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Nos
cuesta gran esfuerzo el cambio, y muchas veces abandonamos
antes de empezar. Los objetivos parecen gigantes, el trabajo
una epopeya, y nuestra voluntad pobre. Pero existe un secreto
sobre pequeñas acciones, hábitos y una motivación
acumulativa, que nos ayuda a transformar conductas y empresas.
Caminaba
hace un tiempo despistado, cuando vi venir a un chico que
canturreaba, irritando su madre. La mujer le advertía,
repetidamente: “termina ya con ese cantito”. De
repente, la señora, cansada de insistir, le grita:
–
¡Cállate, José! –y le pega un cachetazo.
Siguieron andando luego, en cordial silencio.
José
y su madre son dos aspectos de nuestro propio comportamiento.
Somos José cuando repetimos rutinas insalubres o que
no generan valor. Somos su madre, porque nos decimos a cada
instante “tengo que cambiar, mañana ordeno el
escritorio, debo generar procesos, el lunes empiezo la dieta,
quiero pasar más tiempo con mis hijos”. Sin embargo,
necesitamos el repulsivo golpe: una úlcera, la reacción
desmedida, el ataque de estrés, pánico o ansiedad.
De repente estás con la misma cara que José
cuando recibió el tortazo. Y si no es demasiado tarde,
cambias.
El
Kaizen es una técnica japonesa que sintoniza perfectamente
con nuestra condición biológica (lo explican
mejor autores más eximios como Robert Maurer). Al parecer,
nuestro cerebro rechaza los grandes cambios y reacciona con
temor, anulando cualquier motivación al movimiento.
Sin embargo, si realizamos pequeñas pero constantes
acciones en dirección a un objetivo, el cerebro se
siente a gusto, y vivenciamos una motivación acumulativa.
“Cada
vez que envío un e-mail, me desespera no encontrar
al contacto, pero tengo un lío en la base de datos,
que sólo pensar en ordenarla me da dolor de panza”.
Empieza simple: ordena dos contactos por día. “¡Pero
mi base es de tres mil!”. No importa. Esta ínfima
acción, repetida cada día, generará el
Gran Cambio. Llegará un momento que:
–
la acción de ordenar se habrá hecho un hábito,
– nos moveremos sin esfuerzo en la dirección
correcta, y
–
habremos desactivado la temible imagen de la gigante base
de datos queriendo fagocitarnos.
Además,
esa pequeña acción repetida evitará que
cambiemos a la fuerza por un colapso nervioso una tarde ajetreada,
en la que no llegamos a enviar tres presupuestos urgentes.
Pasa
hoy tres minutos antes de la cena con tus hijos, ordena sólo
las lapiceras de tu escritorio, come un bocado menos de tu
cena sin esperar el comienzo de la dieta el lunes. Y mañana
de nuevo, y pasado, otra vez. En pocas semanas verás
que has encontrado una fórmula para transformar tu
conducta, tu empresa y toda tu vida.
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