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Debe
plantearse la necesidad de un código ético del
profesional de Recursos Humanos, como punto de partida hacia
una mayor identificación de su rol en las organizaciones
y la sociedad argentinas. A la vez, facilitará la toma
de decisiones y permitirá un desarrollo más
consistente y claro para quienes ejercen hoy la profesión
y, muy especialmente, en el futuro.
Como
si fuera un prólogo
Creo
importante puntualizar, en primer término, desde qué
lugar escribo para poner sobre la mesa de quien me leyere
todas las cartas que necesite y pueda armar su propio juego
de pensamientos. Todo texto tiene claves ocultas, aun para
el propio autor, pero si se da un caso como éste, que
implica abordar algunas reflexiones éticas, por cuestiones
de necesaria coherencia se impone hacer un minucioso esfuerzo
de honradez, poniendo al descubierto todos los pliegues que
el tiempo y las distintas experiencias pudieran haberse formado,
más allá de mi voluntad.
En
otras palabras, no es posible hablar de ética sin explorar
el terreno sobre el cual ha germinado. Por otro lado, el uso
de la primera persona singular y plural durante el desarrollo
del tema implica un doble compromiso: el de la exposición
personal y el de la inclusión tácita de mis
colegas, a quienes no les he pedido permiso para referirme
a ellos.
No
es un dato insignificante que allá, en el fondo de
los tiempos, haya elegido una profesión distinta a
la actual. Me gradué como Profesor en Letras y dicté
Literatura durante muchos años. Tuve oportunidad de
participar, en épocas de estudiante, de encendidas
discusiones sobre la superioridad de Cortázar sobre
Borges o viceversa, cuya finalidad no iba más allá
de una gratuita práctica de esgrima intelectual que
mezclaba la erudición con chicanas de baja estirpe.
Casi
sin transición –sin inducción, diría
hoy– pasé a participar de otras luchas con otras
finalidades, tan legítimas como aquéllas. Se
trataba esta vez de lograr un lugar más elevado en
la escala jerárquica o un cliente prometedor. Debido
a éste, mi “origen literario”, creo haber
conservado –durante todo el tiempo en el que trabajé
en los ámbitos empresariales– una cierta mirada
de forastero, con los pro y las contra que ésto conlleva.
Estoy
cumpliendo casi tres décadas ejerciendo la profesión
de Recursos Humanos, dentro de las cuales ejercí paralelamente
la docencia universitaria durante más de veinte años,
en especial dentro de la carrera de Relaciones del Trabajo
de la UBA y luego en Relaciones Laborales de la Universidad
de La Matanza. Durante todo ese tiempo hubo muchísimas
oportunidades en las que me pregunté sobre mi quehacer.
Esas preguntas no iban dirigidas a cómo o qué
hacía, sino por qué. Esto es, sobre qué
fundamentos y cuál es mi aporte a la sociedad.
No
oculto que estas preguntas implican un principio, una toma
de posición. Doy por supuesto que una profesión
logra sentido en la medida que tenga, como fin último,
la sociedad en la que se encuentra incluida.
Seguramente
seguiré haciéndome esas preguntas hasta que
las conexiones sinápticas empiecen a desvanecerse.
Mientras tanto, me apresuro a pagar la deuda contraída
con colegas y, en especial, con miles de alumnos con los que
compartí distintas experiencias de aprendizaje durante
tantos cuatrimestres, planteando una cuestión que muy
probablemente los perturbará en el ejercicio de la
profesión. Me preocupa su futuro desarrollo profesional,
es decir, qué van a poder aportar ellos y, a la vez,
que no queden desamparados frente a las decisiones que deberán
tomar, tal como sucedió a quienes los antecedimos.
En
síntesis, el texto que sigue tiene como eje preguntarnos
sobre por qué hacemos lo que hacemos, planteado entre
colegas.
1.
Introducción
El
ejercicio de actividades referidas a las relaciones del trabajo
–más comúnmente conocidas como “recursos
humanos”–, ha alcanzado un desarrollo suficiente
como para ser considerada una profesión equivalente
a cualquier otra de las que son reconocidas en la sociedad.
Sin embargo, en nuestro país y en los inicios del siglo
XXI, no ha logrado el rango de profesión, entre otros
motivos por la inexistencia de límites éticos
claros que darían fundamento a la práctica.
En otras palabras, “ética” y “profesión”
son términos complementarios que otorgan identidad,
y es poco probable que quienes se encuentren ejerciendo las
actividades referidas a los Recursos Humanos –hoy y
en el futuro–, puedan continuar su desarrollo sobre
bases tan difusas. Por este motivo creemos que es necesario
iniciar un análisis y un debate sobre este aspecto
puntual, que además coincide con el crecimiento del
interés por la ética empresaria, uno de nuestros
ámbitos frecuentes de actuación.
2.
Qué entendemos por “identidad”
Evitaremos
entrar en perspectivas psicológicas o filosóficas,
aun cuando éstas podrían aportar definiciones
enriquecedoras sobre cómo nos reconocen. En el sentido
en que entenderemos el término, la identidad es una
construcción social, que implica no sólo la
comprensión de sí mismo y el rol que desempeña
en la sociedad, sino que debe completarse con la visión
de los otros.
La
práctica visible de una actividad permite construir
la identidad. Nadie podría considerarse pintor si no
pinta, o chofer de taxi si no sabe conducir un automóvil.
Las habilidades y el desempeño de ciertas funciones
otorgan identidad, en la medida en que son manifiestas, comprobables
en la realidad, no sólo por el que las ejecuta sino
también por quienes las perciben o son sujetos de sus
acciones.
Aquí
nos enfrentamos, además, con un problema central: ¿cómo
nos llamamos? Las distintas carreras de grado han optado por
distintas denominaciones, respondiendo más a razones
de marketing que de contenidos u objetivos. En las empresas
existe una heterogeneidad similar: Personal, Recursos Humanos,
Relaciones Laborales, Relaciones con el Personal, Relaciones
del Trabajo, etc.
En
este sentido, Dave Ulrich, autor de “Recursos Humanos
Champions” –con quien no comparto muy poco su
enfoque vertebral sobre el sentido de la profesión–
describe muy bien las dificultades de nuestras debilidades
estructurales[i].
Para
confirmar aún más la ambigüedad sobre la
que nos movemos, hagamos el ejercicio de suponer cómo
describirían al “buen” profesional de Recursos
Humanos personalidades tan distintas como los presidentes
de distintas empresas. Por ejemplo, los de Unilever de Argentina
y Supermercados Coto.
3.
Qué entendemos por “profesional”
La
aproximación más eficaz respecto de la definición
de los términos que utilizamos es el diccionario, cuya
función principal es, precisamente, fijar el significado
de las palabras y sus posibles acepciones. En este caso, tomaremos
como fuente la que propone el diccionario Webster, por dos
motivos: 1) es la definición más completa entre
los diccionarios consultados; 2) ha sido utilizado como base
por el Consejo que agrupa las Asociaciones Profesionales de
Recursos Humanos de Canadá, a quienes citaremos más
adelante.
Según el diccionario Webster, una profesión
es “un llamado, vocación o cargo que requiere
conocimientos especializados y frecuentemente una larga e
intensa formación académica”. Para ser
definida como profesión debe poseer no menos de seis
condiciones:
a.
Un cuerpo de conocimientos común.
b.
El establecimiento de estándares de desempeño.
c.
La existencia de una organización profesional representativa.
d.
Otorgamientos de matrícula.
e.
Reconocimiento externo de la profesión.
f.
Un código de ética.
Si
quisiéramos ser reconocidos como profesionales, de
acuerdo con esta definición, surge claramente que estamos
a medio camino. Veamos uno por uno.
Un
cuerpo de conocimientos común. A pesar de
que las carreras de grado en la especialidad tienen, en Argentina,
una historia corta (algo más de 30 años), se
ha constituido un cuerpo de conocimientos sólido, a
partir del ejercicio de la docencia y las investigaciones.
No obstante, existe una gran dispersión en los temas
centrales y los avances alcanzados respecto de técnicas,
estudios o metodologías de intervención. En
principio –aunque se justifica por el reducido mercado–,
hay baja producción nacional de textos de la especialidad
y de irregular calidad, excepto muy calificadas excepciones:
Leonardo Schvarstein, Abraham Pain, Jorge Etkin, Aldo Schlemenson,
Ernesto Gore y otros pocos. La bibliografía predominante
proviene de traducciones de autores estadounidenses, donde
solemos encontrarnos con textos de una pobreza intelectual
formidable, aunque pese a ello suelen convertirse en best-sellers.
El paradigma de la infantilización de dirigentes fue
la venta masiva del libro “¿Quién se ha
llevado mi queso?”, lo cual habla muy mal del nivel
de lectura que nos vamos acostumbrando a manejar.
Establecimiento
de estándares de desempeño. Es más
fácil reconocer estándares en alguna áreas
técnicas, tales como Remuneraciones, Capacitación,
Legislación Laboral, etc., pero la consistencia se
diluye cuando se abordan temas referidos a las relaciones
laborales, interpersonales o a la ética profesional.
Es una de las cuestiones pendientes.
Existencia
de una organización profesional representativa.
Existen en la actualidad distintas asociaciones profesionales
con personería jurídica, pero no se ha establecido
un Consejo Profesional. Es una carencia que, en caso de ser
debidamente institucionalizada y administrada, perfilaría
los alcances de la profesión de un modo más
concreto.
Otorgamientos
de certificación. Hoy día nos encontraríamos
con muchas dificultades en el otorgamiento de matrículas
profesionales, debido a que las personas que ejercen provienen
de distintos ámbitos académicos (psicología,
derecho, sociología, ingeniería, ciencias económicas,
etc.), por lo que sería necesario establecer una transición
que reconociera la experiencia, los conocimientos y las competencias
de cada profesional para ser habilitado.
Reconocimiento
externo de la profesión. En este punto claramente
estamos a medio camino, ya que nuestra profesión no
se encuentra totalmente reconocida en la sociedad. Es la consecuencia
de muchas de las situaciones planteadas más arriba,
respecto de la diversidad de títulos académicos
referidos a los mismos objetivos y contenidos, más
el hecho de que cualquier profesional proveniente de otras
ramas del saber, o simplemente idóneos, son los que
ocupan los cargos o las funciones correspondientes a los profesionales
de recursos humanos.
En
este punto debemos detenernos y retomar la primera definición
del diccionario respecto del término “profesión”,
que se vincula a “vocación”. Dicho de otro
modo, hay una diferencia abismal entre ejercer vocacionalmente
una profesión o, simplemente, desempeñar un
trabajo remunerado. En términos coloquiales, conseguirse
un “trabajito” y, de hecho, el área de
Recursos Humanos suele ser con frecuencia el depósito
de aquellos gerentes a los que no se les puede despedir por
distintas razones (económicas, deuda por viejas lealtades,
etc.) y se los ubica allí porque se parte del supuesto
que cualquiera puede ejercer la función[ii]. Es parte
de la definición que quien ejerce debe ser remunerado
por ello, pero la remuneración no reemplaza ni reemplazará
los fundamentos vocacionales que debieran sustentar la práctica
profesional.
Un
código de ética. Este punto es el objeto de
nuestro trabajo, por lo que nos extenderemos con mayor profundidad
en los párrafos que siguen. No obstante, las deficiencias
que venimos anotando hasta aquí respecto de las condiciones
necesarias para considerarnos profesionales, tienden a poner
de manifiesto la importancia de la ética como marco
de referencia para todo aquel que desempeñe una función
cuyo objeto sea la administración de los recursos humanos.
Un ejemplo práctico es la referencia al juramento hipocrático,
base del desempeño de los profesionales de la medicina[iii].
4.
Qué es “ética”
Debemos
partir, para ser claros, de lo más elemental, esto
es, entender por qué la ética es propia de nuestra
condición de seres humanos y, a partir de aquí,
desarrollar las distintas variables del quehacer filosófico
sobre el tema. En primer lugar, el comportamiento ético
o moral proviene de la posibilidad de tomar decisiones racionales,
mediante las cuales nos hacemos responsables de elegir nuestros
actos. A modo de ejemplo contrastante, un carnívoro
cualquiera no tendrá en cuenta si está bien
o está mal matar a una gacela de pocos meses, o si
sería más ético hacerlo con una gacela
adulta. Su acción responderá a la satisfacción
de sus necesidades de alimento, sin mediar un juicio de valor
sobre su acción. En este sentido, las fieras carnívoras,
como cualquier otro animal, son muy pragmáticas.
Para
decirlo de otro modo, “estamos condenados a ser libres,
a hacer elecciones” (Cortina, 2000, 19), lo cual implica
que cualquiera sea el plano en el que actuemos (personal,
profesional u organizacional) estaremos eligiendo entre actos
que consideremos buenos o malos. ¿Buenos o malos para
quién?
En
este punto debemos aclarar que hay varios enfoques sobre la
ética, uno de los cuales ya hemos mencionado respecto
de la diferencia entre los hombres y los animales, y se parte
del concepto de que los hombres son estructuralmente morales,
por lo que están obligados a justificar sus elecciones.
Por
su lado, el llamado “eudemonismo” parte del principio
de que los hombres tienden necesariamente a la felicidad,
y la ética se constituye, entonces, en la fundamentación
de los medios para obtenerla. Es la corriente que nace con
Aristóteles, en particular en “Ética a
Nicómaco”.
En
tercer lugar podemos mencionar el “hedonismo”,
que afirma que todos los seres vivos buscan el placer. Esta
corriente de pensamiento deriva en el “utilitarismo”,
que parte de “la máxima de la mayor felicidad
del mayor número [de personas] como criterio para decidir
entre dos cursos alternativos de acción” (Cortina,
2000, 30). Para definir una u otra acción, entonces,
deben tenerse en cuenta las consecuencias (ética teleológica
o consecuencialista), es decir, a qué cantidad de seres
vivos afectará y de qué modo. Como contrapartida
a esta corriente nacen las éticas llamadas “deontológicas”,
que se ocupan de las normas y el respeto a los derechos de
los hombres.
Una
cuarta posición es la kantiana, que se basa en la dignidad
y la autonomía de los hombres, en su derecho a ser
respetados. El propio Kant, en “Fundamentación
de la metafísica de las costumbres”, afirma que
“los seres racionales son fines en sí mismos,
tienen un valor absoluto y no pueden ser tratados como simples
medios”. Se da fundamento a la dignidad humana y es
el principio del reconocimiento de los derechos humanos. Desde
este enfoque quedaría invalidado, por oprobioso, el
nombre “recursos humanos”.
5.
Qué es “Recursos Humanos”
Cualquiera
de los fundamentos de la ética hasta aquí descriptos
pueden servir para dar lugar a la ética aplicada, esto
es, de qué manera se pueden orientar las acciones en
el ejercicio de una profesión. Más precisamente,
estamos hablando del “ethos”, entendiéndose
a éste como rasgo distintivo de la cultura de una organización
o un grupo. En nuestro caso, los profesionales de Recursos
Humanos. El grado de pertenencia y, por lo tanto, la identidad
percibida por la sociedad, dependen de que adhiera o no a
los valores que dan sustento a la profesión. Vale remarcar
que estamos hablando de “adhesión”, que
es el extremo opuesto de la “aceptación”,
donde intervienen las sanciones. Este es el peligro que existe
cuando la función de un Consejo Profesional, o cuando
un código de ética, pasan a convertirse en corporativismo[iv]
o simples procedimientos disciplinarios.
6.
Lugar del profesional de Recursos Humanos
Aunque
la preocupación por la ética empresaria crece
a partir de los años sesenta del siglo pasado, a través
de los cuestionamientos a la influencia y el poder de las
empresas transnacionales, cobra mayor vigor a fines de los
ochenta y durante los noventa, a partir de las consecuencias
sociales referidas al impacto ecológico del desarrollo
industrial y la potenciación del consumismo como estilo
de vida (Lozano, 1999, 39). En medio de esta situación
debemos plantear nuestra actuación profesional, por
lo que vale la pena ubicarnos muy sintéticamente en
este escenario.
a.
La cuestión de la ética empresaria
Etica
y empresa parecen términos antitéticos, y lo
son en tanto persigan fines que se anulen mutuamente. Ingresa
aquí la cuestión de los medios y los fines,
ya que si el fin último de la empresa es exclusivamente
la rentabilidad, ni siquiera entraría en juego la posición
consecuencialista (la mayor felicidad del mayor número),
considerando como válida, por ejemplo, la destrucción
de la capa de ozono –que afecta a un gran número
de personas– para no interrumpir el crecimiento industrial,
o los despidos masivos sin intervención del mecanismos
de seguridad social que evite los crecientes niveles de indigencia.
La ética de la empresa, por lo tanto, “no es
una ética de una convicción, sino de una responsabilidad
por las consecuencias de las decisiones que se toman. Lo cual
no significa optar de modo alguno por el pragmatismo, sino
que es preciso tener en cuenta las consecuencias de las decisiones
para aquella finalidad por la que la empresa existe, y que
consiste en la satisfacción de las necesidades humanas.
(Cortina, 2000, 90. El subrayado es nuestro.)
b.
Actuación del profesional de Recursos Humanos
Cualquier
profesional de Recursos Humanos de la Argentina se encuentra
desamparado frente a las decisiones que tiene que tomar en
su actividad cotidiana, en tanto carece de un marco de referencia
sobre los límites de su profesión. Hasta ahora,
cada uno ha resuelto la cuestión a través de
sus propios códigos éticos individuales, más
las versiones populares sobre lo que se espera de él
o ella. En la base podríamos encontrar aquellos principios
morales de la sociedad en la que vivimos, la llamada “ética
cívica”[v], pero si nos atenemos a la definición
de Adela Cortina, ni siquiera ésta es respetada o demandada
por los empleadores.
Puede
alegarse que otros de los límites visibles, que no
deben ser trasgredido por los profesionales de Recursos Humanos,
son aquellos que están definidos por los aspectos legales.
Sin embargo, no es suficiente, ya que quedarían afuera
muchas prácticas que, en los hechos, violan las leyes
vigentes. Para ejemplo sirva el habitual pago de remuneraciones
“en negro”, los sobornos a instituciones gubernamentales
y sindicales, la ejecución de presiones sobre empleados
para forzar su renuncia, etcétera. La pregunta fundamental,
a la que es difícil responder, es: ¿cómo
sabremos cuándo debemos renunciar para no violar las
normas más elementales de nuestra ética profesional?[vi]
Las
prácticas sin marco ético han llevado a hacerse
popular la mención a que “los de Recursos Humanos
estamos para despedir gente”. En otros términos,
nuestra función principal estaría más
cercana a la de los verdugos profesionales, con el agravante
de que ni siquiera esto lo sabemos hacer bien, ya que hay
escasa o nula formación al respecto.
Es
una realidad que se niega por legítimo pudor, ya que
los profesionales de Recursos Humanas preferimos tener una
imagen más benévola de nosotros mismos. He escuchado
hasta el hartazgo –de boca de mis alumnos y también
de colegas–, que han elegido la profesión porque
“les gusta el contacto con la gente”. La pregunta
a continuación es “para qué”. ¿Acaso
un placer narcisista, mezquino, o bien una vocación
solidaria? El lugar que ocupamos, o en el que suelen colocarnos,
termina siendo corrosivamente ambiguo. Algo así como
monjitas pertenecientes a la misma orden que Teresa de Calcuta,
o bien gladiadores implacables, ajenos a una noción
mínima de piedad. Maestros humanitarios o delfines
de las estrategias empresariales referidas a sus recursos
humanos.
7.
Algunas conclusiones necesarias y provisorias
Desde
nuestra propuesta, la identidad del profesional de Recursos
Humanos se afirma sobre tres puntos fundamentales: autoridad
operativa, autoridad intelectual y autoridad moral.
Autoridad
operativa. En tanto Recursos Humanos es un área
de servicio, debe ser modelo de respuesta y eficiencia respecto
de las demandas de la organización. Es necesario mantener
un mecanismo administrativo que apoye a la línea en
sus necesidades, ya sea en el corto, mediano o largo plazo.
Autoridad
intelectual. Por lo general, los problemas y las
decisiones que le llegan o le son propias al área de
Recursos Humanos, son de múltiples dimensiones, casi
nunca tienen respuestas unívocas. El profesional de
Recursos Humanos debe poseer sólidos conocimientos
técnicos, pero no son suficientes. Es preciso contar
también con una visión muy amplia y actualizada
sobre la sociedad, la historia, la política, la psicología
y cualquier otro aporte que lo habilite a proponer alternativas
de un rango cualitativo mayor, que lleguen más allá
de los prejuicios, de las ideas y los conceptos estándar.
Autoridad
moral. Es la base que posibilita el desempeño
de la función de Recursos Humanos. Ninguna de las dos
condiciones mencionadas anteriormente (autoridad operativa
e intelectual) pueden reemplazar la ausencia de autoridad
moral. En el plano individual es inaceptable que el ocupante
de un cargo en el área de Recursos Humanos obtenga
ventajas o prebendas, o perciba gratificaciones no institucionalizadas.
En el plano profesional, no podría sostenerse si comete
o permite actos de abuso o maltrato (mobbing), si privilegia
a parientes o amigos o utiliza procedimientos discriminatorios.
No podría participar en la violación de leyes
en vigencia o la tramitación de sobornos gremiales
o gubernamentales. He aquí la necesidad de un código
de ética.
A
modo de hipótesis, podríamos aventurar que quizás
sea necesario constituir un Consejo Profesional que regule
las prácticas de los profesionales de Recursos Humanos,
tal como existe en algunos países avanzados. De hecho,
puede consultarse la página web del Professional Assessment
Resourse Center[vii], donde se publica el código de
ética del Canadian Council of Human Resources Associations
(CCHRA). Extraeremos de dicho código, un par de puntos,
a manera de ejemplo, aunque sugerimos enfáticamente
consultar el texto completo:
-
Apoyar, promover y aplicar los principios de los derechos
humanos, equidad, dignidad y respeto en los lugares de trabajo,
en el ejercicio de la profesión y en la sociedad toda.
-
Esforzarse en armonizar las necesidades e intereses de los
empleados y la organización en la práctica profesional.
Tal
vez la creación de un código de ética
sea –en estos momentos, en Argentina– una necesidad
perentoria. ¿Por qué? La respuesta es simple:
consolidaría nuestra identidad ante la sociedad y ante
nosotros mismos, facilitaría la toma de decisiones
y se enriquecería el intercambio de ideas entre los
miembros de la profesión.
Para
las empresas, el hecho de contratar a un profesional de Recursos
Humanos significaría una garantía ética,
frente a la sociedad interna y externa, del mismo modo que
un médico es responsable por sus diagnósticos
y recetas, o un contador por los balances que firma. Una ética
profesional consensuada y aceptada otorga identidad, pero
también, un diáfano futuro de desarrollo.
NOTAS
[i] “Nosotros, los de Recursos Humanos,
seguimos siendo nuestro peor enemigo. Seguimos reclamando
que nos respeten en vez de actuar como si ya nos respetaran.
El respeto surge del ejercicio de la profesión, no
de la aprobación de los gerentes de línea, clientes,
empleados o cualquier otro grupo que santifique nuestro trabajo.
Nosotros necesitamos encontrar la validación interna,
no externa del trabajo que hacemos. Necesitamos tenernos la
misma confianza y seguridad que tiene de sí mismo un
atleta exitoso, un músico, un escritor o un líder.
Necesitamos saber que lo que hacemos es lo mejor y lo más
correcto porque sabemos que se basa en teoría, investigación
y las mejores prácticas, sin buscar o depender de otros
para que validen lo que hacemos”. Reportaje pre-sabático,
realizado en 2003.
[ii] Existe la tendencia a “hacer pasar” por Recursos
Humanos a gerentes de otras especialidades como marketing,
ingeniería, administración, etc., lo que implica
un no reconocimiento de la profesión ni de su especificidad.
Para entenderlo mejor, imaginemos a un profesional de Recursos
Humanos “pasando” por Ingeniería de Proyectos
o Servicio Médico.
[iii] “Puros y limpios mantendré mi vida y mi
arte, en cuantas casas entre lo haré en bien del enfermo,
absteniéndome de ocasionarle intencionados y condenables
perjuicios y de recrearme con el cuerpo de mujeres y hombres,
sean libres o esclavos”.(Hipócrates, Siglo V
A.C.).
En nuestro caso, para empezar, habría que definir a
quién hay que hacerle el bien. Un enfermo es una categoría
universal, identificable a partir de una manifiesta patología,
pero, ¿quién debería ser el sujeto de
nuestra preocupación? ¿El empleado? ¿El
gerente general? ¿El obrero? ¿El patrón?
La discusión sobre este punto dividiría las
aguas en muchísimas vertientes. No obstante, es crucial,
porque si no nos ponemos de acuerdo perderíamos el
rumbo respecto de cómo administrar nuestro conocimiento
y nuestras energías.
[iv] “El “cuerpo” de profesionales es el
que mejor sabe qué es una buena y qué es una
mala forma de ejercicio profesional, pero fácilmente
esto degenera en corporativismo profesional”. Augusto
Hortal Alonso, Décima Semana de Espiritualidad Cristiana
y Presencia Laical en el Mundo. Salamanca, 13-20 de julio
de 2002.
[v] “Los valores de libertad, igualdad y solidaridad,
concretados en los derechos humanos, el valor de la tolerancia
activa, así como la imposibilidad de proponer a otros
el propio ideal de vida si no es a través del diálogo
y el testimonio, componen por el momento el caudal de la ética
cívica en las sociedades con democracia liberal”.
Cortina, Adela, 2000, pág. 42.
[vi] Como ejercicio, vale la pena verificar una de las situaciones
a las que solemos enfrentar: un despido, entendiéndose
que podríamos llegar a participar en éste mediante
el rol de asesores internos. Es costumbre mal habida que el
acto de despedir sea realizado por “Personal”,
en vez de quien corresponde, su supervisor inmediato, como
responsable de la decisión.
En la secuencia de motivos que expondremos a continuación,
queda por determinar, desde la perspectiva de una ética
profesional, en qué punto nos detendremos, diremos
“no” y estaríamos dispuestos a renunciar.
El despido podría fundamentarse sobre las siguientes
razones:
1. Porque cometió una falta grave (robo, acto de violencia).
2. Porque hay reducción de costos (una línea
de producción que desaparece, incorporación
de procesos automatizados, etc. Un punto a discernir aquí
es el criterio que se utilizará para seleccionar a
los despedidos, si es racional o arbitrario).
3. Porque es decisión del superior o del patrón).
4. Porque es negro, porque es judío, porque es mujer,
porque es viejo.
5. Porque es HIV positivo.
¿Cómo sabremos cuándo debemos renunciar
para no violar las normas más elementales de nuestra
ética profesional?
[vii] www.cchra-ccarh.ca/parc/
Bibliografía
consultada
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Andrómeda, 2003.
Augusto Hortal Alonso, Décima Semana de Espiritualidad
Cristiana y Presencia Laical en el Mundo. Salamanca, 13-20
de julio de 2002.
Brown, Marvin. La Ética en la Empresa, Editorial Paidós,
1992.
Cortina, Adela. Ética de la Empresa. Editorial Trotta,
2000.
Cortina, Adela. Ética Mínima, Editorial Tecnos,
2001.
Etkin, J , Schvarstein, L. Identidad de las organizaciones.
Editorial Paidós, 1989.
Etkin, Jorge. La Doble Moral de las Organizaciones, Editorial
McGraw Hill, 1993.
Kant, Immanuel. Lecciones de Ética, Editorial Crítica,
2001.
Lozano, Josep. Ética y Empresa, Editorial Trota, 1999.
Sadaba, Javier. Diccionario de Ética, Editorial Planeta,
1997.
Savater, Fernando. Diccionario Filosófico, Editorial
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Schlemenson, Aldo. La Perspectiva Ética en el Análisis
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Schvarstein, Leonardo. La Inteligencia Social de las Organizaciones,
Editorial Paidós, 2003.
Tuleja, Tad. Más Allá de la Cuenta de Resultados,
Editorial Plaza & Janés, 1987.
Ulrich, Dave. Recursos Humanos Champions, Editorial Granica,
1998.
Walker, Lee. El Management de la Mafia, Editorial Granica,
1993.
Williams, Bernard. Introducción a la Ética,
Editorial Cátedra, 1998.
Potach (ver Internet) sobre identidad. |
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