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Una
de las cosas que más me agradan del momento histórico
que vive en la actualidad recursos humanos, y el ambiente
laboral, es que cada día estamos más convencidos
de que los paradigmas que fueron útiles en el
pasado, de nada nos han de servir en el presente y mucho
menos en el futuro. Eso me entusiasma, principalmente
porque está en boca de todos aquellos que nos
consideramos profesionales de la “nueva era”
y podemos leerlo en casi todas las publicaciones que
se dedican a orientarnos hacia las nuevas tendencias.
Sin
embargo, hay cosas que no termino de entender, y menos
ahora que la palabra “competencias” está
de moda. Una de esas cosas incomprensibles para mí,
radica en la angosta frontera que nos estamos construyendo
y que en especial nosotros, responsables de gerenciar
el recurso humano, estamos complacientemente dejándola
fortalecer día tras día. Me refiero a
la barrera que hemos edificado alrededor de la selección
del personal.
Basta
simplemente con echar un vistazo a los anuncios de selección
de personal, para observar varios factores determinantes
que conforman lo que he denominado la delgada línea
mortal del profesional. Apenas vemos una publicación,
de inmediato salta a nuestros ojos el perfil que demanda
profesionales no mayores a treinta y cinco años,
aunque en algunos casos puede observarse con cinco años
de diferencia, ya sea por exceso o por defecto. Mi pregunta
es: ¿quién decretó que el recurso
humano es obsoleto después de cierta edad?; ¿quién
dijo que las personas que tienen más de treinta
no pueden agregar valor a las organizaciones?; ¿quién
determinó que una edad era mejor que otra?; ¿quién
puede estar de acuerdo con limitar su propio futuro?
Aunque
en lo personal estoy lejos de la delgada línea
mortal del profesional, sé que algún día
llegaré ahí, y más aún,
estoy completamente seguro de que todos llegaremos;
por eso me cuesta trabajo entender cómo individuos
tan profesionalmente preparados se empeñan en
continuar abonando el camino para limitar el ingreso
de las personas a una organización tan sólo
por su edad.
Con
respecto al primer punto, permítanse hacer unos
cuantos cálculos. Un individuo promedio, en un
escenario ideal, comienza la escuela a los seis años.
Supongamos que a esa edad está en el primero
de los nueve grados que posee la escuela básica,
los cuales completará a los catorce años;
luego de ello se le suman los años del ciclo
diversificado, por lo que al terminar el bachillerato
(que en la actualidad es lo mismo que no poseer título
alguno) contará con unos dieciséis años;
si a eso le sumamos cinco años de una carrera
universitaria, tenemos a un flamante profesional de
veintiún años en el mercado laboral, el
cual poseerá a lo sumo de dos a tres años
de experiencia en cargos básicos u operativos.
Como el mercado es exigente y ser licenciado o ingeniero
no es suficiente, sumemos dos años más
de un post-grado, por lo que a los veinticinco años,
tomando en cuenta plazos de espera, contamos con un
profesional académico completo.
Muy
bien, lo anterior significa que tardó diecinueve
años en alcanzar un título académico
lo suficientemente importante para destacarse en el
mercado laboral, pero que sólo le servirá
por ¡diez años!, ya que si no posee un
empleo estable que le permita alcanzar la delgada línea
mortal del profesional bajo techo, terminará
siendo descartado por sus propios compañeros
generacionales, quienes estarán en búsqueda
de jóvenes profesionales.
Pero
eso no es todo: además de la edad como barrera
al momento de publicar una solicitud, es recurrente
observar, manteniendo los mismos parámetros de
entre veinte y treinta y cinco años de edad,
que se exija poseer una experiencia de entre cinco y
diez años en un cargo en particular. ¡Por
Dios! Basándonos en el ejemplo anterior, muy
optimista por cierto, resulta poco probable para muchos
profesionales poseer tantos años de experiencia
en un cargo (de significativa importancia), tantos niveles
académicos y tan poca edad al mismo tiempo, pues
en la mayoría de los casos no se practica lo
que se estudia... y ahí es donde cabe preguntar
¿dónde quedan las nuevas tendencias y
las competencias?
Pareciéramos
olvidar los grandes aportes que distintas personalidades
han ofrecido al mundo, a lo largo de la historia, después
de los treinta. Aparentamos olvidar que las verdaderas
limitaciones son autoimpuestas, y que el ser humano
es infinitamente creativo. Obviamos que la experiencia
resulta del éxito y del fracaso, y nos obsesionamos
por captar sólo aquello que nos parece nuevo.
Creemos que garantizamos el éxito porque contratamos
a alguien con experiencia, y olvidamos lo dicho por
Joel Barker: “los éxitos pasados no garantizan
éxitos futuros”.
En
realidad, nuestra responsabilidad es captar el mejor
personal que sea posible, siempre en beneficio de la
empresa. Eso es parte del trabajo, pero ¿quién
nos dice que ese capital humano exitoso, creativo, valioso
y responsable, está entre los parámetros
de veinte y treinta y cinco años? Creo que no
hay nada en el mundo que sea capaz de cercenar la capacidad
profesional de un individuo basándose en su edad,
carencia de títulos académicos o acreditada
experiencia, en este mundo cambiante y globalizado.
Además
de todo lo anterior, hay otro punto más que me
resulta particularmente interesante, y se trata de la
verificación de referencias. Pues bien, no basta
limitar al candidato a tener cierta edad, que posea
determinados estudios, que posea un número específico
de años de experiencia, sino que además
de todo hay que conocer lo que los demás piensan
de él para poder completar el círculo
y finalmente ofrecerle el puesto. Para nadie son un
secreto las diferencias que constantemente se dan entre
empleados, supervisores y jefes. En muchos de los casos
la falta de ese feeling en el ambiente laboral crea
roces imposibles de administrar por más que se
intente, y ello conlleva a que la soga se rompa en alguno
de estos dos lados: o el supervisor termina por hacerle
la vida imposible al supervisado hasta que éste
renuncia, o simplemente se vale de la más simple
de las excusas para dar por terminada la relación
de trabajo. A veces intervienen terceras personas, aquellas
que por algún motivo se sienten amenazadas y
terminan presionando para la salida del individuo.
Cuando
se está sentado del otro lado del escritorio
se ignoran las circunstancias que se combinaron para
la salida del trabajador, y mecánicamente solicitamos
referencias desconociendo si las personas que nos responden
son lo suficientemente profesionales como para dejar
a un lado los motivos personales que originaron la ruptura,
y si pueden ser objetivas al describir el desempeño
del candidato. Nada nos puede garantizar que así
sea. Además, ¿dónde queda el mérito
individual? ¿Es que acaso el profesional debe
ser medido por lo que parece que es o por los resultados
que obtiene? Hay una frase en inglés que reza:
“el amor es lo que el amor hace”; lo cual
puede ser traducido al campo laboral de la siguiente
forma: “el profesional es lo que el profesional
hace”, no lo que de manera individual y personal
nos parece que es.
Así
que el profesional de hoy día se ve amenazado
por los cuatro factores que en parte conforman la delgada
línea mortal del profesional: el límite
de la edad, el nivel académico, la experiencia
y lo que los demás piensan de él, para
poder conseguir un buen empleo. He aquí lo que
personal y profesionalmente pienso de ello:
–
La edad no es una limitación mientras nuestro
comportamiento, energía, creatividad y dinamismo
se muestren activos y joviales. Evidentemente una persona
que se sienta vieja a los treinta y cinco no cumple
con estos requisitos.
–
Los grados académicos son importantes, demuestran
la decisión de mantenerse en constante crecimiento.
Pero no son excluyentes. Según aprendí
del Dr. George T. Milkovich, de la Universidad de Cornell:
“lo importante es que se posea el conocimiento
y cómo lo ponga en practica, no cómo lo
obtuvo”.
–
Mi padre siempre me ha dicho: “la experiencia
laboral es algo que no sirve para nada, pues cuando
más se necesita no se tiene, y cuando se tiene
nadie la necesita”. Pienso que si no se da la
oportunidad a las personas de acumular experiencia,
evidentemente será muy poco probable que la tengan.
Nadie nace aprendido, y estoy seguro de que todos los
que somos profesionales nos preocupamos por aprender
lo más rápido posible y así cumplir
con nuestras responsabilidades a cabalidad.
–
La opinión de los terceros no debe ser considerada
al momento de seleccionar al personal, salvo que se
trate de confiar la vida. Nadie garantiza la objetividad
de la información y, en el caso de ser cierta
y el empleado tuvo un mal desempeño... ¿significa
eso que cargará con esa cruz de por vida y que
habrá de pagar por su error para siempre?; ¿quiénes
somos nosotros para juzgar si esa persona aprendió
o no la lección?; ¿significa ello que
aun cuando esté calificado y cumpla todos los
requisitos exigidos, la opinión de un extraño
será determinante? Responder positivamente a
ello, no me parece para nada profesional.
Por
lo tanto, se trata de detenernos un momento y pensar.
Debemos darnos cuenta de que las limitaciones que hoy
plasmamos en una solicitud de empleo serán las
mismas que mañana nos impedirán alcanzar
alguno. Entender que de nada sirve estar a la par de
las nuevas tendencias si al momento de ejercer nuestros
cargos y seleccionar al personal, nos basamos en criterios
sin fundamento que excluyen a personas que incluso lo
podrían estar haciendo mejor que nosotros mismos.
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