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En
la actualidad las cosas adquieren valor y relevancia una vez
cotizadas, es decir, una vez que se les atribuye un precio
determinado, pactado por el mercado local vigente. Recién
entonces se impregnan de vitalidad y sentido para el consumidor
promedio. Sin precio, sin números, el objeto pierde
atractivo, se deshace en el mero sinsabor de lo intangible.
Es frecuente que las películas, por ejemplo, se publiciten
en función de las astronómicas sumas invertidas
en su producción, o los libros en base a la cantidad
de ejemplares vendidos. Curiosamente, el núcleo determinante
de la calidad de una actividad o producto se ha trasladado
de la cosa en sí hacia el precio monetario del mismo.
Julián Marías escribió alguna vez que
no hay que confundir el valor de algo con su precio. Nada
más cierto en todos los ámbitos de la vida.
Algo
interesante me sucedió charlando con un cliente potencial
hace algún tiempo. Luego de visitarlo y presentarle
el espectro de servicios de nuestra empresa, sugerí
avanzar con la confección de un presupuesto ajustado
a la necesidad detectada, para poder concretar así
el trabajo en cuestión. Esta persona, que me escuchaba
atentamente, no dudó en responderme: “Empecemos
a trabajar inmediatamente, no esperemos el presupuesto”.
Yo quedé desconcertado, invadido repentinamente por
un comentario que trascendía los límites de
mi estructura de pensamiento. “Empecemos a trabajar”,
insistió este individuo. Luego entendí que a
este interlocutor no era que le sobrara el dinero, ni que
estuviera excesivamente apurado, sino que comprendía
que el precio del servicio dependía del trabajo, y
no al revés.
En
el campo de los negocios, y más concretamente en el
de Recursos Humanos, estamos viviendo hoy un fenómeno
claramente relacionado con la idea desarrollada en los párrafos
anteriores. En efecto, pareciera que esta concepción
utilitarista de la realidad ha penetrado en su vorágine
arrasadora en todas las facetas de la sociedad, y de manera
aún mucho más aguda en el micromundo de las
empresas. Cada vez se publican más artículos
en revistas de management que denuncian, con osado enojo,
la impostergable urgencia de materializar los resultados de
Recursos Humanos, para que adquieran así relevancia
en la abultada agenda del directorio de las compañías.
“Para
ganar terreno frente a otros sectores, como Finanzas o Ventas,
hay que aprender de ellos, hay que asemejarse”, dicen
algunos. Ahora bien: hay que evaluar y pensar cuál
es el costo de esta elección. En efecto, el hecho de
que el valor de Recursos Humanos en una empresa sea sobre
todo un intangible, dificulta y disminuye las posibilidades
de medir y cuantificar sus resultados en estadísticas
y mediciones fehacientes. En otras palabras, el valor del
trabajo del área de RR.HH. corre el peligro de perderse
en la nebulosa de los servicios no-cuantificables, y su importancia
puede subestimarse por el hecho de que no se puede valorar
lo que no tiene precio, y es imposible asignarle un precio
a lo que no se puede cuantificar a partir de datos estadísticos
concretos. La actitud que tomemos frente a esta realidad nos
parece determinante en nuestros días.
Decíamos
recién que es de vital importancia evaluar el costo
de esta decisión de cuantificar los resultados de RR.HH.
para adquirir poder de decisión y relevancia estratégica
en las altas gerencias de las compañías. Creo
firmemente que antes deberíamos replantearnos el sentido
de nuestra profesión y descubrir nuestra esencia constitutiva.
Ciertamente, ¿por qué mirar hacia afuera y pretender
ser lo que no se es? ¿Sirve de algo guiarnos y reflexionar
por el nivel de influencia que logramos sobre el directorio
de la organización? Antes bien, en mi opinión
el problema de la falta de peso de RR.HH. en la alta gerencia
es más bien un error estratégico de ésta
y no de Recursos Humanos.
Por
lo tanto, la solución de fondo no es que RR.HH. modifique
su esencia y se convierta en algo que no es (una consultora
estadística de resultados), sino esperar que, lentamente,
los directivos de las empresas asimilen la ya innegable importancia
radical de RR.HH. en la estrategia global de la compañía.
Esta conciencia no puede tardar mucho en llegar. En el mundo
globalizado en el que vivimos, las tecnologías de producción
en masa, los sistemas culturales estáticos, las políticas
productivas de bajos costos y las viejas estructuras jerárquicas,
han dejado de ser esenciales en el core del negocio.
En
un entorno interconectado íntegramente y en permanente
cambio, las competencias más valoradas son la capacidad
y velocidad de adaptación a diversas culturas, la originalidad
e innovación constante (para adaptar productos y servicios
a culturas heterogéneas) y la flexibilidad o agilidad
corporativa para actualizar a ritmos vertiginosos procedimientos
y políticas de las empresas. En este nuevo panorama,
el valor diferencial de una organización es, sin lugar
a dudas, la gente. Los desafíos de la competitividad,
como decía Benjamin Coriat, no están ya en la
infraestructura o en los sistemas de producción a escala,
sino en la calidad de las personas para adaptarse e innovar
en un mundo en constante cambio.
Y
el trabajo de RR.HH. sobre la gente no puede estar centralizado
en medir o cuantificar resultados, puesto que esto es propio
de las ventas o de las finanzas (que manejan números
y no personas), pero definitivamente no de Recursos Humanos.
Ahora
bien, la conclusión de todo esto es que deberíamos
mirar hacia adentro y no hacia afuera. El resentido, ante
todo, es aquél que se siente inferior y por eso envidia
y anhela lo que no tiene. En nuestro caso, no hay que sentirse
menos por no generar resultados semejantes a los de otros
sectores, hay que concentrarse en la esencia de nuestra función
en la empresa.
Esto
no quiere decir que no haya ciertas cuestiones cuantificables
en RR.HH., sobre las cuales sea muy productivo generar estadísticas
e informes detallados (por ejemplo encuestas de clima, estadísticas
de conformidad remunerativa, etc.), pero creo que el gran
problema es cuando esta sed utilitarista que se alimenta de
resultados pasa a tomar el timón principal de nuestras
tareas y desplaza sutilmente a lo verdaderamente esencial
de nuestro trabajo.
Aplicado
esto a un caso concreto: si nuestro objetivo en capacitación
es formar a 50 empleados por mes en un determinado software,
y que eso pueda ser plasmado en una estadística que
compruebe el impacto de esta operativa en el negocio, estamos
mal encaminados. Nuestra finalidad en este ejemplo debe ser
la calidad de las capacitaciones y el seguimiento personalizado
de las mismas. Podemos estar seguros de que si hacemos esto,
el impacto sobre la estructura de la organización será
favorable.
Si
nos concentramos en la cantidad de gente capacitada por minuto,
la calidad seguramente pasará a un segundo plano. La
estadística, sin lugar a dudas, debe ser siempre un
medio para mejorar procesos y ahondar en determinados temas,
pero nunca puede ser nuestro fin primordial que nos lleve
a ganar poder ciegamente en la mesa de decisiones. Tarde o
temprano, esta actitud mercantilista de los Recursos Humanos
se vuelve poco creíble y cae, por la propia vacuidad
de su espíritu utilitarista. |
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