|
Recientemente
hice un descubrimiento que de alguna manera parece estar
conduciéndome a unas transformaciones cuyo verdadero
alcance todavía no alcanzo a visualizar con total
nitidez. Ocurre, por ejemplo, que cuando leo un libro
o un artículo que me interesa particularmente,
y del que espero obtener una nueva y valiosa perspectiva,
lo leo detenidamente. Ya no tengo prisa por terminarlo
rápido. Nadie me corre. No tengo ninguna urgencia
por terminarlo para poder pasar a la siguiente actividad
en mi agenda del día.
Llegué
a la conclusión de que mi bagaje personal crece
de una manera mucho más significativa cuando
leo un solo libro lentamente, que si en el mismo tiempo
leyera dos libros, o tres, o más. La ecuación
parece muy simple, aunque por alguna extraña
razón la mayor parte del tiempo se nos pasa de
largo. Cuando leemos un libro o un artículo a
toda velocidad, las palabras pasan tan rápido
que no las vemos. Pareciéramos suponer que nuestro
cerebro, esa máquina tan maravillosa, pudiera
convertir el torrente de palabras en nuevas habilidades
y nuevo talento a la velocidad de la luz y en tiempo
real. Pero no. La realidad es que cada palabra que ingresa
a nuestro cerebro empuja hacia el fondo a las que ingresaron
previamente. Cuando leemos a las corridas, sin pausa
para meditar y reflexionar, las palabras se diluyen
en la masa informe de materia gris, y todo lo que queda,
o casi, es una sopa de letras, insípida y desabrida.
Así
que lo que hago ahora es convertir el hábito
de la lectura en una ceremonia, un espacio y tiempo
único en que entrego cada sentido de mi ser,
como una ofrenda, en el altar de las palabras, las oraciones,
las ideas y los conceptos. Y dejo que el texto me hable,
le pido que me hable. Y estoy atento a cuando lo haga
realmente, voy escuchando el texto atentamente para
descubrir cuándo se dirige directamente a mí.
Y
entonces, cuando eso ocurre, cuando alguna idea me apela,
entonces me detengo. Levanto la vista del escrito, y
como quien se vuelve hacia adentro, mi mirada se desvanece
en quién sabe qué mancha en la pared,
en qué trama del suelo o de la alfombra, dejando
libre a la mente, y sobre todo a mi conciencia, para
bucear entre pensamientos, experiencias, sueños
y proyectos, y dejo que la idea recién leída
juegue y converse con mi mente toda, que recorra cada
pasadizo y cada recoveco de mi ser interior, mi mente,
mi conciencia, mis sentimientos y emociones.
Y
es sorprendente. En instantes, la magia de la mente
y la conciencia comienza a brotar a borbotones, incontenible,
mezclando y combinando, imaginando y creando nuevos
mundos, nuevos pensamientos, nuevas ideas, nuevas soluciones
a viejas situaciones.
Esto
tiene una explicación muy simple, elemental,
primitiva y ancestral. La mente humana es muy veloz.
Extraordinariamente veloz. Pero los procesos de la conciencia
son más lentos, y necesitan la pausa y el silencio
para poder desarrollarse en un ambiente que le resulta
más propicio. En un escenario así logra
su máxima performance, sus resultados óptimos.
Nuestra
experiencia cotidiana transcurre en un entorno sometido
al bombardeo de estímulos de todo tipo. Nuestra
mente, tanto como nuestra conciencia, perciben y procesan
todos estos estímulos. Todo el tiempo. En todo
lugar. Nos hemos privado del lugar de retiro cotidiano
que nuestra alma necesita. Hemos elegido que “Otro”
se ocupe de implantar en nosotros lo que hemos de pensar,
cómo hemos de sentir, qué valores hemos
de compartir, qué costumbres, qué modas,
qué estilo, cómo hacerlo y con quién.
Esta ha sido la peor decisión de nuestras vidas.
Y cada día volvemos a renovar nuestro compromiso
de fidelidad con la misma decisión.
Cada
día tomamos la misma decisión de no meternos
con nuestro ser interior. Elegimos no escucharnos a
nosotros mismos. Elegimos levantarnos a la mañana,
bañarnos, vestirnos para ir al trabajo, desayunar
mientras vemos en la televisión los últimos
asesinatos, los resultados del fútbol y los chismes
de los famosos. Y allá vamos, ya estamos listos.
Listos para ver sin prestar atención todos los
carteles y afiches de publicidad, listos para empezar
a enviar y recibir SMS y hacer o recibir llamadas mientras
conducimos, y también para hojear el periódico
si otro conduce o si vamos en un transporte público.
Listos
para obedecer irreflexivamente los mails y llamados
telefónicos de no sé quién para
hacer no sé que cosa que hay que terminar ya
porque es parte de algún proyecto de un cliente
pero antes hay que terminar el informe de ayer y cuando
termine tengo que ir a una reunión de no me acuerdo
qué comité y así siguiendo. Stop
… stop. Slow down.
Respiro
profundo. Suspendo todos mis pensamientos. Siento mi
respiración. El aire que entra y llena completamente
mis pulmones. El aire que sale, llevándose todas
las tensiones.
Aspiro,
retengo por un momento. Exhalo. Vuelvo a aspirar profundo.
Exhalo. Estoy acá. Tomo conciencia de este momento.
Quién soy. Dónde estoy. Qué estoy
haciendo acá. Cuál es el propósito
de mi vida.
Permanezco
por unos momentos en silencio, hasta que pueda sentir
que estoy nuevamente conectado conmigo mismo. Conmigo
mismo.
Ahora
vuelvo lentamente a la realidad exterior. Ya no hay
presiones. Nadie me está corriendo con ninguna
urgencia. Voy a tomarme un tiempo, el que sea necesario,
para repasar mentalmente las tareas que tengo por delante.
Si es necesario, las escribo para poder verlas más
claramente.
Ya
tengo un panorama más claro de todo mi escenario.
Veo cada árbol. También veo el bosque.
Ahora voy a decidir. Es un momento importante, crucial.
Es un momento fundacional. La decisión que estoy
a punto de tomar va a determinar la calidad del próximo
tramo de mi existencia.
Estoy
a punto de tomar una decisión que va a afectar
la calidad y el valor del aporte que voy a brindar a
la empresa en la que trabajo. Quiero que el aporte que
voy a hacer durante el próximo segmento de mi
existencia produzca el máximo resultado posible.
Quiero que mi próxima actividad supere las expectativas
de mis clientes internos y externos.
Decido
a qué tarea me voy a abocar ahora. Y encaro la
acción. Confiado en que lo que estoy haciendo
ahora es lo que yo decidí hacer. No está
bien ni mal. No es correcto ni incorrecto. No es mejor
o peor. Sencillamente es. Tiene la existencia que yo
le estoy otorgando.
Estoy
creando mi propio mundo. Ese mundo que fue concebido
en mi mente. Que cobró vida mediante mis pensamientos.
Ahora tiene existencia propia.
Ahora
estoy siendo un Ser Integro. Todo mi Ser –cuerpo,
alma, mente y conciencia– está en armonía.
Estoy entregando todo mi Ser a la tarea que estoy desarrollando,
porque quiero dar lo mejor de mí. Yo estoy decidiendo
hacerlo. Libremente. Concientemente.
Ahora
tengo bienestar. Me siento bien.
Querido
Lector: te invito a que te detengas ahora. No sigas.
Detente. Cesa toda actividad. Respira profundo y disponte
a meditar por un momento en lo que acabas de leer.
Aparta
la vista ahora de este texto, y vuelve para seguir leyendo
sólo cuando dispongas de tiempo para hacerlo
reflexivamente, tomándote tu tiempo. Tu tiempo.
Te
deseo una buena meditación.
|