Una
aproximación antropológica o humanística
al problema de la productividad debe comenzar por una pregunta
sobre la finalidad que se busca al trabajar. Algunas personas
lo hacen por la recompensa económica, pero otros encuentran
en su trabajo una satisfacción en sí misma.
Lo cierto es que para maximizar la productividad, es necesario
adentrarse en la motivación de las personas al desempeñar
una tarea.
Y
también debemos descubrir si la finalidad o motivación
que tienen es lo suficientemente valiosa como para mejorar
la calidad y cantidad del trabajo, meta última de la
productividad.
El
hombre puede estar impulsado por varios tipos de motivación:
1)
La motivación extrínseca: se encuentra relacionada
con lo que el trabajador puede obtener de los demás
con su trabajo. En principio, cuando las personas trabajan,
buscan la propia subsistencia y el bienestar material. Sin
embargo, por sorpresivo que pudiera parecer, esta no es la
mejor razón por la que se debe buscar la productividad.
Es más, ni siquiera la aumenta (incluso, puede perjudicarla).
Cuando
el trabajo se considera algo ajeno a la persona, una carga
que hay que aceptar para obtener aquello que se desea, acaba
por convertirse en un costo. Y, aplicando la ley según
la cual todo costo debe minimizarse, el empleado se las arreglará
para trabajar lo menos posible.
2)
La motivación intrínseca: se refiere a lo
que se obtiene en sí, del trabajo mismo. Esta motivación
es de un orden superior a la extrínseca porque el trabajo
provee el medio más favorable para que cada persona
desarrolle las mejores capacidades y despliegue todas sus
opciones de crecimiento personal. En este caso, el trabajo
resulta intrínsecamente motivador. Solo una cultura
que haga valer los valores positivos del trabajo (no como
medio para conseguir otra cosa, sino positivos por sí
mismos) estará en condiciones de lograr una productividad
cada vez más alta.
3)
Motivación transitiva: se relaciona con lo que
se puede aportar a los demás a través del trabajo.
Aunque los bienes intrínsecos al trabajo mismo son
efectivamente motivadores en la propia dinámica laboral,
tienen un límite individual y necesitan ampliarse trascendiendo
o traspasando su valor a otras personas. Las motivaciones
transitivas, en cambio, mueven a trabajar en beneficio de
los otros, de manera que el interés por el trabajo
sale fuera de cada persona para volcarse en resultados sobre
los demás.
4)
Motivación trascendente: se refiere a la actitud
del líder para desarrollar las potencialidades de sus
clientes y subordinados.
La
clave que surge al contacto con las tres dimensiones de la
motivación hasta ahora desarrolladas (extrínseca,
intrínseca y transitiva), reside precisamente en la
calificación moral del bien que se puede proporcionar
a los demás cuando se trabaja con una motivación
transitiva. Porque si los bienes o servicios que se proporcionan
mediante el trabajo no responden a una necesidad o conveniencia
de su naturaleza humana, entonces las motivaciones serán
transitivas pero no trascendentes; serán a lo sumo
intrascendentes y esto no es aliento ni motivación.
La
motivación trascendente se orienta a satisfacer, en
los otros, necesidades no demandadas. Trascender adquiere
aquí un sentido nuevo: al beneficiar a otros, nos aventuramos
a pasar por encima de nosotros mismo.
El
líder trascendente es aquél que tiene como propósito
la mejora de aquellos a quienes dirige y sirve. Busca, preferentemente,
que las personas desarrollen todo su potencial y que interioricen
la misión de la organización.
El
líder empieza con el sentimiento natural del querer
servir. Y, para ser consecuentes, esta motivación debería
convertirse en otra más completa: mientras les sirvo,
¿esas personas son más capaces de servir a otros?
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