OPINION
EXPERTA
Alto
rendimiento en el desempeño organizacional
Por Guillermo Rodríguez
Al
formular este artículo afirmamos que es posible
trasladar el concepto de “alto rendimiento”,
que generalmente proviene del campo deportivo, a la
práctica laboral. Para facilitar esta apropiación
se requiere contestar la pregunta ¿qué
significado le atribuimos al “alto rendimiento”?
Algunos
de nosotros podríamos relacionar el alto rendimiento
con ideas tales como:
-
Trabajar más y mejor.
- Ser
muy eficiente.
- Obtener
mayor resultado comparándonos con otro.
Dichas
ideas provienen de las prácticas que observamos
en los entrenamientos de personas o equipos que desarrollan
actividades deportivas o culturales (aquí ya
surge una extensión del concepto) de alta competencia.
Ejemplos de ello son: los tenistas, remeros, bailarines
clásicos, nadadores, trapecistas, equipos de
fútbol, rugby, básquet, etcétera.
Todos
ellos se inscriben en el paradigma que propone “jugar
el juego cada día mejor”. Se requieren
competencias técnicas y habilidades. Algunas
son naturales, producto de dones y talentos recibidos,
con los cuales podremos acceder a ciertas metas u objetivos.
Así se segmentan diferentes categorías
de competición para cada actividad. En el fútbol,
por ejemplo, las categorías se nombran con las
letras A, B, C o D. Con esta observación, apreciamos
que es posible obtener el campeonato de la categoría
“C” con un desempeño de alto rendimiento.
Sin embargo, este alto rendimiento de la categoría
“C” no alcanza para ser competitivo en la
categoría “A”.
Otra
comparación que nos parece válida es el
caso de los deportes amateur que se profesionalizan.
El rugby es un caso paradigmático. ¿Puede
un equipo de rugby amateur alcanzar el Alto Rendimiento?
¿Es el Alto Rendimiento sólo una característica
de los llamados “profesionales”?
Nuestra
opinión es que un equipo amateur puede alcanzar
el Alto Rendimiento, y que éste no es patrimonio
de los equipos o las actividades profesionales.
De
esta manera, postulamos que “alto rendimiento”
es un concepto válido para desarrollar en todas
las personas. Incluso si nuestra opinión caminara
en un sentido diferente al enunciado –y lejos
estamos de ello– podríamos caer en la exclusión
de personas con “capacidades diferentes”.
Más
importante que el desarrollo al máximo potencial
de las competencias técnicas o de competencias,
algunas naturales y otras adquiridas (aprendizaje en
la vida o en las universidades), es el desarrollo de
las competencias genéricas.
Estas
últimas corresponden al área menos mensurable
de las personas, son las actitudinales, también
conocidas como vitales y mentales. Refieren a los hábitos
de acción y pensamiento. Algunos los denominan
“mentalidad ganadora”, “buena onda”,
“espíritu de lucha”, etcétera.
Estas
dimensiones humanas pueden elevar el rendimiento si
dichos hábitos son buenos, es decir, conducentes
con el propósito. Cuando se practican de manera
sostenida o perseverante, conducen a la práctica
de virtudes o, de lo contrario, pueden deformar el rendimiento
si dichos hábitos son malos, es decir no conducentes
con el propósito, convirtiéndose de esta
forma en vicios. Quien o quienes deciden robar un banco
pueden hacerlo con competencias técnicas (conocimientos),
metas y objetivos bien claros; asimismo contar con actitud
vital y mental (hábitos de acción y de
pensamiento) que les permita llevar adelante la acción
incluso con éxito. Sin embargo no estarían
utilizando el concepto de “alto rendimiento”
con el cual nos identificamos.
Se
hace necesario convocar a la Conciencia.
Cuando
comenzamos a observar las consecuencias de nuestros
actos, incluso de nuestros pensamientos, aparece el
sentido –órgano de la Conciencia–
que nos conduce más allá de lo que está
bien, nos apropia de lo que es correcto. Aquello que
corresponde.
Todos
los seres humanos actuamos motivados por valores, nos
mueve lo que valoramos, incluso sin distinguir si los
valores contienen aprobación o rechazo moral.
Al mismo tiempo existen actos que fundamentamos de manera
ineludible cuando los apoyamos en principios universalmente
aceptados, principios atemporales. Los principios a
los que nos referimos son los que podríamos llamar
“valores de la Conciencia”. Son los que
promueven el bien común, la libertad, el respeto,
la justicia, la integridad, la contribución,
la honestidad, el servicio.
Percibimos
de manera más clara cuáles son estos principios
al vincularlos con lo que nos gusta que los demás
practiquen con nosotros, con la forma en que deseamos
ser tratados por otros.
Cuando
la Conciencia aparece, se enciende el faro, aparece
la luz que guía nuestros actos, y es así
que nos acercamos al “alto rendimiento”.
Este es el Alto Rendimiento que buscamos aplicar en
el desarrollo organizacional para optimizar los resultados.
Resumimos lo expuesto en el siguiente cuadro:

Como
se desprende del cuadro, entendemos los “resultados”
como el conjunto integrado por las tareas que implementamos,
la calidad de las relaciones que construimos y el desarrollo
del sí mismo. Esta mirada supera el enfoque individual,
busca proyectarse en el conjunto o sistema organizacional
y convertirse en cultura.
Con
este paradigma, los resultados pueden denominarse “abarcativos”,
y como tales, “impulsores y receptores”.
Al considerar la tarea de manera tridimensional (tarea
individual, tareas de coordinación y tareas de
reflexión y aprendizaje) ampliamos la zona tangible
o “hard” de la función empresaria
(metas, objetivos, acciones) para complementarla con
la zona intangible o “soft”, que busca desarrollar
las competencias genéricas de la persona y la
organización (hábitos de pensamiento y
acción).
La
resultante de este nueva cosmovisión es la observación
consciente que proviene del estado de integración
de la Conciencia individual y organizacional.
Esta
aplicación resulta más atractiva cuando
podemos aplicar la fórmula del mayor receptáculo
de riqueza empresaria, el Capital Humano (CH).
Dicha
fórmula se expresa:
CH
= (Competencias + Compromiso) x Conciencia.
Al
realizar un análisis de los factores intervinientes,
podemos observar el impacto que sobreviene cuando el
factor Conciencia disminuye o tiende a cero. El resultante
se ve fuertemente afectado.
Por
el contrario, si el estado consciente de la persona
física y jurídica se eleva, actúa
como Multiplicador de Valor aunque las competencias
y el compromiso se mantengan constantes. Cabe, entonces,
preguntarse: ¿cómo intervenir para maximizar
los resultados? ¿Lo hacemos sobre las competencias
técnicas y sobre las genéricas buscando
entrenamiento intelectual, más formación
y actualización? ¿Desarrollamos habilidades
genéricas que eleven el compromiso vital y actitudinal?
Para
avanzar en la respuesta a estos interrogantes, que de
ninguna manera son excluyentes, veamos los componentes
de la fórmula una vez más: todas las competencias
(técnicas o genéricas) están directamente
relacionadas con las habilidades y el conocimiento.
Estas capacidades se co-relacionan con las Inteligencias
Física y Mental de las personas, respectivamente.
El
compromiso es un derivado de la convicción, y
ésta se encuentra relacionada con la Inteligencia
Emocional. Por último, la Conciencia se deriva
de la motivación trascendente y está íntimamente
ligada a la Inteligencia Espiritual.
Cuando
estas cuatro capacidades (física, mental, emocional
y espiritual) se hacen presentes, nos encontramos en
el paradigma de la persona completa (ver fig. 1.1 abajo,
al lado derecho). De lo contrario, cuando alguna de
ellas no se moviliza (por omisión, desconocimiento
o indiferencia), caemos sin saberlo en el paradigma
de la persona incompleta (ver fig. 1.1, lado izquierdo).
En
ambos cuadros se detallan las principales características
de estas posiciones. Uno u otro camino se convierte
en cultura personal y organizacional. Analicemos este
devenir de manera ascendente en el diagrama.
En
relación con el paradigma que percibimos en el
medio ambiente, se asientan nuestros Modelos Mentales
(lenguaje, cultura de contexto, historia personal y
biología), inmediatamente los valores que sostenemos.
Estos, como hemos señalado más arriba
se encuentran directamente relacionados con la manera
en que percibimos e interpretamos el mundo. La resultante
de las interpretaciones genera en todos nosotros, e
insisto, en el nivel organizacional, respuestas emocionales
que se traducen en comunicaciones. Con estos criterios
surgen a diario las respuestas condicionadas a los paradigmas
que sostenemos, y con ellos alcanzamos los logros.
La
calidad de dichos logros, en ocasiones denominado éxito
o fracaso, estará directamente ligado al proceso,
y éste al paradigma desde el cual se opera.
Jugar
el mismo juego cada día mejor, o más de
lo mismo pero mejor, es un camino. Aprender a jugar
nuevos juegos representa un abandono de la zona de confort
que requiere paradigmas diferentes. Cabe, entonces,
preguntarse: ¿cómo se hace? ¿Son
nuevas competencias? La respuesta es “no”.
Se
trata de “despertar”. ¿A qué?
Al uso de todas las capacidades humanas, y en particular
la Conciencia, la quietud, la única verdadera
inteligencia, la fuente desde donde lo inmanifiesto
se hace manifiesto.
Es
fácil observar cómo las organizaciones
luchan a través de sus gerentes de Recursos Humanos
por acelerar los beneficios mediante la vía de
consolidar el “paquete competitivo”, formado
por la hélice “Competencias + Compromiso”.
Le llamamos a ello “agregar valor”. Son,
como ya hemos mencionado, tres inteligencias en desarrollo:
la física (habilidad), la mental (conocimiento)
y la emocional (compromiso). El uso o destreza en la
aplicación de estas tres dimensiones define un
hábito eficiente: hacer las cosas bien. Significa
lograr hacer las cosas bien aunque aún sin mirar
las consecuencias de dichos actos.
Es
alcanzar el éxito sin medir el costo.
Vale
la pena aclarar que no se trata de una mirada con tinte
sólo moral; se busca detectar si por este nuevo
camino la capacidad de generar otros resultados se incrementa,
o si por el contrario se continúa apegado a la
“deriva de los resultados”. La deriva es
una práctica que consiste en mirar el pasado
y buscar predecir el futuro. Nuestra propuesta pretende
abandonar el estímulo de predecir el futuro,
reemplazándolo por el entusiasmo de crear futuro.
Sólo
cuando adicionamos Conciencia o desplegamos Inteligencia
Espiritual es cuando alcanzamos un hábito efectivo.
Alcanzar
efectividad significa alcanzar el éxito que está
más allá del éxito.

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