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El
diálogo familiar ha cambiado con los tiempos,
y por ende nuestra educación. Tiempo atrás
no se manifestaba interés en desarrollar la lógica
infantil, ni tampoco en dar a conocer la cruda realidad
a los niños. Antes de datos certeros y comprobables
sobre el mundo, se dialogaba con el niño a través
de detalladas fábulas, cuentos y aventuras, donde
alternaban las hadas, los duendes, ogros y hasta el
lobo feroz. Tiempos en que nuestra fantasía se
encerraba en libros de aventuras, revistas que incrementaban
la imaginación, programas radiales de la misma
índole.
Si
antes se culpaba a los padres por el exceso de fábula
familiar, ahora se hace imperioso hablar de un exceso
de racionalidad y realidad. Nadie valida ahora la pobreza
de espíritu, la reflexión, la tertulia
ni el escuchar. En nuestra sociedad existen solo los
rápidos y los muertos.
La
falta de un adecuado balance entre ambos hemisferios,
determina una falta de resiliencia en los jóvenes,
entendiéndose como tal la incapacidad que se
genera en ellos para recuperarse del fracaso o del medio
adverso.
Obsesionados
por la idea de generar niños y jóvenes
sanos y genios, los padres andan a la caza de las más
modernas técnicas de sensibilización y
aprendizaje, a fin de aprovechar adecuadamente el tiempo
libre de los pequeños. Desde antes de nacer,
el infante tiene programado un intensivo plan de desarrollo,
que incluye entrenamiento precoz en lectura, computación,
Internet. El pequeño gorrión ha sido condenado
desde la cuna a la dictadura de la industrialidad y
la eficiencia. Asediado por la información, compelido
por el éxito, ha salido de la tiranía
de la ignorancia para caer bajo la tiranía de
la inteligencia.
La
historia de un personaje muy conocido por nosotros da
crédito a este hecho, Caperucita Roja.
Caperucita,
joven de espíritu alegre, sonrisa fácil,
vivía con su madre en la ladera del bosque. Esta
horneaba ricos panecillos, los que solía enviar
con Caperucita a la abuelita que vivía al otro
lado del bosque.
Una
mañana Caperucita recibió la encomienda
y marchó por el sendero silvestre, no sin antes
escuchar los reiterativos mensajes de advertencia de
su madre, quien la colocó al tanto de los peligros
que asechaban en el bosque, y en especial de un personaje
muy peligroso, el lobo feroz., cuya especialidad era
engañar niñas indefensas, curiosas, soñadoras
como ella era, para después, sin misericordia,
saborearlas entre sus fauces. Caso típico de
niñas distraídas como Caperucita, que
no siguen las juiciosas recomendaciones de los adultos
y terminan sucumbiendo ante el peligro.
Fue
así que el lobo feroz saludó a Caperucita
sin que esta tuviera sobresalto alguno. Este, cual si
cumpliera los pérfidos designios de la profecía
materna, conocedor de la curiosidad de la niña
y su disposición al juego y al descubrimiento,
le sugirió tomar otro camino por donde, aseguraba,
encontraría las más hermosas flores y
los más lindos claros del bosque. Cediendo a
la tentación de la curiosidad, la misma que perdió
a nuestros primeros padres y que constituye sin lugar
a dudas el pecado original, Caperucita terminó
siendo tragada por el lobo que se hizo pasar por la
abuelita.
El
resto de la historia es de todos conocida.
Según
una versión que ha llegado a nuestros oídos,
el lobo no logró consumar la fatal agresión,
porque Caperucita fue salvada por un cazador que escuchó
sus gritos de auxilio.
Sabemos,
eso sí, con certeza, que desde entonces Caperucita
prometió solemnemente no dejarse llevar nunca
más por la curiosidad y ser fiel a las enseñanzas
de los adultos, admitiendo respetuosamente sus consejos.
Caperucita,
ahora con 20 años de edad, sacó alto puntaje
en la PSU (Prueba de Ingreso a la Universidad), memoriza
ejemplarmente las lecciones de la Universidad, sabe
mucho más que sus compañeras de los peligros
de la vida y recita sin error la clasificación
de los vertebrados y las capitales de los países
de Europa. Pero la pobre Caperucita, que razona impecablemente
cual si tuviera una larga experiencia, ha empezado a
frecuentar el consultorio de un psicoanalista porque
no acepta invitaciones a paseos, ni se atreve a salir
sola, por temor a que sea comida por los lobos. Desde
que supo de los peligros de explorar y fantasear, Caperucita
no volvió a divertirse con las flores y redujo
sensiblemente sus placeres. A más de las modestas
gratificaciones que le depara el deber cumplido, Caperucita
no carga sino tristezas y, según nos han contado,
su pena se ha acrecentado desde que supo, por boca de
un analista, que desde años atrás la acompaña
el deseo oculto de que el lobo la triture entre sus
fauces.
¿No
será que el exceso de racionalidad y la falta
de imaginación están condenando a nuestros
jóvenes y transformándonos de hijos de
la prosperidad en huérfanos de la inseguridad?
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