La
mayoría de las organizaciones “ascienden a sus
mejores empleados a roles gerenciales, los envían a
unos cuantos talleres y seminarios, y después los lanzan
a los leones”. En este cuadro de situación, los
gerentes potenciales fallan “porque las empresas no
admiten que las características personales, ideologías
o comportamientos afectan las habilidades de liderazgo de
un individuo”.
Este
es, en síntesis, el diagnóstico que Natalie
Shope Griffin, consultora de desarrollo ejecutivo y organizacional,
presenta en un artículo titulado “Personalice
el desarrollo de los líderes”, publicado en la
edición de mayo de Harvard Business Review, que circula
en español en América Latina desde comienzos
de año.
Según
Griffin, cuatro tipos de personas que llegan a los programas
de desarrollo gerencial:
–
Los líderes renuentes, “que
parecen tener todas las habilidades necesarias para ser gerentes
de primera, pero que no se imaginan a sí mismos triunfando
en un rol de liderazgo”.
–
Los líderes arrogantes “presentan
el problema opuesto: creen que ya tienen todas las habilidades
de liderazgo que van a necesitar”.
–
Los líderes desconocidos “tienen
la mezcla adecuada de humildad, confianza y capacidad de liderazgo,
pero su talento pasa inadvertido porque fallan en el desarrollo
de relaciones fuera de un pequeño grupo de colegas”.
–
Los líderes trabajólicos, individuos
que “han sido recompensados por poner el trabajo por
encima de todo lo demás y por pasar un tiempo excesivo
en la oficina”, pero a menudo “no tienen ni la
perspectiva ni la personalidad para inspirar a otros”.
En
el artículo, Griffin explica el programa desarrollado
Nationawide Financial, una empresa con sede en Columbia, Ohio,
y ejemplifica el trabajo de desarrollo de liderazgo aplicado
mediante un caso para cada uno de los cuatro tipos descriptos.
“El programa de desarrollo, de un año de duración,
incluía coaching, tutoría, observación
del management de otros, experiencia de management en terreno
y clases de capacitación, todo respaldado con sesiones
regulares de feedback. El desarrollo se enfocó en la
persona en su dimensión total y no sólo en sus
habilidades individuales”, comenta la especialista.
Al
analizar en detalle cada uno de los cuatro prototipos, Griffin
advierte que los líderes renuentes tienen, a menudo,
“la materia prima para convertirse en gerentes notables,
pero los sabotea su falta de autoestima. Sus inseguridades
profundamente arraigadas se manifiestan de varias formas:
indecisión, aversión al riesgo y tendencia a
evitar el conflicto”.
Para
transformarlos en líderes fuertes, desarrolla la autora
del artículo, “es necesario ayudarles a cambiar
los supuestos que tienen sobre sus propias habilidades y darles
capacitación específica en desarrollo de toma
de decisiones y manejo de conflictos, así como continuas
dosis de estímulo”.
Aunque
un mínimo porcentaje de líderes se encuentra
en la categoría de arrogantes, “son los que más
se destacan –dice Griffin–, porque pueden ser
descarados”. Los líderes arrogantes “son
tan inseguros como los renuentes, pero compensan sus dudas
autoconvenciéndose de que ya son magníficos
gerentes. Como son ambiciosos autopublicistas, muchas organizaciones
los ascienden sin pensarlo dos veces”.
Pero
los líderes arrogantes pueden causar estragos en sus
equipos. Para transformarlos en gerentes capaces y empáticos
hay que despertarlos de un golpe, con duro feedback, enternamiento
práctico para escuchar con empatía y de trabajo
en equipo, e incluso amenazasa de descenso o despido”.
Los
líderes desconocidos, afirma Griffin, son “personas
ambiciosas y muy competentes, pero cautelosas, que establecen
relaciones de una manera más lenta y vacilante que
otras. Como a menudo son introvertidas, sus círculos
personales son pequeños y muy rara vez inician una
conversación. La gente no suele ir a estas personas
en busca de liderazgo, y tienen poco ‘reconocimiento
de marca’ dentro de sus organizaciones”.
Estos
líderes requieren, para transofrmarlos en gerentes
efectivos, “feedback de 360 grados, seguido de una cuidadosa
deconstrucción de su idea subyacente de que el relacionarse
significa repartir adulaciones, y que eso es una pérdida
de tiempo. También resulta efectivo forzar a los líderes
desconocidos a reunirse con gente nueva, pero, al igual que
con los líderes renuentes, esto requiere muchísimo
seguimiento y apoyo”.
La
práctica gerencial en terreno en un ambiente completamente
desconocido “resulta extremadamente útil para
sacar de sus caparazones a los líderes desconocidos”,
puntualiza la experta.
En
cuanto a los trabajólicos, muchos tienen “personalidades
adictivas y ansiosas, y prefieren el trabajo a su propia familia,
el crecimiento espiritual, los deportes, las aficiones, el
amor o la amistad”. Habitualmente extrovertidos, adictos
a las actividades y la acción, “los trabajólicos
tienen altas probabilidades de sufrir de agotamiento, estrés
y los problemas físicos que se derivan de ello, como
fatiga crónica, problemas cardíacos, presión
alta y otros. Lamentablemente, muchas empresas siguen premiando
el trabajolismo”, sentencia Griffin.
Asegura
inmediatamente que “nuestras investigaciones informales
han confirmado que los empleados responden de manera mucho
más favorable a gerentes equilibrados, con intereses
externos. Trabajan gustosamente y con vigor para dichos gerentes,
porque saben que cuando el equipo alcance sus metas, sus vidas
personales también serán respetadas”.
“Nuestro desafío con los trabajólicos,
por lo tanto, es demostrarles que su modus operandi de trabajar
más duro en lugar de más inteligentemente, no
lleva a ninguna parte. Tratamos de castigar el trabajolismo
en vez de premiarlo”, sentencia la autora.
Al
trabajar con los cuatro tipos de gerentes “hemos aprendido
algo sobre la eficacia de los diferentes métodos de
desarrollo que aplicamos –concluye Griffin–. Creemos
que si no hubiéramos puesto en práctica un planteamiento
personalizado estaríamos encaminando a todos nuestros
gerentes hacia el fracaso. Si bien un tipo de persona responde
muy bien a una forma de ‘tratamiento’, el mismo
enfoque tiene el efecto contrario en otra”. |