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El
concepto de competencia comunicativa, que
introdujera el etnógrafo de la comunicación
Dell Hymes, hace referencia a todos los conocimientos que
posee el hablante de una comunidad y que le permite desempeñarse
con éxito en cada interacción o situación
comunicativa. Ese conocimiento implica no sólo lo lingüístico
sino también qué decir, a quién y cómo
decirlo, en qué situación de habla (adecuación),
qué esperar de cada tipo de encuentro comunicativo,
sobre qué tópicos puede y ha de hablarse, con
qué propósito y qué resultados, las normas
de cortesía, a qué distancia pararse del interlocutor,
qué gestos son apropiados, volumen de voz, etc. Es
decir, la competencia comunicativa es el conjunto de habilidades
y conocimientos que permiten al hablante producir mensajes
social y contextualmente adecuados.
Las
competencias comunicativas se aprenden socialmente y por exposición
a diferentes situaciones comunicativas. Por esto mismo, un
hablante puede entrenarse en nuevas competencias y habilidades
y, sobre todo, puede ampliar las competencias que ya posee.
Tradicionalmente,
las empresas han dado a la comunicación un valor funcional,
y los comunicadores se han aferrado al esquema comunicativo
para explicar las fallas en la comunicación en términos
de “ausencia de feedback positivo”, “ruidos”
en el canal por el que se transmite el mensaje o la existencia
de barreras comunicativas. Sin embargo, aunque estos componentes
del circuito comunicativo no sufran ningún inconveniente,
a veces la comunicación falla, y en muchas oportunidades
se debe a que nuestras competencias comunicativas o las de
aquellos con quienes interactuamos son limitadas.
Así,
nos encontramos con personas que son excelentes en su desempeño
pero que cuando tienen que presentar un proyecto al grupo
de trabajo no pueden transmitir seguridad y confianza en aquello
que han desarrollado, jefes que cuando pretenden motivar resultan
demasiado impositivos y producen amedrentamiento en su personal,
o situaciones en las que debemos decir “no” y
nos faltan herramientas para argumentar nuestra posición.
Constituye
un desafío para las empresas y para quienes nos ocupamos
de los procesos comunicativos desarrollar las competencias
interaccionales de aquellos con quienes trabajamos o colaboramos.
¿Cómo orientarnos hacia el desarrollo
de estas competencias?
Para
ello debemos tomar conciencia, en primer lugar, de que la
comunicación nunca es meramente funcional, sino que
a través de la misma se construye y se tramita nuestra
identidad personal, la identidad de quienes nos rodean y la
identidad de nuestra empresa. Por esto mismo, aunque debe
ser una preocupación constante el trabajo de perfeccionamiento
de las habilidades comunicativas, no debemos enfocarnos sobre
estos aspectos pensando únicamente en la eficacia,
sino abordarlos de forma integral con el objeto de “cuidar”
nuestra imagen y la imagen de los otros. Siempre atendiendo
a esta doble vertiente, uno mismo y el otro, porque el proceso
comunicativo invariablemente se tramita y se construye con
los otros.
Existe
en el mercado infinidad de cursos, talleres y capacitaciones
que nos ofrecen diferentes alternativas para mejorar nuestra
comunicación. Ahora, ¿cómo diferenciar
y saber elegir aquello que estamos necesitando?
Primordialmente,
debemos buscar para mejorar nuestras competencias interaccionales
aquellos espacios donde la comunicación no sea abordada
a través de recetas y donde el individuo y sus características
ocupen un lugar central en el proceso y el entendimiento del
evento comunicativo.
Nadie
puede ofrecernos una fórmula que, aplicada indiscriminadamente
a las múltiples situaciones comunicativas, mejore nuestras
ventas, tramite nuestra imagen profesional eficazmente o resuelva
nuestras crisis exitosamente. Cada uno de nosotros somos individuos
con características particulares, y por esto mismo
comunicativamente tenemos habilidades diferentes. Los cursos,
capacitaciones o talleres que realmente aportan al desarrollo
de habilidades o competencias comunicativas son los que no
nos prometen soluciones mágicas y, sobre todo, partiendo
de temáticas comunes nos ayudan a ampliar las competencias
individuales que como hablantes de una comunidad o de un grupo
todos tenemos.
En
definitiva, resultan enriquecedores y aportan a nuestra formación
de habilidades interaccionales los espacios donde las habilidades
comunicativas y la comunicación en sí son tratadas
como un proceso complejo que debe ser atendido particularmente
y, por esto mismo, nos entrenan para el desarrollo creativo
de estrategias comunicativas y nos enseñan a “leer”
las claves para entender el proceso comunicativo en forma
dinámica. |
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