| Estaba
en una escuela de negocios dando un taller de supervisión
y coaching cuando se cortó la luz. El lugar no
tenía ventanas y la oscuridad se hizo total.
En seguida se oyeron las expresiones de sorpresa de
los presentes y voces que venían de salas contiguas
a la nuestra, en las que se estaban dictando otros seminarios.
Yo, que venía entrenándome en tomar los
imprevistos como oportunidades, respiré profundo,
al tiempo que me preguntaba ¿qué oportunidad
es esto para nosotros?
Y
mientras esperaba que me llegara una respuesta mejor
que la típica reacción de quejarnos o
matar el tiempo hasta que pasara el problema, pregunté
al grupo si seguían allí y si estaban
bien. Contestaron todos a la vez, un poco alterados
por la situación. Estaba pidiéndoles que
nos escucháramos cuando bajó la respuesta
a mi pregunta: si el propósito de este encuentro
es entrenar el liderazgo, ¿por qué no
convertir la oscuridad en una oportunidad para liderar
superando las circunstancias?
Entonces
invité al grupo a continuar discutiendo el tema
en el que estábamos antes del apagón.
Apenas
terminé de decirlo, se hizo un silencio total.
Una de las participantes contestó que le parecía
buena idea, pero el resto permanecía callado.
Sentí que la oscuridad los desorientaba, y me
puse a conversar con toda naturalidad con la mujer que
se había animado. En seguida se sumó la
voz de un hombre que se identificó y entró
en el diálogo. De a poco fueron apareciendo el
resto de las voces. Luego de un rato, la conversación
se había puesto súper movida y, a pesar
de que éramos varios interlocutores, la comunicación
fluía con toda claridad.
Nos
encontrábamos navegando en ese intercambio de
ideas, contagiados por la emoción de sentir que
habíamos superado un obstáculo, cuando
nos sorprendió el regreso de la luz.
Supusimos
que el desperfecto habría sido arreglado, pero
ninguno decía nada. La experiencia de conversar
a ciegas había sido impactante.
“Siento
que en este rato de oscuridad nos comunicamos como no
lo habíamos hecho hasta ahora” -dijo uno
rompiendo el silencio–. “Yo también
–agregó otro- el hecho de no poder verles
las caras me llevó a estar mucho más atento
a lo que cada uno decía y a cómo lo decía”.
“A
mí, el asunto del ejercicio en la oscuridad,
les reconozco que no me hizo demasiada gracia, y al
principio estaba bastante incómodo –le
empezó a decir un gerente a la primera mujer
que se había animado a hablar y que hasta ese
momento casi no había participado del seminario-.
Pero entonces escuché tu voz tan segura y me
puse a hablar como si los estuviera viendo”.
“Les
confieso que escuché sus voces por primera vez
–compartió otro–. Fue un diálogo
impecable”. “No nos superpusimos entre nosotros
en ningún momento –dijo asombrada una de
las participantes y remató–: Voy a hacer
este ejercicio con mi equipo”.
Nos
quedamos mirándonos por un momento como diciendo
¿y ahora qué hacemos?
Me
disponía a continuar, cuando una participante
me interrumpió para hacer una propuesta que en
otro contexto hubiera sonado un poco loca, pero que
todos aceptamos de inmediato.
Fue
la primera vez que terminé un encuentro a oscuras.
Nos
despedimos hasta la semana siguiente, junté mis
cosas, dejé la sala, y ya estaba por cruzar la
puerta de salida cuando me detuvo el portero:
“Casi
se quedan encerrados hasta mañana -dijo-. Como
con el tema del apagón se suspendieron todos
los demás cursos… ¿Se quedaron a
oscuras?”
Ya
estaba dejando el edificio cuando se me acercó
uno de los gerentes que se había quedado esperando
para hacerme una pregunta en privado: si lo del apagón
había sido planeado por mí como una dinámica
del seminario. Me sorprendió completamente que
me lo dijera, y tuve que confesarle que de alguna manera
sí: mi plan había sido que todo, hasta
lo inesperado, sumara a los objetivos del seminario.
Sus
palabras me hicieron tomar conciencia de que esa noche
habíamos danzado tan armoniosamente con lo imprevisto,
que se había convertido en la mujer más
linda. Esa dama llamada oportunidad.
Tu
Minuto de Coaching
Cuando
las cosas no estén saliendo como las habías
planeado, te propongo que dediques un minuto a preguntarte:
¿Qué oportunidad podría ser esto
para mi propósito original?
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