Introducción
Es
un acuerdo entre todos los estudiosos del tema, que tanto
para obreros como para ejecutivos, la formación empresarial
constituye un elemento de vital importancia para encauzar
a la empresa hacia la consecución de su meta, a través
de la búsqueda y utilización de nuevas formas
de actuar.
Ahora,
si bien la formación es un ingrediente necesario para
la mejora empresarial, en ocasiones puede ser insuficiente
cuando se mira sólo una cara la moneda.
¿Por
qué la formación no puede resolver, y de hecho
en ocasiones no resuelve, los problemas empresariales?
Con
frecuencia se enfrenta el paradójico problema de que
al cabo de intensos programas de formación, encaminados
a resolver una serie de problemas de alguna empresa en particular,
éstos no han tenido el impacto deseado en la mejora
de la organización.
Muchos
son los problemas de orden pedagógico, metodológico,
de contenido, etc., que pueden haber condicionado tal resultado.
Sin embargo, aun cuando los programas de formación
estén bien diseñados y no cometan tales pecados
capitales, desafortunadamente tampoco resuelven los males
empresariales que pretenden resolver, pues en la mayoría
de los casos estos están asociados con el querer y
el poder de los miembros de la organización para llevar
a la práctica lo aprendido.
Una
revolución para el sistema empresarial
La
necesidad de revolucionar nuestro sistema empresarial, implica
que el papel de los miembros de cada empresa, en especial
de sus ejecutivos, evolucione con rapidez, exigiendo esto
una permanente adaptación a las condiciones cambiantes
de nuestro entorno.
Todo
esto trae consigo el necesario conocimiento de nuevas tecnologías,
procesos de trabajo, filosofías de gestión y
nuevas formas de administración de los recursos humanos,
y es aquí donde el valor teórico de la formación
tiene su sustento, o sea, formación teórica
como medio para mantenerse al tanto de las tribulaciones de
un entorno conflictivo, dinámico y turbulento. No obstante,
la formación tiene también un valor práctico.
Si
entendemos esto así, es el momento entonces de enfocar
a la formación no con el pensamiento de cumplir con
algún plan de capacitación, sino como elemento
clave y estratégico para el éxito organizacional,
y esto llevaría a cambiar nuestro paradigma de cómo
medir el resultado de la misma.
Ha
llegado la hora más que de evaluar –que es la
medición de la obtención de “resultados”,
pero en términos de cursos impartidos contra cursos
programados–, de valorar la integración de esa
eficiencia en un juicio de valor y el aporte a la realidad
concreta de nuestras empresas en busca de la eficacia. Hay
que recordar en esto el refrán “dime cómo
me mides y te diré cómo me comporto”.
Es
hora de comenzar a medir el beneficio de la formación,
hay que comenzar a preguntarse hasta qué punto el comportamiento
de las personas, posterior a las acciones de formación,
está impregnado de lo aprehendido, mostrando así
un desprendimiento de viejos paradigmas y la adopción
de nuevas formas de pensar y de actuar.
La
doble medición de la formación
Lo
que aquí estamos proponiendo es medir a la formación
mirando sus dos caras, ya que esta no puede ser vista como
un fenómeno que ha cobrado auge a raíz de los
cambios medioambientales que circundan a nuestras empresas,
sino como un acontecimiento con un impacto determinado en
el orden social, pero también económico.
La
formación debe seguir una espiral ascendente que surge
en el seno mismo de la organización y se revierte hacia
ésta, elevándola a un plano superior. Reconocemos
en esta espiral tres puntos neurálgicos: Necesidad
(N), Absorción (A), y Transferencia (T), los cuales
trataremos de analizar aquí suscintamente.
Comencemos
con la absorción y la transferencia.
Absorción
El
proceso de absorción de conocimientos se compone de
dos elementos: la instrucción y el entrenamiento, que
son los medios por los cuales una persona se apropia del saber.
La
instrucción proporciona conocimientos y debe garantizar
que la persona sepa de qué ha de valerse (herramientas
conceptuales).
El
entrenamiento va en busca de la habilidad, debe garantizar
que la persona sepa cómo va a utilizar las herramientas
que adquirió (crear habilidades), para que luego pueda
ponerlas en práctica.
Hasta
que una persona no sepa cómo utilizar los conocimientos,
no puede decirse que ha sido entrenada, ya que no tiene la
capacidad de poner en práctica los conocimientos teóricos
aprendidos. En fin, no ha creado las habilidades necesarias.
El
objetivo de este punto no es que los miembros de una organización
absorban sólo una serie de conocimientos teóricos
desorganizados de lo que se puede hacer, sino que sepan cómo
ponerlos en práctica para resolver los problemas concretos
de su empresa.
La
instrucción sin entrenamiento está desvalida.
El entrenamiento sin instrucción es inútil.
Si
analizamos la absorción, podemos darnos cuenta que
está siendo percibida como un proceso de afuera hacia
adentro, pero resulta que de esta manera no es como se realizan
los cambios.
Muchas
de las barreras que impiden que la formación resuelva
lo que de ella se espera, son producto del propio sistema
de superación.
Investigadores
en el campo de la psicología han sugerido que los dos
hemisferios cerebrales son responsables de diferentes tipos
de pensamientos: el derecho maneja el comportamiento creativo,
el izquierdo controla el pensamiento judicial, el análisis,
las comparaciones y las elecciones.
Recientes
investigaciones refutan lo anteriormente planteado, alegando
que todos piensan judicial y creativamente con ambos hemisferios.
No obstante, habrá que coincidir en que por encima
del 90 por ciento de nuestra educación formal “entrena”
a nuestro pensamiento judicial, donde quiera que este se encuentre.
Aprovechamos el proceso de absorción para enseñar
el “camino correcto” para resolver los problemas,
estimulando el pensamiento judicial.
Como
resultado, aprendemos por imitación y no por principios
fundamentales, y por ello los juicios crecen con la edad y
la creatividad decrece.
Las
respuestas correctas fallan ante la realidad. Es obligación
de aquellos que enseñan, desarrollar la habilidad del
pensar para que la gente encuentre su propio método
para resolver sus problemas.
Para
que el proceso de absorción sea creativo, debemos desacoplar
los juicios de la imaginación.
Todo
lo anteriormente dicho depende del paradigma de la persona
encargada de llevar a cabo la formación. El paradigma
del instructor es un paradigma que ya nos queda estrecho.
El decoroso acto de dictar una magnífica conferencia
queda al margen ante la tarea de enseñar a pensar.
Es mucho más fácil instruir que entrenar, pero
aun el entrenamiento se hace mucho más fácil
ante la tarea de enseñar a resolver los problemas allí
donde están.
El
paradigma del consultor es la visión a adoptar en estos
tiempos. El consultor, si es buen consultor, enseña
a pensar, porque más que dar una respuesta correcta,
lo que hace es ayudar a encontrar los problemas propios y
el modo de resolverlos:
1.
Enfrenta a la gente a sus problemas.
2.
Trata que encuentren su propio método.
3. Evalúa el resultado del método.
4. Inyecta herramientas y sentido común.
5. La gente resuelve su problema.
El
consultor debe garantizar una calidad requerida para lograr
que los miembros de la empresa vivan internamente un proceso
de cambio que dé lugar a una acción externa
de transferencia.
Transferencia
La
transferencia es la acción externa, es el fin último
que persigue la formación. Es el momento de verdad
en que se materializa el qué y el cómo, dejando
un impacto en la realidad empresarial.
La
transferencia es un proceso de adentro hacia fuera, resultado
del proceso de absorción, y depende única y
exclusivamente de los miembros de la empresa, de si están
verdaderamente interesados en llevar a la práctica
el saber adquirido.
Algunos
deterministas pudieran interponer un sinnúmero de barreras
al proceso de transferencia, restricciones políticas,
administrativas o físicas, cuya existencia no negamos,
pero tampoco debemos olvidar la libertad última de
todo ser humano, que es la de elegir una respuesta adecuada
ante los embates de su entorno y responsabilizarse con el
cambio de éste. Estamos hablando, sin duda alguna,
del querer hacer de las personas.
El
conocimiento y la habilidad no garantizan el cambio, si no
están acompañados de una actitud proactiva ante
los problemas, y con la ausencia de ella vienen los fallos
de la mayoría de los procesos de formación,
como ya se comentaba al inicio del trabajo.
Sólo
cuando ha ocurrido la transferencia y la empresa ha recibido
el influjo del conocimiento y las habilidades aprehendidas
por sus miembros, se puede decir que estos están formados,
concluyendo así el proceso de aprendizaje y desarrollo,
de formación.
¿Por
qué no ocurre la transferencia?
Si
damos por cierto que el proceso de absorción se realiza
como debe ser, ¿qué pudiera estar incidiendo
entonces en la no ocurrencia de la transferencia?
Analicemos
primero el punto que habíamos dejado sin explicación:
la necesidad.
No
vamos a entrar a analizar teóricamente las necesidades,
sólo dejar sentado el hecho de que cuando se tiene
una necesidad, se trata de satisfacerla a toda costa, ya que
es una carencia personal
Reflexionemos
con el siguiente ejemplo nada académico:
Si
un hombre está en un país extraño y tiene
hambre (necesidad de alimento que ha de satisfacer) no puede
empezar a pedir por las esquinas un plato de comida oriunda
de su tierra. Primeramente tiene que aprender los platos que
se comen allí, y se va instruyendo en el asunto, pero
también tiene que aprender a pedirlos, y para eso tiene
que crear habilidades en el idioma de ese país extraño,
y desde luego que si llega hasta aquí (y todavía
no ha muerto de hambre) lo más lógico sería
poner en práctica lo que sabe para comer (actitud),
y de esta forma satisfacer su necesidad de alimento.
Se
trae el ejemplo a colación porque cada vez son más
los que conocen de un gran número de Determinación
de Necesidades de Aprendizaje (DNA) de ejecutivos realizados,
a través de años, en una buena cantidad de organizaciones.
Sin embargo, aun cuando fueron llevadas a cabo las acciones
de instrucción y entrenamiento, y aunque sea en
un ínfimo grado, los miembros de la organización
se apropiaron de algún conocimiento y alguna habilidad,
dichas empresas, para ser ultraconservadores, no han mejorado
mucho.
Entonces
quizás sea bueno preguntarse: ¿existía
realmente la necesidad?, ¿de quién era entonces?
o, si realmente existía, ¿por qué una
vez satisfecha no pasó nada de lo previsto? Tal parece
que hubiéramos aprendido un libro de cocina de la India
y a hablar el hindú para luego dejarse morir por el
simple hecho de no querer pedir comida.
El
primer problema aquí es que la gente no sabe su problema,
lo que provoca que las necesidades por las que se mueven son
vitales, pero ingenuas. Esto se explica con el simple hecho
de que en ocasiones escuchamos cosas como: “queremos
un curso de técnicas de dirección para mejorar
la dirección de nuestra empresa”. Así
de inicio todo parece correcto, pero nadie sabe cuál
o cuáles son los problemas que tiene la dirección
o si realmente la dirección es el problema a resolver.
La realidad nos obliga a trabajar con necesidades concretas
y prácticas. Nos obliga a encontrar los problemas e
incidir sobre ellos, no sobre un montón de síntomas
que, el actuar sobre ellos, nos llevan a reducir nuestra eficacia
y, paradójicamente, a aumentar nuestra ineficiencia.
Por
otro lado, yo creo que la necesidad existe, pero es una necesidad
oculta, que los miembros de nuestras empresas, si se han percatado
de ella, no la han hecho suya, ya que la posición no
es la de revertir su saber a la empresa, y si estos no hacen
suya tal necesidad no habrá formación, por mucho
que sea el conocimiento absorbido y, consecuentemente, como
nadie ha llevado nada a la práctica, no habrá
mejora organizacional.
Lo
que está ocurriendo en la actualidad es una transmisión
de conocimientos con muy buenas intenciones, pero que no lleva
a la acción, simplemente porque la gente no quiere
transferir lo que aprende, le falta actitud, y esto evidencia
la ausencia de la necesidad real de transferir estos conocimientos.
¿Será esto consecuencia de que son malos los
trabajadores que hay en nuestras empresas? Por supuesto que
no, les falta alineación, les falta el compromiso,
les falta el para qué.
Los
miembros de una empresa necesitan, y he aquí la necesidad
y el pecado original, estar involucrados y comprometidos,
ser dueños verdaderos de sus empresas. Por eso hay
que entender que los miembros de una empresa no sólo
están para hacer, sino también para pensar y
decidir, dentro de la empresa, lo que debe hacerse, apropiarse
de una parte de las utilidades de su empresa, y el poder de
elegir y revocar a sus jefes en función del desempeño
realizado por estos. En fin, tener responsabilidad ilimitada
con el éxito y el fracaso de su empresa.
Esta
ausencia imperdonable en nuestro sistema empresarial, hace
que los trabajadores se olviden de que trabajan para ellos
mismos, e inhibe el proceso de transferencia. Esta es una
causa de la falta de actitud; la otra viene con la altura,
o sea, con el nivel jerárquico dentro de la empresa.
Yo creo que en una buena cantidad de casos, a más nivel
es más difícil formar.
Esto
se debe a que hay más poder autorizado en juego, y
el solo hecho de poner en práctica la más autocrática
filosofía de dirección actual encierra per se
desafíos a ese poder.
Está
claro que estos son remanentes de algunas personas con la
mentalidad de la escasez, que laceran nuestro sistema empresarial.
Por suerte hay aires de cambio. No obstante, los que quedan
escondidos por ahí todavía no han comprendido
que si están en ese puesto es porque están representando
a los trabajadores, que son los dueños de esos medios
de producción y a los cuales debe servir en todo momento,
porque ellos, quiéranlo o no, son los que tienen el
verdadero poder.
Después
de analizar todo esto, creo que estamos en condiciones de
plantear que la formación hay que medirla en dos momentos
para poder llegar a conclusiones acerca de ella. Hay que medir
lo aprendido (índice de absorción) y el resultado
desprendido del comportamiento post-absorción (índice
de transferencia).
El
definir estos dos indicadores implica no tener que mirar a
la formación sólo a través del paradigma
del gasto, enfocado a lo que se gasta por este concepto, olvidando
de esta forma la otra cara del libro contable, donde se anota
lo que percibe la empresa.
La
formación será un gasto sólo cuando no
se revierta en la empresa con un saldo positivo, es decir,
cuando se lleva a cabo la formación sin tener en cuenta
si ella es o no la restricción del sistema que impide
el crecimiento continuo de la meta. Este comportamiento será
únicamente responsabilidad de la gerencia de la empresa.
De no comportarse de tan indeseada manera, la formación
debe ser vista como una inversión que realiza la empresa
en pos de su mejora.
Cuando
exista la transferencia, que dejará ver un mejor desempeño
empresarial, la empresa habrá recuperado con creces
el supuesto “gasto” en que había incurrido,
existiendo un impacto positivo de la formación no sólo
en el orden económico, sino social, pudiendo hablar
quizás del indicador “retorno sobre la inversión”,
donde el principal resultado sea el incremento de la meta
a través de:
–
más y mejor participación de los miembros en
la dirección de la empresa,
– mayor creatividad e innovación,
– mayor motivación,
– mayor satisfacción de clientes (internos y
externos),
– mejor imagen de la empresa.
Conclusiones
La
formación es un factor decisivo que permite acceder
a los niveles superiores de la vida profesional, no sólo
en su nivel teórico, sino también en la praxis.
La
formación se completa en el acto práctico de
llevar a la realidad lo aprendido, pero para ello se necesita
alineación miembro-empresa en valores, metas y acciones,
capaz de desarrollar una actitud positiva que permita hacer
pasar la transferencia.
La
importancia estratégica de la formación radica
en su función para estimular y propiciar la creatividad,
la innovación y el espíritu de cambio. Toda
formación debe estar dirigida a descubrir oportunidades
para hacer que la gente actúe en consecuencia. Si no
pasa así, es como si botáramos el escaso dinero
de nuestros bolsillos en un latón de la basura. Porque
¿para qué queremos gente que sepa si no hacen
nada con lo que saben?
La
formación no es independiente de la empresa, aun cuando
en ocasiones se realice fuera de ella, sino que tiene como
objetivo la mejora del desempeño empresarial y la elevación
de la competitividad a través de la búsqueda
de soluciones desde adentro a los problemas que así
lo ameriten.
A
través de la absorción, la gente se apropia
de una imagen acerca de la actuación futura que de
ella se espera. Con el acto de transferencia se es consecuente
con lo aprendido y se consigue el objetivo de la formación.
Como
sistema, la formación ha de enfocarse al cambio interno
(de las personas) y externo (del entorno), o sea, ha de cambiar
actitudes erróneas, tanto en jefes como en los restantes
miembros de la empresa, ha de acercar a la gente al descubrimiento
de oportunidades, ha de ser más imaginativa y abierta
a la consideración del entorno como cosa que hay que
gestionar, ha de estar más pensada para donar a los
formados la capacidad de asumir riesgos, pero por sobre todas
las cosas, ha de inducir a la gente a actuar mirando de esta
forma la otra cara de esta moneda.
Si
no va a haber acción, que no haya formación.
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