De niño
probablemente eras mucho más expresivo de lo que hoy
sos. En aquellos años no tenías la experiencia
de hoy, ni tampoco habías vivido lo suficiente, ni
pensado lo suficiente aún, para comenzar a instalar
barreras a tu expresividad.
Quizá sucedió
que, por vivir entre personas más grandes, de a poco
ellos te fueron mostrando COMO ERA EL MUNDO de acuerdo a su
mirada. “Caminá derechito”, “ponete
serio en la mesa”, “portate bien con la señora
fulana”, “no hagas caras al señor mengano”,
“callate” y muchas otras trabas más, fueron
instalando en vos a otro personaje y marcando el camino a
la NO EXPRESIÓN.
Si
te fijás en los niños, verás que cada
uno tiene su sello personal. Algunos son muy graciosos para
hablar, otros hacen muchas muecas con sus caras, o mueven
mucho su cuerpo. Si te fijás, vas a caer en la cuenta
de que TODOS ELLOS son capaces de mostrarte qué es
lo que quieren.
Al
no haber incorporado el lenguaje, los más chiquitos
se las arreglan muy bien para expresarse. En reuniones a donde
hay niños, se encargan de captar la atención
de la manera que sea, mas nunca de la forma a la que nosotros
LOS ADULTOS estamos acostumbrados.
Y ninguno de ellos tiene frenos
para lo que dicen o hacen. No están inhibidos por la
gente y tampoco por su entorno. Todo les sale de forma natural,
sin forzar los acontecimientos. Si alguna vez has estado en
un acto escolar donde los chicos actúan, allí
se asoma toda su frescura.
Muy
a pesar de nuestra capacidad de comunicarnos con efectividad,
a medida que vamos creciendo nos van y vamos interponiendo
obstáculos a nuestra expresión. Y en esa ruta
de perder cosas nos vamos quedando con muy pocas acciones
para hablar en público.
Manos
es los bolsillos, muletillas, mirada extraviada, parálisis,
miedo, rigidez, etc., acuden a nosotros como únicos
representantes de nuestra expresión. Y a veces estamos
imposibilitados de observar tales cuestiones. Y al no poderlas
observar, es difícil que las podamos cambiar. Nos encontramos
en transparencia. Estamos dentro de un paradigma que nos impide
avanzar en el camino de la expresividad.
Mi
propuesta es quebrar con la transparencia y corrernos del
viejo paradigma del “YO NO PUEDO”, “YO NO
SE”. Que a partir de ahora mismo, si elegiste averiguar
cuáles son tus recursos para expresarte en tu discurso,
comiences a observarte y a observar a otros en busca de tus
propios recursos y otros que, no siendo nuestros, nos agraden
tanto como para incorporarlos.
Ya
mismo podremos apreciar cuánto cambia nuestro discurso
y la transformación que habremos tenido como personas.
Y no sólo eso. Además, veremos la diferencia
que generamos en el público que nos escucha.
A no dudarlo, un discurso
expresivo es una de las puertas de ingreso a los resultados
que, como seres humanos, buscamos en la vida.
El lenguaje y la forma de
expresarlo abren la puerta a nuevos mundos. No es lo mismo
escuchar el mismo texto a una persona con mínima expresión
que a otra con expresión más acentuada. El contexto
que genera la segunda logra adhesiones que la primera ni se
imagina.
Además,
el público se merece a un orador con distinciones de
expresividad. Merece claridad no sólo desde la dicción
sino también desde la expresión. Imaginemos
una obra de teatro con actores sin expresión y con
un fuerte texto, por ej. Shakespeare.
Por
más que las palabras digan cosas soberbias, la falta
de expresión hará que el público no ponga
atención a lo que se dice.
Yendo más allá
aún. Los mimos. ¿Te imaginás a un mimo
sin expresividad?
No todos tenemos el recurso
de parecernos a niños de inmediato y sin tiempo de
pensarlo. Por ello es que los incito a observar a los niños.
En ellos está presente el gran caudal de la expresividad.
Y allí está
el dilema.
“Si
actúo como adulto no conmuevo ni convenzo. Y actuar
como niño me parece no adecuado para insertarme entre
las personas, pero sé que desde allí tengo más
posibilidades de que mi mensaje llegue a mis oyentes”.
¿Qué hacer?,
es la gran pregunta.
Soy de la idea que, como muchas
cosas en la vida, el equilibrio es fundamental.
Y se logra sorprendiéndonos
a nosotros mismos de las cosas que podemos hacer en el papel
de niños, para luego adaptarlo a nuestra vida adulta.
Y para ello es muy útil practicar nuestro discurso
como si fuéramos niños.
Una
vez que lo tengamos escrito y aprendido, lo practicamos a
solas o en presencia de gente cercana. Agarramos un juguete
o algo que nos conecte con la infancia (por ejemplo algún
recuerdo) y largamos desde ese cuerpo infantil. Tomamos nota
de las cosas que nos sorprendieron y le vamos dando una forma
más adecuada a lo grandotes que somos.
Piensen que uno de los grandes
objetivos de la oratoria es CONMOVER. Y los chicos son grandes
MAESTROS en ese arte. |