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Dicen
que todo cambio es bueno. Pero dentro de las cosas que
más estrés producen en una persona está
el cambiar de casa. ¡Qué traumático
es una mudanza, aún peor cuando la familia perduró
por décadas en el mismo domicilio! Surge entonces
la necesidad de abrir closets, bodegas, entrepisos,
y descubrir cosas y objetos de la más variada
índole, algunos guardados con el objeto de una
eventual futura utilización y otros por el recuerdo
que en sí mismo significan. Aparecen, por ejemplo,
juguetes de personajes irreconocibles por las nuevas
generaciones, libros jamás leídos, cassettes
con música mal grabada, floppy disks cuyo contenido
es imposible averiguar, piezas sueltas de rompecabezas,
envases de rollos fotográficos que esperaban
algún uso, relojes con pilas oxidadas, etc. Como
que antes todo se guardaba, como que se les prolongaba
la muerte, como que nada se botaba, ya que todo se podía
reutilizar.
Nuestros
abuelos compraban loza, manteles, cuchillería,
cristalería, todo de reconocidas marcas europeas
que hoy son sustituidas por piezas más modernas,
de diseños minimalistas, prácticos para
el microondas y el lavavajilla. Los vestidos de novias
y los trajes se reutilizaban una y otra vez, gracias
a la labor de modistas y sastres. Existían zapateros.
Las cosas se arreglaban, no se desechaban.
Nuestros
padres, lavaban y planchaban nuestros pañales,
pañuelos y servilletas. Hoy preferimos lo desechable,
ya que son más prácticos, higiénicos
y baratos. Cuando nuestros papás cambiaban de
auto, cada siete o más años, hasta la
radio era desinstalada para ser parte del nuevo. Crecimos
con el mismo equipo de música, el fiel refrigerador,
y toda la línea blanca perduraba años.
¿Cuánto tiempo duró aquel televisor,
que nos brindó mañanas de dibujos animados
y “Tardes de Cine” o “Cine en su Casa”?
Lo tuvimos que cambiar al pobre, porque los cables del
primer VHS ya no permitían conectarlo a la antena,
donde también instalamos nuestro primer Atari,
que nos acompañó por años. Lo recibimos
de regalo en Navidad, con un árbol de Pascua
y un pesebre que nos acompañó también
por años. Los adornos navideños eran cuidados
de manera extrema: las bolas de colores del árbol
eran de vidrio, por lo que había que tomar medidas
extremas para resguardarlas de una Navidad a otra. Crecimos
en un entorno que no variaba. Todo lo que nos acompañaba
era casi eterno.
Cierto
es que los tiempos han cambiado. Sabemos que ningún
objeto que nos acompaña perdurará con
nosotros por mucho tiempo. Los artefactos en la cocina
durarán cinco años, el televisor cuatro,
nuestro auto lo cambiaremos cada tres, nuestra laptop
cada dos, y ojalá nuestro celular alcance a acompañarnos
más de doce meses. Las tecnologías se
reemplazan rápidamente y los costos de los productos
son cada vez más bajos. Esto ha posibilitado
la democratización del consumo, ya que más
clases sociales pueden alcanzar bienes que antes eran
prohibitivos para ellos, y el rápido reemplazo
de los productos hace que uno pueda acceder a bienes
con más tecnología y mayores prestaciones.
Esta nueva forma de consumo, con ciclos de vida de los
productos más cortos, implica un cambio en los
valores del consumo: de una cultura de lo perdurable,
de lo perenne, a una cultura de lo desechable, de lo
caduco. El problema es cuando los valores del consumo
son llevados a otros aspectos de nuestra vida cotidiana.
La cultura de lo desechable aplicada, por ejemplo, en
nuestras relaciones sociales, en nuestra familia, en
todo aquello que implica algún tipo de compromiso
perdurable. Como que se generalizó la cultura
de lo desechable.
Así
como resulta más cómodo reemplazar un
refrigerador que ya tiene sus fallas, estamos desechando
muchas grandes cosas de nuestra propia vida, porque
ni siquiera nos esforzamos en tratar de arreglarlo.
Generalizar la cultura de lo desechable hace que no
nos esforcemos por el compromiso, aquello que finalmente
da razones y argumento a nuestras propias vidas. Entablar
relaciones humanas bajo el punto de vista del consumo,
tarde o temprano nos llevará a sentirnos solos,
en una sociedad que requiere personas plenas comprometidas
con su familia, con su empresa y con toda la comunidad
en la que estamos y somos.
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