La
villa de Orsay
La
Villa de Orsay era un pequeño poblado enclavado
en un fértil valle rodeado de pequeñas
colinas. Un río caudaloso llevaba prosperidad
a cada parcela de campo, alimentando los abrevaderos
de los animales y refrescando las famosas vides de la
comarca.
El
vino del valle de Orsay se alzaba, cada año,
con la gran medalla dorada que la comarca otorgaba a
aquellos vitivinicultores que se esforzaban por lograr
el mejor brebaje. No había dudas de que las aguas
del río y el preciado microclima habían
logrado el maridaje perfecto para obtener la mejor de
las uvas.
Todos
los años, e inmediatamente después de
la vendimia, daba comienzo una fiesta en la cual cada
una de las villas de la comarca demostraba sus habilidades
en el manejo de los instrumentos musicales. Así,
oboes, violines, platillos, flautas, tambores y guitarras,
rompían el silencio del valle, para deleitar
a cada uno de los asistentes a los pequeños conciertos,
que uno tras otro iba realizando cada banda de la comarca.
Las
autoridades del evento establecieron un estricto orden
en la presentación de cada una de las bandas.
Las primeras en iniciar el concierto serían aquellas
que no hubieran obtenido premio alguno en la competencia
para alcanzar la medalla de oro en vinos.
De
esta manera, y de acuerdo a los últimos registros,
la banda de la Villa de Orsay siempre tocaría
en último lugar. Se buscaba de esta forma equilibrar,
con relativa justicia, que cada cual pudiera demostrar
lo mejor de su villa, ya fuera en términos de
vinos o de música.
Sin
embargo, y a pesar de ser los grandes ganadores de las
medallas de oro, el alcalde de la Villa de Orsay y su
consejo de asesores, mostraban un alto grado de preocupación
porque en los últimos años ni siquiera
podían terminar de realizar su concierto. Los
pobladores de aldeas vecinas huían rápidamente,
al instante que se anunciaba la aparición de
la banda en escena.
Los
habitantes de la Villa se preguntaban una y otra vez
por qué volvían frustrados sus músicos.
No comprendían las razones por las cuales ni
una sola nota musical fuera capaz de escapar de sus
instrumentos. Y así, año tras año,
volvían cabizbajos a sus hogares, con una de
sus manos vacías de honores.
La
preocupación del alcalde se hacía cada
año más evidente. De alguna manera intuía
que tarde o temprano, tantos años de frustraciones
afectarían a la calidad de los vinos de Orsay.
Esto seguramente traería innumerables consecuencias
negativas para la economía de la villa.
Es
así que después de una larga discusión
con su grupo de asesores, el alcalde decidió
contratar los servicios de un director de orquesta.
Su objetivo sería determinar por qué razón
la tan querida Banda de la Villa de Orsay retornaba,
luego de cada evento, con las manos vacías.
La
audición
Tres
semanas después de la resolución adoptada,
el auditorio del Gran Teatro de la Aldea lucía
impecable. Se habían pintado sus paredes descascaradas
por el paso del tiempo, podado los cercos de ligustros
lindantes con la Iglesia Protestante y adornado la escalera
principal con guirnaldas de flores blancas.
Los
habitantes de la Villa de Orsay se hallaban reunidos
esperando que se abrieran las puertas del Gran Teatro
para escuchar el concierto que la Banda ofrecería
al nuevo director de orquesta. A la hora indicada, la
gran puerta de roble se abrió de par en par,
y la multitud ingresó ocupando sus asientos de
manera serena, en orden. Mientras, de fondo, se escuchaba
cómo algunas notas musicales huían de
los instrumentos que estaban siendo afinados.
En
un instante todas las miradas se cernieron sobre un
hombre de mediana contextura y escasa cabellera de color
ceniza. El director de orquesta cruzó la puerta
de entrada, y sin hacer comentario alguno eligió
su ubicación.
Al
terminar el primer tema musical, el auditorio entero
aplaudió de pie, mientras las miradas se cruzaban
en busca de aquel hombre de cabellera gris. La algarabía
hizo que el segundo tema se demorara un poco, y al finalizar
se repitió la escena anterior. Los habitantes
de la villa estaban más que eufóricos.
Sin embargo, aquel extraño hombre se levantó
de su asiento y en silencio se retiró del teatro.
Habían
pasado tres días desde la audición, y
el Alcalde de la villa se mostraba preocupado ya que
no había vuelto a tener contacto ni noticias
del director de orquesta.
La
residencia
El
cuarto día amaneció con un cielo cubierto
de espesas nubes grises. El viento arrastraba todo lo
que se hallaba en su camino. Vientos de cambio se anunciaban
en la Villa de Orsay.
El
Alcalde llegó temprano a su oficina, y para su
sorpresa se hallaba esperándolo el director de
orquesta. Sin perder el tiempo y dirigiéndose
al Alcalde, le dijo:
–
Necesito que todos los músicos vayan a descansar
esta noche y la siguiente a la Residencia del Alcalde,
y cuando lo hagan, le agradeceré les entregue
a cada uno de ellos estos sobres.
La
Residencia era el lugar en el cual vivía el Alcalde
con su familia. Contaba con muchas habitaciones. De
hecho, se la usaba para dar albergue a los turistas
en la época de la vendimia.
Esa
noche, y de manera puntual, fue llegando a la Residencia
cada uno de los músicos de la banda, preguntándose
qué sería lo que harían allí.
Después de cenar, cada uno se fue a su habitación
a descansar.
A
la medianoche los huéspedes se levantaron, sobresaltados,
de sus camas. Un terrible lamento se escuchó
como si viniera desde el ala más antigua de la
residencia.
Nuevamente,
ocurrió lo mismo a las dos de la madrugada, y
a las cuatro. Los ruidos ensordecedores asustaban a
quienes tuviesen la valentía de salir de sus
camas.
A
la mañana, durante el desayuno, ninguno de los
músicos hizo comentario alguno. Sus rostros mostraban
las huellas de una noche de poco descanso. Al finalizar,
cada uno retornaría a sus tareas habituales.
A
la noche del día siguiente, la cena había
sido enriquecedora para cada uno de ellos. La charla
fluía alegremente hasta la hora de retirarse
a descansar.
Esa
medianoche volvió a repetirse el lamento escuchado
el día anterior y ninguno se animó a salir
de su cuarto. Pero los ruidos se repitieron a cada hora.
Para
la hora del desayuno del día siguiente los rostros
de los músicos se encontraban desfigurados. El
agotamiento nocturno los había marcado profundamente.
La
lección
Al
terminar el desayuno apareció el director de
orquesta quien, luego de darse a conocer, solicitó
a todos los músicos que se presentasen a tocar
en el auditorio del Gran Teatro de la Aldea. El Alcalde
y altas autoridades de la Villa habían sido invitados
junto a sus familias.
Una
vez ubicado en su posición, cada músico
sacó un sobre y, luego de leerlo, comenzaron
a tocar sus instrumentos. De esta manera dio comienzo
un pequeño e improvisado concierto.
El
asombro de cada uno de ellos, incluido el Alcalde, su
familia y la demás comitiva, fue enorme. Hubo
una pausa y el silencio fue total.
–
Continúen, continúen –replicaba
a viva voz el director de orquesta. Y los músicos
debieron continuar tocando sus instrumentos.
Al
cabo de un rato el ruido fue ensordecedor, los sonidos
que salían de cada instrumento resultaban ser
desagradables para cualquiera. Al finalizar la función,
cada uno de los asistentes se fue retirando del Gran
Teatro.
Fue
entonces que el director de orquesta improvisó
una breve reunión en el escenario con los músicos
y el Alcalde para explicar lo sucedido durante la noche
anterior y de qué manera se relacionaba con el
concierto.
En
cada sobre había una instrucción precisa
para cada uno de los músicos, en la cual se les
pedía que tocaran una serie de notas musicales
a una determinada hora de la madrugada, y tan sólo
por unos pocos minutos.
De
esta manera quería mostrarles cómo se
sentían los habitantes de las otras comarcas
cuando la banda de la Villa de Orsay salía a
escena.
Cuando
los habitantes de la villa escuchaban a su banda y de
manera eufórica aplaudían y vociferaban
¡hurras! a viva voz, lo que estaban haciendo era
escuchar sólo aquel instrumento tocado por algún
familiar.
De
manera que, en realidad, ¡escuchaban una parte
del concierto!, y de ningún modo la pieza en
su conjunto. Los otros, los vecinos de las otras comarcas,
escuchaban la pieza en su totalidad. ¡Y esta sonaba
muy mal!
Entonces,
lo importante en una orquesta no son los músicos,
ni la partitura, ni la acústica del lugar, ni
el director de orquesta. En todo caso, lo más
importante es la obra en su conjunto, y esto se logra
teniendo una visión mucho más amplia que
la que pueda dar el primer violinista o el pianista.
La
música que brota de un sólo instrumento
puede ser exquisitamente maravillosa, pero cuando ese
instrumento debe convivir con otro, cuyos acordes o
sonidos son diferentes, debe, necesariamente, establecerse
una visión totalizadora de lo que se quiere transmitir
al espectador que escuchará la obra.
Moraleja
Finalmente,
los habitantes de la Villa de Orsay, comprendieron cuáles
eran sus debilidades y comenzaron a trabajar en las
diferentes maneras de entender cómo se relaciona
cada instrumento con el conjunto de la obra. Se habían
dado cuenta que el todo es más importante que
las partes.
De
esta manera se habían propuesto un objetivo mayúsculo
para la próxima fiesta de la vendimia del Valle
de Orsay. ¡Alzarse con el premio que se otorgaba
a la mejor banda musical.
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