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Hoy
en día el profesional desempleado no sólo
debe sortear las exigencias comentadas anteriormente,
como la barrera virtual de la edad ideal, los títulos
universitarios, la amplia experiencia, la buena recomendación
de su actuación y, entre otras cosas, el factor
subjetividad que está presente en todo momento.
Adicionalmente a ello debe enfrentarse a uno de los
elementos más paradójicos de la contratación:
la compensación.
Las
organizaciones serias tratan de mantener un nivel de
competitividad adecuado en lo que a salarios se refiere,
buscando un equilibrio que se ajuste al sector productivo
donde se encuentra, y eso da cierto status a determinadas
posiciones clave dentro de las mismas. Pero no todas
obran así. Vivimos en una sociedad donde la oferta
es superior a la demanda, lo que permite jugar el juego
del "costo de oportunidad".
¿Dónde
está la paradoja? Tal vez no es tan sencilla
de ver. Cada día el nivel de exigencia profesionales
en las empresas es mayor, por lo que ya no es suficiente
haber alcanzado un título, o varios de ellos.
En el proceso de selección el nombre de la universidad
cuenta, y mientras más prestigiosa sea la institución,
al parecer, más probabilidades de ser considerado
posee el aspirante. Pero para ostentar títulos
de buenas universidades hay que poseer también
buenos ingresos, los costos de los semestres superan
considerablemente el salario del trabajador y es realmente
un sacrificio poder asumirlos. No obstante, en una sociedad
tan competitiva, no sacrificarse significa quedar fuera
del juego.
No
todos los ciudadanos tienen acceso a planes de becas
o subsidios, por lo que dependen de sus ingresos para
costear sus estudios, lo cual, visto como una competencia,
bien merece un sitial importante al momento de observar
la orientación al logro. Sin embargo, una vez
que se pasa a engrosar las filas de los desempleados,
el esfuerzo académico es un elemento más
a considerar y los planes futuros son indagados para
procurar captar la visión a largo plazo del candidato.
El
punto es que el individuo cumple con los requisitos,
posee las competencias, la experiencia, la capacidad,
pero sus aspiraciones salariales están por encima
de lo que la empresa está dispuesta a pagar...
¡Por favor! Se desea que el candidato posea estudios
en las mejores universidades, cuente con importantes
cursos en buenas instituciones, a veces que domine idiomas,
sistemas, equipos y técnicas especializadas,
pero que al momento de expresar sus expectativas salariales
esperamos oír frases como "por menos de
lo que usted piensa". He ahí la paradoja:
queremos lo mejor a precios de oferta.
Lo
más triste de todo es que con tanta oferta y
tan poca demanda, el profesional desempleado se enfrenta
a otro sacrificio, más difícil aún
que los anteriores, que no es otra cosa que ofrecer
su experiencia y conocimientos a cambio de un salario
que está por debajo de sus expectativas, pero
por condiciones, es mejor que nada. Simplemente es cuestión
de resignación.
Ahora
bien, ¿cómo esperan las organizaciones
poseer buenos talentos si el premio al esfuerzo es un
salario que no se ajusta a la realidad? ¿Cómo
puede sentirse motivado un profesional a seguir acumulando
conocimientos y grados académicos, si observa
cómo pasan desapercibidos? ¿Es que acaso
se trata tan sólo de coleccionar profesionales
y jactarse del nivel de sus empleados, haciendo a un
lado la realidad económica?
Por
años he escuchado la expresión "tanto
tienes, tanto vales", la cual se ajusta perfectamente
a una sociedad de clases diferenciadas por el poder
adquisitivo, tal y como funciona el capitalismo. Pero
en el campo laboral, ahora que contamos con las competencias,
medidas a través de sistemas y patrones muy bien
diseñados, creo que el dicho debe ser otro, algo
así como "tanto sabes, tanto vales",
pues la búsqueda, el desarrollo y la transferencia
del conocimiento deben ser premiadas de alguna manera,
y qué mejor forma que dándole el valor
que cada una merece.
Quizás
uno de los elementos que hacen que la línea mortal
del profesional sea cada vez más delgada, es
que estamos en presencia de la búsqueda no sólo
de personas capacitadas, experimentadas, jóvenes
y bien recomendadas, sino que además deben estar
dispuestas a ofrecer sus servicios a un precio competitivo,
de manera inversa a las subastas, pues quien posea las
características exigidas y esté dispuesto
a trabajar por lo mínimo, se transforma en un
excelente candidato. La pregunta ahora es ¿en
beneficio de quién?
Si
bien es cierto que emplearse representa, más
que un lujo, una imperante necesidad, en este mercado
comprimido y con una economía poco productiva,
perder una oferta porque sólo alcanza el 70 por
ciento de las expectativas salariales, no es una opción.
Pero he ahí otra paradoja.
Una
vez empleado, el profesional no puede permanecer pasivo,
sabe perfectamente que un sólo título
no basta, la exigencia en el mercado aumenta, y si debe
volver a experimentar el desempleo, por cualquier razón,
habrá de demostrar su interés por mantenerse
actualizado, pero su salario no cubre todas sus expectativas.
A menos que se trate de un solitario, realizar una especialización
o maestría requerirá de numerosos sacrificios
adicionales. Además, internamente, el crecimiento
académico cuenta a la hora de realizar ascensos
o reconocimientos, claro, en un escenario optimista
donde se premie el mérito.
Las
organizaciones parecen convencidas de que en la medida
en que se posean profesionales cada vez más preparados,
éstos imprimirán mejores resultados al
negocio, lo que a su vez se traducirá en ganancias
para la empresa. Lo que no parecen advertir es que al
momento de prepararse la remuneración juega un
papel muy importante, a menos que la compañía
esté en capacidad de asumir el costo, pues de
lo contrario, la distancia entre seguir creciendo profesionalmente
y estancarse se hace cada vez más estrecha. Es
sencillo: hay que exigir lo que se puede pagar.
Como
profesional, siempre he pensado que el salario es algo
delicado, que debe ser tratado con mucho tacto y un
alto sentido de lo que es la valoración adecuada.
Por lo que me he atrevido a proponer:
Debido
al riesgo que representa la contratación de un
candidato (pues a la hora de la verdad, hasta que no
se obtienen los primeros resultados es difícil
saber si se ha acertado o no en la selección),
al momento de plantear el sueldo éste debe encontrarse
en un punto medio de tolerancia para ambas partes, por
lo menos los primeros tres meses, antes de concretarse
la estabilidad laboral que exige la legislación
vigente (en algunos países). Una vez establecido
el nivel de beneficios entre las partes, es donde en
realidad debería existir la negociación
salarial, pues la empresa ha experimentado la práctica
profesional y el empleado ha tenido la oportunidad de
explorar las ventajas de la organización.
Si
la empresa no está en capacidad de pagar lo que
el aspirante propone, debe revisar el nivel de exigencias
y los criterios de selección, pues se estaría
esperando más de lo que se puede dar y la relación
debe ser siempre ganar-ganar.
Por
otro lado, el salario en sí no es el único
factor. Si la ausencia de un buen monto anual es compensada
con un paquete atractivo, en el que queden cubiertas
las necesidades básicas y de crecimiento, la
empresa puede mantener su nivel de exigencia. Las compensaciones
alternativas atraen talento, pero hay que evitar abusar
de ellas, pues al final la capacidad adquisitiva se
impone.
Así
como la empresa evalúa al candidato, éste
está constantemente evaluando a la empresa, por
lo que alternar una buena compensación y/o atractivos
beneficios, con posibilidades de desarrollo, retos constantes
y reales, así como reconocimientos basados en
el desempeño, pueden contribuir a mantener una
relación beneficiosa de empleador-empleado.
Por
último, es poco profesional pensar que se puede
aprovechar la situación de crisis y abundante
oferta para ofrecer una compensación escasa.
Tal vez en la compra de objetos regatear es factible,
pero cuando se trata de talento hay que recordar que
quien puede estar ante un costo de oportunidad es la
empresa y no el candidato.
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