La
motivación es una de las herramientas más recomendadas
en la actualidad debido a que se cree firmemente que al incentivar
al individuo se pueden lograr resultados sorprendentes. Los
ejemplos sobran, el mercado está saturado de libros
cuyos contenidos resaltan la fuerza que imprime la motivación
en la gente. No cabe duda: motivar es la clave, el combustible
que mueve al personal. Sin embargo, han sido tantas y tan
variadas las recetas destinadas a motivar que usualmente,
al preparar el "plato", se deja a un lado el ingrediente
más importante: las expectativas.
De
manera constante se enseña que una palmada en la espalda
dada en el momento justo, en el lugar correcto y en la situación
exacta, elevará la motivación del trabajador,
y con ello su rendimiento. Y es cierto, la gente necesita
de un reconocimiento, por mínimo que éste sea.
Mas suele obviarse con frecuencia el sentido mismo de la frase
"elevar la motivación", pues si se estudia
de manera objetiva puede advertirse que para poder elevar
la motivación, ésta debe estar presente, pues
de lo contrario habría que generarla primero.
También
es costumbre realizar jornadas de planificación para
establecer mecanismos de motivación, que terminan siendo
largas y repetitivas reuniones cuya culminación coincide
en respuestas muy similares a las conocidas o en propuestas
donde los costos terminan por convertirlas en proyectos inalcanzables
o de efímera duración; ésto debido a
que se obvia el hecho que la motivación está
vinculada a varios elementos que de no incluirse en el proceso
poco o nada lograrán para mantenerla o incrementarla.
Como
suele ocurrir, en tales jornadas de creatividad para alcanzar
la motivación en las empresas se habla del recurso
humano como un ente externo, utilizando pronombres tales como
"ellos", cuando en realidad se refieren a sí
mismos, como si quienes planifican la motivación no
requirieran involucrarse en el proceso.
Si
bien es cierto que la experiencia señala que "es
imposible complacerlos a todos", no es menos cierto que
hay dos opciones ante tal aseveración: o la norma es
real y no debemos preocuparnos por intentar mantener motivado
al todo, o la norma es lo que ha impedido alcanzar la meta
deseada.
En
condiciones ideales las empresas desearían poseer un
personal altamente motivado e identificado, lo cual de ser
un hecho dejaría sin empleo a todos aquellos quienes
tienen como responsabilidad específica motivar a la
gente. Pero no es así: constantemente la gerencia se
enfrenta a empleados cuyo factor común es la desmotivación,
lo que trae como consecuencia problemas de calidad, atención,
omisión y responsabilidad en los procesos.
Pero
¿se trata de un ciclo constante? ¿No es posible
mantener motivada a la gente? ¿En verdad no se puede
complacer a todos?
Para desarrollar el tema es importante señalar que
la raíz de la palabra motivación no es otra
que motivo, y ésta a su vez está íntimamente
vinculada con la palabra propósito. Por lo tanto es
en el binomio motivo-propósito que puede ubicarse parte
de la clave de la motivación.
La
motivación y el ambiente laboral
Cuando
el individuo inicia la relación laboral puede tener
varios motivos para hacerlo: estudiar, ganar dinero, adquirir
experiencia, conocer gente y/o autorealizarse, entre otras
cosas; pero no será necesariamente su propósito
vincularse con la empresa y realizar de manera óptima
su trabajo, pues suele ocurrir que el rendimiento promedio
es considerado normal en ciertas organizaciones. Para que
exista una vinculación positiva entre el empleado y
la empresa debe existir relación entre el propósito
del individuo, las expectativas que éste genere en
él y las que posee el empleador.
Como
puede observarse, el motivo es lo que genera el propósito,
y éste a su vez genera expectativas. Por lo tanto,
mientras se satisfagan estos tres factores el individuo se
mostrará "motivado", y es en este punto donde
las preguntas son más numerosas que las respuestas.
Evidentemente
el trabajo es la respuesta a la satisfacción de una
expectativa originada por un motivo. Este tiene su génesis
en la persona y es ella la única capaz de establecer
en qué porcentaje ha sido cubierta. Si el motivo pertenece
a la persona y a su vez es ella quien debe satisfacerlo, ¿por
qué se ha vinculado siempre la motivación a
elementos exógenos? Al ser el motivo algo personal,
¿por qué se responsabiliza a terceros de la
ausencia de motivación?
Cuando
se estudian las teorías de las necesidades, es práctico
concluir que las mismas van en ascenso, y que una vez satisfechas
las primeras se requerirá hacer lo propio con las subsiguientes.
Pero no se enfatiza el hecho de que las mismas no pueden ser
imaginadas como una gráfica en un plano cartesiano,
pues la realidad humana es multidimensional y tanto sus motivos
como las expectativas que ellos generan se comportan en progresión
geométrica, y es precisamente el desconocimiento, conciente
o no, de esta realidad, lo que impide satisfacer al todo,
pues efectivamente la motivación es un proceso cíclico
expansivo pero totalmente individual.
La
Empresa, el Gerente y la motivación
Hasta
el presente se ha mantenido como concepto que la empresa es
la que debe generar la motivación en sus empleados,
y para ello se han creado áreas y partidas presupuestarias
para realizar estudios que conlleven a lograrlo. Sin embargo,
es factible advertir que tal afirmación sólo
es posible si se observa a la organización como un
ente ajeno al personal y se obvia aquella premisa que reza
"la gente es la empresa".
Las
organizaciones, a través de sus gerentes, poseen la
responsabilidad de generar los escenarios necesarios para
que aquello que en un principio sirvió de motivo se
convierta en un agente que lo impulse a incrementar el nivel
de expectativas y con ella la productividad y el valor agregado
del empleado. Pero es humanamente imposible garantizar que
los esfuerzos que realice una empresa sean efectivamente elementos
motivadores, pues ello dependerá de la percepción
individual de quien lo experimenta, su realidad y la forma
en que pueda cubrir sus necesidades.
Un
ejemplo de ello puede ubicarse en los aumentos salariales:
aun cuando la organización realice esfuerzos por compensar
a sus trabajadores de la forma más justa, los incrementos
terminan por parecer extraordinarios a algunos, aceptables
a otros e insuficientes para la mayoría. Y tiene sentido:
las personas cuyo motivo principal fue emplearse para cubrir
una necesidad, se enfrentan luego al nacimiento de otras que
demandan usualmente mayores ingresos, lo que trae consigo
la aparición de expectativas superiores a las iniciales.
Elementos
como el ambiente de trabajo, una buena gerencia, salarios,
beneficios y otros factores laborares, han de fungir como
ingredientes para mantener motivado al empleado, no para motivarlo,
pues tal condición es de su exclusiva responsabilidad
y sólo él puede determinar si los esfuerzos
que realiza la empresa satisfacen sus necesidades. De lo contrario,
la carga de la desmotivación recaería en un
tercero que poco o nada tiene que ver con la necesidad ni
con el motivo, pero sí con la expectativa.
Es
simple: las organizaciones ofrecen oportunidades de crecimiento,
desarrollo o de ocupación. A ello están vinculados
los ingresos y la estabilidad laboral que dependerán
del desempeño de quienes se empleen en ella. Asimismo,
las empresas deben ofrecen un ambiente acorde a su realidad,
el cual ha de estar orientado a facilitar las labores, alimentar
la creatividad y propiciar una salud psíquica y física
al personal en beneficio de todos sus integrantes y de los
procesos que ella posee, elementos que al conjugarse de manera
efectiva pueden motivar el interés por pertenecer a
esa organización, pero no la necesidad de ello.
La
necesidades varían en intensidad dependiendo del individuo:
aun cuando pueden ser las mismas, cada cual las jerarquizará
de una manera particular. Ello es lo que impide a las organizaciones
lograr la satisfacción cuando se utilizan herramientas
cuyo propósito es motivar en vez de mantener la motivación.
El individuo se mantendrá motivado cuando observe que
sus expectativas se encuentran niveladas con las de su entorno
y viceversa.
La
coestima como motivador
Una
vez entendido que la motivación es algo individual,
cuya responsabilidad recae en la persona que la experimenta,
que sólo puede ser alimentada y, en algunos casos,
cuando se crea una necesidad, puede ser inducida a través
de la aparición de nuevas expectativas, se está
dando paso a otra visión para abordar el tema y, a
la vez, se están generando las bases para la aparición
de un nuevo concepto: la coestima.
La
coestima es aquella actitud o proceso que permite
motivar al individuo a través del intercambio,
la orientación y la nivelación de las expectativas.
La
coestima puede ser de tipo personal o empresarial. La personal
es aquella que persigue mantener la motivación relacionando
las expectativas individuales del equipo con las de sus líderes
y/o el total de sus integrantes, mientras que la coestima
empresarial se orienta a nivelar las expectativas que posee
el empleado con las que ha trazado la organización
en torno a él.
Pero
para entender mejor el concepto de la coestima es importante
diferenciarlo de otros elementos existentes en el lenguaje
administrativo, como son la estima y la autoestima, la empatía
y el rapport, de acuerdo a lo que define el diccionario Vox
de la lengua española.
La
acción de estimar se entiende como la condición
o aprecio que se hace de una persona o cosa por su calidad
o circunstancia, así como la autoestima se refiere
a la misma acción pero consigo mismo, mientras que
la coestima busca generar una nivelación entre lo que
el individuo espera lograr y lo que su entorno espera que
logre.
Asimismo,
no tiene relación con la empatía entendida ésta
como la participación afectiva y por lo común
emotiva de un sujeto en la realidad de un tercero, puesto
que la nivelación de expectativas que genera la coestima
se hace bajo un ambiente de objetividad y certidumbre, donde
el resultado debe beneficiar a ambas partes sin que intervenga
el elemento emotivo.
También
se diferencia del rapport porque con éste se pretende
lograr sintonía, armonizar con el tercero a fin de
acompasarse con esa persona. En otras palabras, marchar al
compás de ella, en tanto que la coestima se orienta
a conocer y nivelar las expectativas del individuo sin que
ello signifique un cambio en el ritmo de la operación
que se ajuste a él.
Cuando
la coestima es utilizada de manera consciente y planificada
en una organización es mucho más sencillo lograr
resultados extraordinarios sin que ello signifique esfuerzos
adicionales en materia de motivación, ya que ésta
se manifestará en la medida en que las expectativas
se van nivelando de acuerdo al incremento del reto que se
propone tanto el individuo como a la empresa.
El
proceso continuo de la coestima
La
coestima ha de estar presente de manera constante en todo
el proceso administrativo de una empresa: antes, durante y
después de la contratación, debido a que tanto
el motivo como la expectativa suelen variar en el individuo,
como se comentó anteriormente.
Durante
el período de captación del talento deben escudriñarse
de manera suficiente todos los motivos, los propósitos
y las expectativas que posee el candidato, y a la vez ha de
manifestársele de manera inequívoca aquellos
que tiene la organización. Esto debe ser registrado
y archivado como parte del expediente del personal y revisado
con la periodicidad que establezca la empresa a fin de establecer
sus variaciones o darlas a conocer.
Asimismo,
y sobre la base de las expectativas, habrán de establecerse
los planes para mantener motivado al empleado a través
del alcance de las mismas o a su reorientación.
Por
todo lo anterior puede decirse que la coestima es también
el nombre que recibe la gerencia de las expectativas del personal
que conforma una empresa y por ende, al ser un proceso administrativo
sus resultados deben estar orientados a la obtención
de utilidades, representadas en este caso por el incremento
de la motivación y los beneficios relacionados con
ella.
Mientras
las empresas sólo se dediquen a motivar a sus empleados
a través de mecanismos aislados que no se relacionen
con las expectativas que éstos poseen, difícilmente
podrán alcanzarla a plenitud, así como tampoco
los empleados lograrán mantenerse motivados si se empeñan
en alimentar expectativas ajenas a las que la organización
tiene con ellos. Por lo tanto, la responsabilidad de hacer
uso de la coestima como herramienta motivacional recae en
ambas partes por igual.
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