Comienza
con la “tierra baldía” de una vida
carente de autenticidad.
Los
viejos conceptos, ideales y pautas emocionales ya
no encajan; se acerca el momento de traspasar el umbral.
La
llamada a la aventura se presenta de muchas maneras
a lo largo de los años, tanto sutiles como
explícitas.
Es
una llamada al servicio, a entregar nuestra vida a
algo más grande que nosotros mismos, la llamada
a convertirnos en lo que estamos llamados a ser, la
llamada a realizar nuestro “designio vital”.
Algunos
de los llamados a la aventura eligen ir.
Otros
pueden estar luchando durante años con el miedo
y la negación antes de poder trascenderlos.
Tendemos
a negar nuestro destino por nuestra inseguridad, por
nuestro miedo al ostracismo, por nuestra ansiedad
y falta de coraje para arriesgar lo que poseemos.
En
el fondo, sabemos que cooperar con el destino aporta
un gran poder personal y responsabilidad.
Si
nos implicamos en nuestro destino, nos abrimos al
designio del universo, que se expresa a través
de nuestro designio personal.
Si
nos negamos, continuamos sintiéndonos inquietos.
Después,
como surgida de la nada, se presenta la guía:
algo o alguien que nos ayuda a traspasar el umbral
de la aventura.
Puede
tomar la forma de voces dentro de las personas o de
personas que nos guían y nos permiten ver el
camino.
Cuando
decimos sí a la llamada, traspasamos el umbral.
Sobre ese momento de decisión, Buber dice:
“E incluso esto no es lo que ‘deberíamos
hacer’, más bien no podemos hacer otra
cosa”.
En
ese punto, nuestra libertad y el destino se funden.
“Aquí estoy. No puedo hacer otra cosa”,
dijo Martin Lutero.
Atravesamos
las puertas de lo desconocido hacia el vacío,
un dominio carente de mapas. Comienza el peligroso
viaje y nos encontramos con una serie de pruebas,
peripecias y peligros.
Es
un lugar de terror y oportunidad.
Si
estamos verdaderamente comprometidos a seguir nuestro
sueño, hay una fuerza más allá
de nosotros y de nuestra voluntad consciente que nos
ayuda a lo largo del camino y nutre nuestro crecimiento
y transformación.
Unas
manos invisibles guían nuestro viaje con una
precisión infinitamente mayor de lo que sería
posible si sólo interviniera nuestra voluntad
consciente.
Campbell
dice que es “la fuerza sobre natural”
que ayuda a “los elegidos en medio de sus pruebas
más penosas”.
A
lo largo del viaje nos encontraremos inevitablemente
con uno o más de estos retos supremos que ponen
a prueba nuestro compromiso con el camino que hemos
tomado y nos dan la oportunidad de aprender de los
errores.
En
los estadios postreros del camino cruzamos un umbral
tras otro, soportando la agonía del crecimiento
espiritual y rompiendo nuestras limitaciones personales.
Cuando
emergemos del encuentro supremo, ya no somos la misma
persona; “tenemos algo más que ha crecido
en nosotros”, dice Buber.
Finalmente,
con la misión cumplida, regresamos trayendo
el elixir que restaura la sociedad.
Es
difícil dejar atrás la bienaventuranza
de las últimas etapas del viaje, un estado
de aventura suprema, para volver al lugar largo tiempo
olvidado del que partimos, donde personas que son
fragmentos de sí mismas imaginan ser totales.
Al
volver, resulta difícil integrar el duro golpe
que suponen las preguntas razonables, los resentimientos
y la buena gente que no llega a comprender.
Y
regresamos únicamente para preparar el viaje
siguiente; pero volvemos como seres nuevos y potentes,
preparados para ponernos de nuevo al servicio de la
comunidad.
Joseph
Jaworsky