La
mayoría de los políticos invierte en asesores
de imagen para cimentar sus carreras. Pero el tema clave
es cómo gestionar imágenes sólidas
y creíbles.
Desde
hace ya varios años se habla de imagen, de creadores
de imagen y sobre todo de la imagen de figuras políticas,
dirigentes de sectores empresariales, sindicales, entre
otros. En muchos casos se habla de todo esto sin tener
una idea clara de lo que en verdad significa el término.
La
imagen de una figura pública, de una institución
u organización es “la representación
mental que los diferentes públicos tienen de
esa persona, institución u organización”.
Esto significa que nadie puede “crear imagen”,
en el mejor de los casos se la gestiona. Y esta diferencia
aparentemente sutil, es una diferencia ideológica:
nadie maneja la mente de las personas, en todo caso
se busca influir sobre ellas.
Un error común
En
una entrevista a una ex funcionaria pública,
aparecida en un diario de circulación nacional,
esta dijo: “Yo quería construir mi imagen
con la gente, pero me vinculaban con el Presidente,
eso me mató”.
El
error más grave en el que se puede incurrir es
creer que la imagen se construye a través de
discursos, del tipo de ropa que se usa o del peluquero
que se frecuenta. Si bien estos detalles hacen al aspecto
de una persona, no dejan de ser detalles.
Hoy
en día las personas pueden decir –y de
hecho lo hacen– lo que quieran, pero si sus palabras
no se apoyan en hechos o acciones concretas que las
respalden, la falta de coherencia se denuncia en el
acto y a viva voz. La sociedad argentina está
cansada de discursos, quiere y demanda gestos y acciones
que sostengan las palabras pronunciadas en todos los
ámbitos, tanto públicos como privados,
y este es, sin duda, un síntoma de madurez. Porque
en realidad lo que “mató” a esta
ex funcionaria fue justamente esta falta de coherencia
que ya no resulta tolerable.
También comunica lo que no se dice
Otro
aspecto importante a considerar es que cuando se habla
de imagen, es tan importante lo que una persona, organización
o institución dice y hace, como lo que no dice
ni hace. Porque el silencio comunica tanto o más
que mil palabras o acciones. Uno de los reproches que
se escuchaban en la calle cuando el ex Presidente Fernando
de la Rúa dictó el estado de sitio fue:
¿y donde están ahora los diputados progresistas?,
¿cómo pueden tolerar esto sin pronunciarse?
En ese silencio, muchos representantes votados por el
pueblo perdieron una porción grande de su capital
reputacional. Y lo cierto es que es más fácil
perderlo que cimentarlo.
La hora de la verdad
Independientemente
del mundo de la política donde esto es clave,
hoy más que nunca, las personas requieren que
toda figura pública, empresa u organización
establezca qué fines persigue y que sea capaz
de sostener con hechos lo que promueve con palabras.
Gracias a la masividad de la comunicación, la
falta de coherencia entre ambas queda al desnudo muy
rápidamente y el castigo público sobreviene
cuando se hacer notoria esta falta.
En
sociedades donde el ciudadano es realmente consciente
del poder que ejerce a través de la expresión
de su opinión, el mundo de la política,
de las empresas y de las instituciones, está
muy atento a cualquier manifestación en su contra.
Todos estos actores saben que la imagen es una de las
razones más poderosas por las que un político
es elegido, un producto o servicio es preferido. Entonces
para generar una imagen positiva, primero la coherencia.
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