Desde
hace ya bastantes años es familiar, no sólo
para los psicólogos, el término “retroalimentación”.
Lo interesante consiste en que puede ser utilizada como
una herramienta para el refuerzo de conductas “positivas”,
y no sólo como un factor de reorganización
dentro de un esquema sistémico, ya que su utilización
para corregir va a depender de la actitud con la cual
la formulemos.
Desafortunadamente
ha sido utilizada por muchos administradores como un
elemento de juicio peyorativo, donde quien lo formula
hace que pierda su sentido primordial, que es la crítica
constructiva.
Esta
consiste en señalarle a quien supervisamos que
si bien su conducta no es la que esperamos, no todo
lo que ha hecho está mal, sino explicarle con
empatía que esperamos algo más de él
o de ella, y dedicarle el tiempo suficiente para señalarle
los aspectos positivos de lo que ha realizado. También
aquello que realmente sabemos que puede proporcionarle
a la actividad, sujeta a previsión, dadas las
cualidades que tiene para ejecutarla con calidad.
Es
así como nos encontramos con personas que en
vez de enseñar lo que queremos que hagan, exigen
y ridiculizan a la persona –a veces sin querer–,
produciendo en ella el efecto totalmente contrario al
objetivo que debe proporcionar la retroalimentación.
Por tal razón tenemos que reconocer que el retroalimentar
consiste simplemente en el arte de enseñar.
Aquí
surge la pregunta ¿Estamos educados para enseñar?
Honestamente la respuesta es un no rotundo, ya que estamos
subordinados a un sistema educativo poco o nada integral.
Es decir: un psicólogo debería saber de
este arte y un educador, administrador, ingeniero industrial,
o de cualquier otra profesión que tenga que ver
con el talento humano, tendría que saber de relaciones
y manejo del ser humano.
Esto
no es tan difícil como podría parecer:
simplemente necesitamos colocarnos en la posición
del observado y sentir lo que sentiría esa persona
en el caso de que se nos ridiculizara, o en el mejor
de los casos que no se nos reconociera el esfuerzo hecho
por lo realizado.
Todos
necesitamos de la aprobación y/o reconocimiento
por el esfuerzo realizado, y si no lo hacen o no se
nos da, nos sentimos defraudados, extinguiendo la conducta
de dar lo mejor de nosotros mismos, y por tanto extirpando
el beneficio que nos brinda la herramienta de la retroalimentación.
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