Mucho
se ha dicho y escrito sobre el tema del trabajo. Prueba
de ello son los innumerables libros, ensayos, artículos,
tesis y trabajos de investigación. Los organismos
encargados de la reglamentación y la legislación
en materia laboral, llámense secretarías
o departamentos, muestran su preocupación por
actualizar los principios que rigen el trabajo.
Pero
hasta aquí todo ha quedado en la letra, y en
muchos países la práctica real del trabajo
ha sobrepasado la legislación escrita, convirtiéndola
en “letra muerta”. Los hechos nos demuestran
que seguimos considerando el trabajo como una “actividad
meramente económica”, esto es, la prestación
de un servicio a cambio de un salario.
¿Dónde
queda la consideración del trabajo como una actividad
social? ¿Podemos considerar al trabajo como fuente
de autorrealización? A primera vista estas perspectivas
son imprácticas, nulas. Una gran parte de la
fuerza laboral trabaja por la necesidad de percibir
un salario realizando actividades que distan mucho de
satisfacer sus intereses personales o sus deseos de
realización. A veces, hemos tenido que prestar
nuestros servicios en un área muy distinta a
aquélla para la que estudiamos o en la cual queremos
desarrollarnos. No nos ha quedado otro remedio que “padecer”
el trabajo.
Por
otra parte, sí existen personas que han tenido
la fortuna de encontrar un espacio laboral donde cuentan
con la oportunidad de desarrollar su talento y de satisfacer
sus necesidades. Sin embargo, esto es relativo. Después
de un cierto tiempo, vuelve a surgir la necesidad de
encontrar un “mejor empleo”.
En
mi opinión muy personal, he llegado a la conclusión
de que el período productivo de un trabajador
satisfecho en una compañía es de cinco
años, al cabo de los cuales la persona continúa
creciendo hasta alcanzar su nivel de incapacidad, según
el Principio de Peter, llegando a un nivel de conformidad
parasitaria y haciendo solamente lo que sea necesario
para justificar su presencia y seguir cobrando los días
de pago.
Irremediablemente,
parece que todo trabajador está eternamente condenado
a repetir este ciclo de novedad en el trabajo - desarrollo
- satisfacción - desencantamiento - insatisfacción
- búsqueda de mejores oportunidades.
Y
aquí el tema se centra en la naturaleza del trabajo.
Si nos remontamos a los orígenes de la tradición
judeo-cristiana, introyectada en nuestra cultura religiosa,
social y cultural desde la conquista española,
el trabajo es un padecimiento, un castigo impuesto al
hombre por violar una ley divina (cfr. Gén. 3,19).
De
hecho, en muchos países latinoamericanos el trabajo
es considerado como una carga forzosamente impuesta
y un mal necesario. Prueba de ello es el dicho mexicano:
“Cómo será el trabajo, si hasta
pagan por hacerlo”, o la otra versión:
“Si el trabajo no cansara no pagarían por
hacerlo”. Entonces, la conclusión parece
ser: te pago por tu cansancio, por tu esfuerzo físico.
Es
difícil imaginarnos en nuestro mundo civilizado
y progresista un letrero en las puertas de una fábrica
o un aviso en la sección de empleos de un periódico
que dijera: “Se solicitan personas, sexo indistinto,
de 16 a 35 años, capaces de realizar una serie
de actividades consecutivas que demandan esfuerzo físico.
Paga según el cansancio”. ¿Cuántas
personas solicitarían este trabajo? Tal vez esto
suene descabellado, pero ¿no es ésta la
naturaleza del trabajo en la actualidad? ¿No
es una actividad meramente económica?
Visto
desde esta perspectiva, un tanto radical para algunos,
no es de asombrarse que tanto las grandes corporaciones
y los centros de trabajo, como los consultores y asesores
empresariales, busquen afanosamente el modelo ideal
de motivación/manipulación que lleve
a sus trabajadores a lograr las metas concebidas e impuestas
por un corporativo de la organización ubicado
a tal vez cientos o miles de kilómetros de distancia
de su centro laboral.
Me
atrevo a afirmar que el problema esencial del concepto
y la praxis del trabajo no reside en su naturaleza,
sino en la forma en que se encuentra diseñado
y estructurado por los directores, presidentes, gerentes
o propietarios de las fuentes laborales –cualquiera
que sea su tamaño– y por uno que otro consultor
“deshumanista”.
Afortunadamente,
el concepto y la estructura del trabajo ya están
cambiando, no por iniciativa de los ejecutivos responsables
de su dirección, sino porque la forma de administrar
y hacer negocios se está modificando. Las grandes
empresas y corporativos, paradigmas de diseño
organizacional, están propicias a desaparecer
bajo el “efecto dinosaurio”. Los medios
de comunicación informan que algunas de ellas
se encuentran en serios problemas de supervivencia (New
York Times) mientras que otras se han declarado una
guerra sin cuartel (Ford - Firestone).
Sería
muy aventurado decir que las fallas que propiciaron
su estado actual fueron de calidad más que debidas
a la situación crítica de los mercados
financieros, los sistemas de producción masiva,
a las prácticas de competencias desleales y los
efectos de la globalización. Sería mejor
atribuir las causas de fallas organizacionales a todos
esos factores referidos en vez de adjudicárselas
a la calidad en la mano de obra.
Porque
para los problemas de calidad ya existen los ISOs y
otros programas de certificación cuyo logro depende
directamente de los directivos empresariales. Los otros
factores son “externos” e independientes
del control gerencial y, por lo tanto, fuera de su responsabilidad.
Sin
embargo, admitir errores de calidad es aceptar errores
humanos. Y esto, en nuestra sociedad de alta tecnología,
simplemente es inadmisible. Ya que, entre más
grande el error, más responsable es el director
de la compañía. Y quien comete errores
en el ámbito laboral es sacrificado en nombre
de los resultados, la eficiencia y la productividad.
Como
señalé anteriormente, el problema no es
el concepto ni la naturaleza del trabajo, sino la forma
en que está diseñado. Un sistema de trabajo
impuesto se convierte en una carga y una aflicción
para cualquier ser humano. La solución radica
en redefinir su naturaleza y rediseñar su estructura
de acuerdo a las necesidades de desarrollo y las aspiraciones
de las personas encargadas de realizarlo.
Aunque
tal vez lo anterior suene a utopía, las compañías
actuales están siendo forzadas a desarrollar,
experimentar, implementar y mejorar nuevos modelos organizacionales.
No deben descartarse las opciones humanistas.
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