pocas veces comienzan con un objetivo definido, con tiempos de inicio y clausura establecidos y cumplidos, y con desenlaces propios del fin que tuvo tal cita. Peor aún, las conclusiones pocas veces se aplican. Las reuniones –cosa que las empresas no consideran– tienen un costo, que es la proporción del tiempo de la remuneración de los asistentes más el valor que agregan en su respectiva institución y, por lo tanto, sus resoluciones debiesen aportar más valor que el costo de tales citas.

Pero sin lugar a dudas, lo que más me llama la atención de una reunión –y esto me ha sucedido en empresas chilenas, españolas, argentinas, peruanas, entre otras– es la calidad de las intervenciones. Los participantes, los que muchas veces ni siquiera saben por qué están invitados a la reunión, emiten juicios y opiniones fruto de la improvisación, o bien apoyan simplemente al que primero habló. La carencia de argumentos y, sobre todo, la falta de una meditación del tema de manera previa, hacen de estas juntas, verdaderas espontaneidades de juicios y ponencias. La sabiduría pocas veces abunda en tierras que no hayan sido lo suficientemente afianzadas.

Aún recuerdo una reunión en que participé como asesor en planificación estratégica. La interrogante versaba sobre si la planta productora de conservas debía trasladarse a una nueva localidad o bien permanecer donde estaba. Tal cuestionamiento merecía una evaluación del proyecto, con un adecuado estudio técnico sobre logística, costos y, por supuesto, un cuidadoso estudio del impacto medioambiental. Los gerentes al unísono opinaron de manera improvisada. Cuando uno de ellos afirmó que la nueva ubicación significaría un aumento en los costos de mano de obra, algunos de los contertulios no estuvieron de acuerdo. Nadie manejaba datos precisos, sólo fue improvisación. Entonces surgió la bienvenida que la espontaneidad da a la idiotez: decidieron votar a mano alzada la ubicación de la fábrica. Como asesor, les hice saber que las decisiones de este tipo merecían un razonamiento proporcional a los costos y riesgos de cada una de las alternativas. Siguieron el consejo y se elaboraron los estudios para tomar una decisión argumentada.

Por eso afirmo que, quizás por cortesía o por no querer asumir el rechazo de otro reunido, muchas veces nuestra naturaleza nos impide hacer callar al que opina sin argumentos, o al que simplemente no permite la fluidez de las ideas. Interrumpir, e incluso romper el silencio, es señal de no valorar la opinión del otro, o la necesaria reflexión. Y si en una empresa no se aprende a participar en reuniones, y saber callar al impertinente, difícilmente se puedan tomar decisiones que no conduzcan a la organización a un actuar improvisado.


Piero Moltedo Perfetti es MBA (Master en Administración de Empresas), Universidad Carlos III de Madrid, España. Master en Marketing, IEDE, de Madrid, España. Ingeniero Comercial, Licenciado en Ciencias en la Administración de Empresas, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Diplomas en Marketing Estratégico, Kellogg`s Northwestern University, USA; en Alta Dirección Internacional de Empresas, Universidad Adolfo Ibáñez, Chile; y en E-learning, Universidad de Sevilla, España. Premios: Mc Graw Hill Chile al mejor postgraduado en Marketing 1998; Mejor Profesor MBA 2003, EAE, España. www.pieromoltedo.cl

 
     
 
     
 
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PARA PENSAR
Las Tres Plagas del Desierto
Por Diego Ferrero

 
   

A modo de introducción

Todos, en cada una de nuestras acciones, nos vemos obligados a tomar decisiones que afectan inevitablemente el entorno que nos rodea. A veces las decisiones tomadas no son las mejores, pero nos ayudan a crecer. Sin embargo, detrás de cada una de ellas se libra una batalla personal, oculta, que rara vez sale a la luz.

Quisiera compartir con ustedes este cuento en el cual describo lo que a mi juicio son los enemigos escondidos detrás de cualquier decisión.

El cuento

Caminar el Desierto implica mucho más que la voluntad de uno por emprender un viaje. No basta cargar la bolsa en los hombros y de tanto en tanto vaciar la pesada carga. No es sólo eso. Es, por el contrario, mucho más. Es enfrentarse a peligrosas verdades, tan desconocidas e incisivas como el puñal certero clavado en la espalda por el traidor. Verdades que sin querer van desnudando el alma del peregrino para mostrarle quién es.

– Caminar el Desierto es mucho más –le habría dicho el viejo mercader de pieles a Amej, en un alto en su ruta a la Ciudad de las Verdades Eternas.

– Prepara bien tus sentidos para ver y escuchar cuando en tu camino se presenten las Tres Plagas del Desierto. Inmundas cualidades de algunos seres despreciables, que por propia decisión han perdido su rumbo y, cual asquerosas sanguijuelas, chupan la sangre del caminante, ávidas de codicia.

El viejo mercader sabía de lo que estaba hablando. Hizo una breve pausa, y bebió un largo sorbo de vino agrio.

Muchos años atrás, según cuentan las historias, hubo un joven mercader que supo cruzar el Desierto como ningún otro lo había hecho, en busca de la Ciudad de las Verdades Eternas. Se decía que para encontrarla, no importaba lo que uno caminara, sino lo que a uno le tocara vivir en su trayecto.

El joven mercader estaba preparado para cualquier vicisitud. Su arma más poderosa –se decía– consistía en un viejo bastón heredado de un sabio peregrino que había logrado llegar a la Ciudad.

Sin embargo, como a todos, le llegó el momento de enfrentarse con las Tres Plagas. Ese día el calor era insoportable, el sol se hallaba en el cenit, y el oasis más cercano se encontraba demasiado lejos. De pronto, una anciana mujer de cabellos blancos se acercó, y con sus manos arrugadas por el paso del tiempo le ofreció una jarra de vino fresco.

– La próxima vertiente se halla a tres días de viaje, acepta este humilde ofrecimiento y bebe de mi vino. Sin pensarlo aceptó la invitación. Su aspecto le recordaba a su anciana madre.

– En quién más puedo confiar –pensaba el joven mercader, acostumbrado a las tretas de los ladrones de pieles. Y así fue que bebió de su vino.

Al hacerlo, el sabor del vino fue transformándose en su boca, desde una suave caricia de notas frescas de damascos al hiriente amargor del agrio vinagre. Luego de que su lengua se hinchara, el desvanecimiento sobrevino de inmediato. Mientras, la anciana se iba transformando en un ser asqueroso y repugnante.

– Pobre estúpido peregrino, tus pieles y tu dinero ahora me pertenecen. Pronto me verás de nuevo; y no te olvides, YO represento a las Tres Plagas del Desierto: la Traición, la Cobardía y la Corrupción. Hoy te ha tocado la Traición.

Y así fue como la imagen de las Tres Plagas del Desierto se marchó llevándose todo lo que el joven mercader poseía. Su boca sería testigo de su presencia. De ahora en más, cada vez que bebiera un sorbo de vino, éste se transformaría en vinagre, para recordarle que la Traición estuvo alguna vez alojada en su boca. Desde entonces, el joven mercader no ha hecho otra cosa que reflexionar acerca de la Traición, la Cobardía y la Corrupción.

Amej pudo reconocer en el viejo mercader las historias que se contaban por ahí, y sin detenerse preguntó:

– ¿Cuéntame qué has reflexionado?

– Amej, aún hoy continúo haciéndolo. Sólo puedo anticiparte que la Traición es la peor de las Tres Plagas del Desierto. Ella se lleva lo más preciado que un hombre puede dar... su confianza. Quien ha traicionado no tiene perdón, no existe una forma de reparo.

– Amej, no pongas el cuidado de tu esposa ni de tus hijos en manos del cobarde, ya que carece del espíritu necesario para enfrentar la más mínima adversidad. La Cobardía es la hermana menor de la Traición.

– Y por último, cuídate de la Corrupción, impune Plaga que actúa entre las sombras, esperando el momento oportuno para entrar y destruir todo lo que toca.

Y una vez dicho esto, se marchó. Y se cuenta que Amej se sentó en la arena del Desierto para reflexionar acerca de lo dicho por el viejo mercader; y hasta el día de hoy no se ha encontrado a peregrino alguno que haya podido dar muerte a estas Tres Plagas del Desierto.


Diego Ferrero es Lic. Administración Agraria y especialista en temas de reingeniería de procesos. Es Director de MANUFACTURING PEOPLE, consultora especializada en reingeniería de negocios. Su carrera profesional se desarrolló como gerente de compras en La Salteña S.A. y luego como gerente de abastecimiento en Pillsbury Argentina S.A. Anteriormente trabajó como jefe de compras en Refinerías de Maíz S.A. –División Industrial–.