En
un contexto económico basado en la competitividad y
la eficacia productiva, la motivación del personal
parece una condición indiscutible. Seguro que pensáis
que cuanto más motivado, mejor, ¿verdad? ¿Realmente
seguro?
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¿Tu entiendes a Juan?
-
No lo entiendo para nada. Parece imposible que una persona
que fue tan importante, tan productiva, tan exitosa en esta
empresa se haya convertido en lo que es.
-
Es verdad, lo tenía todo. Podía haber conseguido
aquí lo que quisiera: poder, honores, dinero. El gran
jefe sólo juraba por él.
-
Y ahora se enfada por nada, cualquier cosa que le digas sobre
su trabajo parece ser un ataque personal.
-
Siempre te recuerda sus antiguas batallitas y sus antiguas
victorias. Su legitimidad está en el pasado.
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Sí, está antiguado. Se ha aferrado al Proyecto
como si fuera hijo suyo. Cuando le propusieron un nuevo departamento,
se negó, argumentando ya no se qué, pero en
realidad, creo que tenía miedo.
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Creo que está quemado.
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¿Quemado? Pero si no hace nada más que trabajar.
Tu no lo conociste antes, solía salir con los colegas
a tomar una copa, a cenar, a jugar un doble de tenis, ahora
es un workalcoholic, adicto al trabajo.
-
¿Juan? Cuesta creerlo.
-
Pues no siempre fue como es. Me acuerdo cuando le confiaron
la jefatura de su departamento, dándole preferencia
sobre un colega más antiguo. Estaba super motivado.
Quería comerse el mundo. Empezó a dedicar todas
sus energías y todo su tiempo al Proyecto. Era admiración
de muchos y envidia de otros tantos. Todo el mundo apostaba
por él para llegar a la alta dirección.
-
¿Qué habrá pasado?
-
No lo sabe nadie. Ahora parece vivir en una burbuja, no sale,
se enfada con facilidad, se aferra a ideas desfasadas, parece
amargado, como desilusionado. Creo que peligra su carrera,
y hasta su puesto de trabajo. ¡Sería una pena
perderle!
-
¿Qué dices?
-
Pues sí. Sabe muchísimo, conoce la empresa como
pocos, conoce el mercado, tiene experiencia. No son activos
agradables de perder.
-
¿Qué le habrá pasado?
¿Qué
le habrá pasado, verdad? ¿Cómo es posible
que un colaborador tan motivado se haya convertido en un problema?
Precisamente
el problema está en la motivación, o mejor dicho,
en la excesiva motivación.
Desde
luego, la mayoría, por no decir la totalidad de los
responsables, desean tener colaboradores motivados. Muy motivados.
En
un contexto económico basado en la competitividad y
la eficacia productiva, la motivación del personal
parece una condición indiscutible. Seguro que pensáis
que cuanto más motivado, mejor, ¿verdad?.
Pues,
no todo el monte es orégano.
Es
cierto que hasta cierto umbral la eficacia profesional y el
nivel de motivación están correlacionados. Sube
la motivación, sube la dedicación y sube la
eficacia profesional. Pero esto tiene un tope más allá
del cual los efectos se invierten y la supermotivación
genera beneficios negativos. Un colaborador sobremotivado
se convertirá en un problema. Veamos por qué.
El
equilibrio afectivo de las personas descansa en tres pilares:
la vida profesional, la vida privada y la vida relacional.
Cuando
se rompe sensiblemente el equilibrio afectivo de una persona,
experimenta tensión, ansiedad, estrés, depresión
y otros efectos indeseables e improductivos.
Nuestro
capital afectivo es limitado, no puede ser estirado a voluntad,
por lo que una súper motivación profesional
termina mermando los demás capitales afectivos, va
en detrimento de ellos.
En
general, la vida relacional declina primero porque las personas
se esfuerzan en mantener como puedan una estabilidad familiar.
Ya no se sale con los amigos ("es que no tengo tiempo"),
se dejan el deporte y los hobbies. Si la sobremotivación
profesional se mantiene, o aumenta, la vida familiar también
se verá afectada. El equilibrio está roto.
Las
necesidades afectivas se van centrando en un solo pilar: la
vida profesional, y cualquier golpe a la misma hace tambalear
el edificio emocional. La identificación entre la persona
y el trabajo es excesiva. Las necesidades afectivas descansan
en un solo soporte a la vez que lo hacen más frágil,
como pasaría con una pierna sana si le escayolasen
la otra.
Se
instala una confusión entre el ser y el hacer. La persona
se proyecta en su obra, se identifica con ella; toda crítica
a la misma se convierte en una crítica personal, tanto
más dañina que no tiene ya otra fuente afectivo
para re-estabilizar el conjunto.
En
su entorno sus colegas y sus colaboradores aprenden a no opinar,
para evitar los enfrentamientos, y el súper motivado
deja de recibir feedback, o lo recibe en una retroalimentación
sesgada, y por tanto inútil.
Al
no recibir retroalimentación se produce una forma perniciosa
de aislamiento que se traduce en la pérdida, parcial
o total, de la capacidad de evolución.
El
desequilibrio afectivo crea una dependencia, afectiva también,
del trabajo, en el que la persona supermotivada se ha invertido.
Depende de lo que hace porque ya es lo único que ama
y le puede gratificar emocionalmente. Dejarlo, abandonar su
proyecto, sería dejar lo que le gusta, lo que él
"es". En consecuencia la persona pierde capacidad
de adaptación.
La
supermotivación se asocia a proyectos concretos, que
proporcionan satisfacción y placer. Una vez terminado
el proyecto que proporcionó el gratificante éxito,
queda el presente que siempre parece soso, tanto más
como nuestro supermotivado habrá perdido algún
tren mientras se aislaba en el suyo. Los que quedan no son
tan importantes. Y así se convierte en un nostálgico
del pasado.
Y
todo eso ocurre al Juan de nuestra historia. Fue un supermotivado.
Se dedicó en exclusividad a su trabajo renunciando
a su vida relacional, tal vez también a la personal,
y ahora se encuentra marginado, desilusionado y desfasado.
La
motivación es buena, imprescindible, fundamental. Pero
en esta materia, como en tantas, el exceso es un defecto y
lo mejor puede ser enemigo de lo bueno.
Un
buen entrenador procura motivar a su jugador, pero no permite
que se queme. |