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Desde
hace un tiempo tengo estas líneas guardadas en
un rinconcito de mi computadora, pues he sentido la
necesidad de escribir, no solamente en pie de denuncia,
sino también sobre temas livianos, de asuntos
que trasciendan la política, los conflictos,
y exalten la calidad de nuestras vidas. Y es que he
llegado a convencerme, a fuerza de experimentarlos o
bien de no tenerlos, que los vínculos de verdadera
intimidad con que entrelazamos nuestras vidas a las
de otras personas son una de las mayores fuentes de
gratificación y satisfacción individuales
y espirituales necesarias para la plenitud existencial.
No
sé a ustedes, pero a mí me llega eso de
la intimidad. Pero hacer llegar el mensaje que deseo
transmitir, exige definir la intimidad como la he aceptado
en mi vida y como hoy se le conoce en otras sociedades.
En la nuestra, intimidad evoca situaciones que involucran
sexo. No así en otras culturas, donde en dicho
término puede incluirse el compartir de la sexualidad
pero no atribuírsele exclusividad de la expresión
de ella.
La
verdadera intimidad no exige un encuentro puramente
sexual. Entraña, eso sí, un mirarse a
los ojos y hablarse suave y significativamente con ellos.
Es percibir, sin necesidad de contacto físico,
pero sin excluirlo, un fuerte abrazo, una sonrisa apenas
esbozada, pero plena, que nos permite saber que estamos
en presencia de un amigo entrañable, de una amiga-hermana
como no hay dos en el mundo. Es una comunicación
profunda, auténtica, que legítimamente
refleja la verdad de nuestro ser.
Porque
la intimidad, la verdadera intimidad, es mucho, mucho
más que el placer de la piel, y por lo general
ni siquiera eso. Lo puede incluir, pero no lo exige
como un derecho contenido en la palabra, sino que lo
permite, lo estimula, cuando dos almas se hablan a fondo
en absoluto silencio, cuando las palabras encuentran
su blanco en un corazón que las acoge humildemente,
sin que la fortaleza de la personalidad frente a nuestros
ojos amenace sus latidos, y sin dejar de pulsar en la
entrega.
Tantas
veces nos alejamos del espíritu, de ése
que habla sin voces. Afanosamente buscamos el placer,
enamorarnos, vibrar de pasión. Y olvidamos lo
otro, lo tierno, lo suave, la caricia que, al igual
que el viento, roza íntimamente nuestra piel,
el abrazo de una tierra que nos aferra a ella, a pesar
de nuestra férrea intención de destruirla,
el invisible cordón vital que nos une al otro,
a la otra.
Perdemos
la vida en esa búsqueda trivial del amor como
lo hemos aprendido –con ausencias, tantas veces
con maltratos e indiferencia, con la arrogancia de quien
se sabe amado y hace del amor su cuna de laureles, para
ahí dormir sin dar a quien le da.
La
intimidad es dar porque hay tanto que dar, y recibir
la verdad del otro, de la otra, como un hecho, y punto,
sin sentir amenaza por su fuerza ni bochorno por sus
debilidades. Dar y recibir sin pelea, con entrega, sin
luchas de poder que midan mi fuerza y la suya, que determinen
cuán fuerte es mi escudo y decidan quién
portará en la mano la espada de la victoria.
Dejar
el alma al desnudo frente al otro, la otra; permitir
que fluyan tanto nuestros mejores aspectos como las
caras feas de nuestro ser, y así crear, a base
de encuentros vitales, la confianza necesaria que nos
asegure, en los huesos y en el alma, la continuidad
de la presencia de esa otra persona –eso es intimidad.
Estar
ahí, presentes, a pesar de las caras feas y exaltando
el crecimiento de nuestros mejores puntos, y dar así
a la otra persona la seguridad de nuestro compromiso
a la amistad, a la relación, al bienestar común
–eso es intimidad.
Me
llega eso de la intimidad, eso de confiar visceralmente
en alguien para permitirle acurrucar mi alma con cánticos
universales; enraizar mi cabello en sus pestañas,
en su pecho, para cerciorarme de que sus ojos me ven
y su corazón reconoce mi presencia. Me llega
eso de una sutil mirada que bendiga mi día, que
me llueva encima como las primeras gotas del invierno
y pinte en mi alma secretos vivos con los suaves tonos
de la naciente primavera.
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