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DESARROLLO
PERSONAL
El Síndrome
de Bergerac:
Cuando no ser reconocido es el objetivo
Por
Félix Socorro |
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Hector
Savinien Cyrano de Bergerac fue un personaje real que
nació en París en 1619. Fue un escritor
que se dedicó a la carrera militar hasta que una
herida sufrida en el sitio de Arrás en 1641 le
obligó a renunciar a ella. Cuando regresó
a su ciudad natal se entregó a una vida de excesos
e inhibiciones que generalmente superaba sus ingresos,
por lo que terminó buscando la protección
del Duque de Arpajon, quien le retiró su confianza
tras el estreno de su primera pieza teatral, la cual contenía
una buena dosis antirreligiosa.
Pero
no es el contenido histórico de la vida de Cyrano
de Bergerec lo que motiva su estudio y tipificación
como un síndrome administrativo, sino la caracterización
hecha unos doscientos años después
de su muerte por Edmond Rostand (1897), quien lo describe
como un personaje romántico y aventurero en la
tragicomedia que lleva su nombre. En esa obra Cyrano está
enamorado de su prima Roxane, pero se considera incapaz
de ganar su amor por autodefinirse como poco apuesto (debido
a su enorme apéndice nasal), y decide obsequiar
sus prosas y versos al joven Christian para que éste
conquiste el corazón de su amada, realizando así
un sacrificio absurdo alimentado por una casi inexistente
autoestima; o por lo menos así lo expone Rostand
en su obra.
Cyrano
fue un hombre visionario con dotes de filósofo,
físico y astrónomo. De hecho se dice que
fue el primero en sugerir que el hombre podía llegar
a la luna montado en un cohete, pero su imagen está
asociada más a un espadachín de verbo poético
y conducta alocada.
Es
esta conexión –persona visionaria e inteligente
combinada con la baja autoestima y poca fe en el éxito
personal– la que permite asociar el nombre de Bergerac
con un síndrome administrativo.
El
Síndrome de Bergerac es lo opuesto al Síndrome
de Anát, pues en este caso es la falta de confianza
y la escasa o distorsionada auto-imagen que posee el subordinado
lo que lo motiva a ceder su ingenio a terceros, ya que
considera que sólo por esa vía será
posible la materialización de sus ideas o propuestas,
pues de lo contrario pasarían desapercibidas.
Este
tipo de conducta es observada en subordinados de cualquier
nivel cuyo interés por hacer destacada la labor
de sus supervisores esconde una profunda desconfianza
en sí mismos y poca auto-estima. Se consideran
insignificantes o carentes de importancia, imaginando
que su condición social, experiencia, nivel académico,
situación económica, posición jerárquica,
e incluso la suma de todas ellas y otras de similar corte,
lo inhabilitan para proponer mejoras o cambios…
¿Quiénes son ellos para ser escuchados?
No obstante, recurren a la autoridad inmediata o a la
persona que consideran que reúne mejores características,
las cuales piensa que le son ajenas, para utilizarla como
medio de transmisión de su mensaje, renunciando
de manera total y consciente al reconocimiento de su creatividad
e ingenio.
Suele
ocurrir en las organizaciones –y los que la gerencian
están conscientes de ello– que no todos los
supervisores son inagotables fuentes de ideas e innovaciones.
En algunos casos, éstos se apropian de las propuestas
de sus supervisados para quedar bien ante sus jefes (el
Síndrome de Anát). Pero en otras oportunidades
son los subordinados quienes de manera voluntaria se las
ofrecen sin esperar nada a cambio. Tales circunstancias
hicieron que al comienzo del estudio se entendiera el
Síndrome de Bergerac como:
La
conducta deliberada y consciente de un individuo o grupo
de ellos orientada a ceder a terceros sus ideas, sugerencias
o cualquier tipo de iniciativa, para que estos las presenten
como propias ante sus superiores, seguidores o determinado
escenario, sin esperar por ello reconocimiento alguno.
No
obstante, al intentar ubicar antecedentes históricos
de este hecho, apareció un singular ejemplo que
transformó la visión del síndrome
y con ella su conceptualización. Se trata de Benjamín
Franklin (1706 – 1790). De acuerdo al escritor Celso
Cruz, en su libro “Los Grandes Inventores”,
este prócer norteamericano trabajó en una
imprenta que era propiedad de uno de sus hermanos mayores,
quien fundó el periódico The New England
Courant. El autor escribe refiriéndose al joven
Franklin, de 21 años: “Aunque se sentía
con ánimos de escribir, temió que se burlaran
de él si lo intentaba. En una ocasión escribió
un artículo y lo echó por debajo de la puerta.
Lo encontraron al día siguiente y fue leído
y comentado por los redactores del periódico, y
mereció grandes elogios que el chico escuchó
con alegría, pero en silencio” (pág.
51). Benjamín Franklin repitió varias veces
tal ejercicio, hasta que al final fue reconocido y recibió
los honores correspondientes.
En
este ejemplo, la poca confianza en sí mismo y la
baja autoestima están nuevamente de manifiesto,
pero la cesión del conocimiento no se da a un tercero
en particular sino a un medio donde no existe la subordinación.
Por lo tanto, vale decir que el Síndrome de Bergerac
posee una concepción adicional a la ya expresada,
pues puede entenderse también como:
La
conducta deliberada y consciente de un individuo o grupo
de ellos orientada a ceder a terceros sus ideas, sugerencias
o cualquier tipo de iniciativa, para que las promocionen,
ejecuten, convaliden o comprueben, sin esperar por ello
reconocimiento alguno de manera inmediata, pero sí
en el mediano o largo plazo.
Ahora
bien, el Síndrome de Bergerac tiene una peculiaridad
distinta a los demás síndromes expuestos
hasta ahora, como el Síndrome de Cronos, Ganímedes
y Anát. No es consecuencia de la aplicación
de un estilo gerencial particular ni surge de la imposición
de una línea de pensamiento, pero sí es
alimentado y mantenido por ambas expresiones administrativas.
Resulta
poco ético alcanzar el reconocimiento de quienes
supervisan por la exposición o ejecución
de una idea de procedencia ajena, aun cuando la misma
fue cedida sin haber sido solicitada, pues es responsabilidad
de la gerencia desarrollar y orientar al subordinado que
presenta competencias de innovación e ingenio.
¿Qué puede esperarse de un supervisor que
acepta de manera constante que sus subordinados les regalen
sus ideas?
Aceptar
ese tipo de cesión es obviar los avances que en
materia de competencias se han alcanzado en las últimas
décadas, además de un aprovechamiento incorrecto
del talento que las genera.
Por
lo tanto, es responsabilidad de los supervisores de cada
área, unidad e incluso de toda la empresa, detectar
este tipo de conductas, generar un clima y un medio propicio
para captar las iniciativas de sus empleados, independientemente
del nivel, status o condición que éstos
ostenten, pues de no ser así se coadyuva a mantener
personal ingenioso pero de baja autoestima en la plantilla.
Ahora
bien, ¿cómo puede ser responsable un supervisor
de la baja autoestima de su supervisado? La respuesta
se encuentra en la capacidad que posea el superior de
utilizar su experiencia para encaminar a cualquiera de
sus supervisados a mejorar su auto-imagen. Si apoya la
conducta, es suficientemente responsable de la aparición
del síndrome como del Síndrome de Bergerac
en sí, pues al hacerlo convalida el pensamiento
inicial de que la idea no hubiese calado de haber sido
su mismo autor quien la expusiera. Lo contrario resulta
si, haciendo uso de sus habilidades supervisoras, sirve
de enlace entre el creador de la iniciativa y los responsables
de considerarla, pues con ello permite fortalecer la autoconfianza
y aumenta la motivación del autor de la idea.
El
Síndrome de Bergerac puede estar presente en cualquier
tipo de organización, nivel jerárquico o
de conocimiento, sin distingo alguno de raza, credo, edad
o sexo. Se trata de una expresión anómala
de genialidad que, aunque puede parecer poco común,
es más usual de lo que aparenta y, en algunos casos,
es lo que origina la aparición y difusión
del Síndrome de Anát. No obstante es más
común en empresas donde se rinde culto a:
-
El
nombre de la institución de donde se han cursado
estudios y el nivel de estos.
-
Ubicación
geográfica de la vivienda, ambiente social o
status quo.
-
Trayectoria
laboral, años de experiencia, número de
éxitos y su reconocimiento.
-
Una
relación estrecha con los dueños del negocio.
-
Otros
elementos circunstanciales de alto nivel subjetivo.
Pero
cuando el Síndrome de Bergerac es adoptado como
parte de un plan para lograr ser reconocido en el mediano
o largo plazo, las condiciones antes expuestas pueden
variar de infinitas formas, pues de acuerdo al escenario
el portador del síndrome habrá de sortear
las experiencias exitosas de sus planteamientos e ir acumulando
a la vez suficiente evidencia para demostrar su autoría
y creatividad para ser suministrada en el momento en que
la situación lo amerite, pues no faltará
quien se adjudique la autoría de los mismos aunque
le sea ajena.
Sea
de una forma o de otra, el Síndrome de Bergerec
es una afección administrativa que no agrega valor
a quien la alimenta, e incluso a quien la padece, pues
su existencia denota la carencia de las competencias propias
de un profesional de hoy, donde la capacidad de innovación
y creatividad son y habrán de ser las principales
fuentes de distinción entre las personas talentosas.
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Félix Socorro
es Doctor en Ciencias Administrativas, Magister Scientiarum en Ciencias Gerenciales,
mención Recursos Humanos. Especialista en Gerencia, mención
Gestión de Negocios. Licenciado en Administración mención
Recursos Humanos y Técnico Superior Universitario en Administración
mención Gerencia Administrativa (Graduado con honores). Posee un Diplomado
en Docencia y en Human Resources Management (Cornell University). Es consultor,
asesor y conferencista internacional en los temas que investiga y expone.
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