En
oportunidades anteriores me referí a la problemática
del trabajador asalariado en cuanto a las innovaciones tecnológicas
actuales, analizando los orígenes y los caracteres
de este nuevo marco económico, el cual está
provocando tantas y tan profundas mutaciones en el mercado
del trabajo.
El
objetivo del presente artículo es el examen de algunas
derivaciones que trascienden y repercuten en la relación
laboral clásica a raíz de los mencionados cambios.
Sin
duda la tecnología tiene importantes consecuencias
sobre los trabajadores asalariados tradicionales, los cuales
difícilmente se libran de las zozobras de un trabajo
atípico, con lugares alternativos de tareas, con un
mercado de trabajo que tiende a ser flexible, como si fuera
una especie de condición para que el cambio tecnológico
no genere desempleo, todo lo cual les origina una sensación
aguda de inseguridad, en mayor grado por el probable destino
azaroso del trabajo asalariado convencional en el mundo tecnológico
que está sobreviniendo.
Surge
de esa manera la necesidad de analizar la metamorfosis del
trabajo y el empleo, como así también las inéditas
instituciones que requiere la nueva economía global,
además de las respuestas políticas que deben
estudiarse frente a las transformaciones en curso y a sus
consecuencias sobre el trabajo y la sociedad.
Es
conveniente destacar, primeramente, que todos estos cambios
alteran, de una u otra manera, la psicología laboral
contractual, que entiendo son todas las creencias individuales
respecto de los términos y condiciones implícitas
del recíproco intercambio del acuerdo laboral pactado.
No son expectativas, sino convicciones de la existencia de
ciertas promesas sobreentendidas en las obligaciones recíprocas
o, dicho de otra manera, la confianza de que algunas promesas
han sido hechas y ciertas condiciones del contrato han sido
aceptadas por ambas partes. Es un concepto subjetivo.
En
ese sentido, los cambios tecnológicos están
llevando a las relaciones laborales asalariadas hacia una
nueva psicología laboral contractual, diferente a aquella
que acompañó a los contratos de trabajo en la
época de la industria fabril, generándose así
en el trabajador en dependencia los miedos a que hice referencia
más arriba, entre otros motivos, y sólo para
dar un ejemplo, porque ambos, empleador y trabajador asalariado,
no están sobreentendiendo en nuestros días,
al celebrar un contrato de trabajo, la existencia de una ocupación
por largo término y, en cambio, lo que sí sobreentienden
que será permanente es la preparación y capacitación
continua del trabajador, el cual queda convertido de esa manera
en el único responsable del desarrollo de su propia
carrera.
Asimismo,
el impacto de las TIC (Tecnología, Información
y Comunicación) es no sólo en los trabajadores
sino igualmente en los empleadores, que se ven obligados a
abandonar las antiguas organizaciones burocráticas
frente a las nuevas y mayores oportunidades de utilizar los
conocimientos codificados.
Las
TIC facilitan por ese motivo la dispersión geográfica
del trabajo y la provisión continua de funciones de
información y de servicio que, a su vez, permiten realizar
tareas a los trabajadores asalariados fuera de los horarios
normales. Es como si ya no existiesen límites definidos
del lugar de trabajo para el trabajador en dependencia.
Es
que, a diferencia de las innovaciones tecnológicas
del siglo pasado, que favorecieron la integración de
los sistemas de producción y la característica
relación laboral propia de las fábricas, las
innovaciones actuales tienden a un sistema más fragmentado
del trabajo.
Muchas
de las explicaciones del auge de las organizaciones en red,
por ejemplo, se fundan en el hecho de que dichas organizaciones,
a diferencia de las tradicionales estructuras burocráticas,
tienden a ser más pequeñas y ofrecen perspectivas
de carrera laboral más limitada, lo cual obligará
probablemente al trabajador asalariado a pasar de una red
a otra, en lugar de seguir una trayectoria tradicional dentro
de una sola red.
Esta
tendencia hacia organizaciones fragmentadas impregna de repercusiones
a la relación laboral tradicional ya que, de ser una
situación fáctica, donde los hechos y la realidad
eran los que definían en última instancia la
existencia de un trabajador subordinado, más allá
de los contratos que se hayan o no firmado entre las partes,
pasará a ser una situación contractual, esto
es, a contratos de trabajo con condiciones más detalladas,
donde la relación laboral no se basará más
en la confianza en el trabajador sino en el rendimiento del
mismo.
Las
conformaciones jerárquicas de gerencia tradicional
también se van desmantelando, conforme disminuyen las
necesidades de vigilar al trabajador asalariado capacitado,
reduciendo los niveles escalafonados y creando una especie
de líneas de autoridad y poder invisibles, muy diferentes
a la jerárquica escalera interna de las fábricas.
Se trata de un tipo de autoridad difusa, que está estructurada
dentro de esta nueva psicología laboral contractual.
Al
mismo tiempo, las computadoras sustituyen vetustas y lentas
comunicaciones de la legendaria cadena de mando de la época
industrial.
A
ello se suman nuevas estrategias, que surgen casi por necesidad,
como por ejemplo la descentralización de la toma de
decisiones, que es un sistema completamente opuesto a la estructura
vertical integral de la industria fabril del siglo XX.
Todas
estas cuestiones llevan obligatoriamente a una evolución
del concepto arraigado de subordinación laboral, como
mecanismo vinculante entre la organización empresarial
y el trabajador, ya que en nuestros días se ponen en
tela de juicio algunas de las bases en que descansaba esa
idea de dependencia, especialmente porque, a la luz de las
modernas capacitaciones, se concede una gran autonomía
al trabajador, el cual a su vez corresponde cumpliendo los
objetivos que se le asignan, evolucionando de esa manera la
relación laboral a una especie de intercambio, donde
el trabajador se compromete a realizar unas tareas dadas o
alcanzar un objetivo determinado. Es interesante destacar
en este punto cómo el término tareas está
reemplazando a la tradicional palabra trabajo.
Por
otro lado, a través del uso de la tecnología
computarizada, las empresas incluso están poniendo
en práctica lugares alternativos de trabajo, cambiando
cómo y dónde el trabajador asalariado hace su
trabajo, moviendo la tarea hacia el trabajador en lugar del
trabajador hacia el lugar de ocupación, alterando de
esa manera el concepto específico de lugar de trabajo,
tal como lo mencioné más arriba.
Más
de cuarenta millones de trabajadores asalariados en Estados
Unidos, por ejemplo, son teletrabajadores o homeworkers con
base en su propio hogar. Cuando ello ocurre, viene entonces
a nuestra mente la idea de una especie de trabajo asalariado
remoto. Y cuando nos preguntamos de qué manera influiría
o impactaría este trabajo subordinado remoto en los
contratos de trabajo, nosotros estaríamos entonces
moviéndonos dentro de la ya mencionada nueva psicología
laboral contractual.
En
definitiva, podemos con seguridad afirmar que se está
produciendo un cambio con consecuencias fundamentales en las
relaciones laborales asalariadas, como derivación de
la revolución tecnológica en pleno desarrollo
y que, si un individuo no tiene el grado suficiente de instrucción
y capacitación permanente, es muy probable que quede
relegado en la nueva economía.
El
éxito bajo las reglas de la nueva psicología
laboral contractual exige, entonces, que el trabajador asalariado
administre su propia carrera a través de una estable
y constante capacitación y sólo será
exitoso dentro de este nuevo régimen si tiene la oportunidad
de desarrollar crónicamene su técnica, y debemos
ser conscientes, en este punto, que estamos frente al peligro
laboral de la creación de un inédito dualismo
entre los trabajadores asalariados, el del conocimiento.
En
consecuencia, la formación continua a lo largo de toda
la vida activa de los ciudadanos debería ser el objetivo
fundamental de cualquier política microeconómica
de Estado, pues no hay mayor protección que ese adiestramiento
contra la inseguridad, debido a la importancia fundamental
que está teniendo el capital humano en la naciente
economía mundial, la cual está basada en innovaciones
incesantes, con una movilidad laboral que es una consecuencia
directa de la espectacular transformación tecnológica,
lo cual explica el sucesivo abandono de antiguas y estáticas
formas estructurales del industrialismo fabril, tal como lo
vengo detallando.
La
impresionante transformación de la economía
justifica entonces un estudio serio y programáticamente
estructurado de la sociedad de la información porque,
en el entramado social, el trabajo asalariado es decisivo
y, además, es uno de los principales ámbitos
donde más directamente se manifiesta el cambio estructural.
No en otro lado.
La
reciente ley argentina del mes de marzo de 2004 puede valer
como ejemplo de lo que no debe hacerse. Fue mal titulada de
Reforma Laboral, ya que no contiene una sola referencia a
estas situaciones de cambio. Ignora totalmente la realidad
de las nuevas circunstancias económicas. Lo grave es
que no prevé ni responde a política integral
laboral alguna de largo alcance.
El
camino es arduo, pero los estados no pueden seguir promulgando
leyes que sólo miran al pasado. Los nuevos trabajadores,
que son mayoría y en lo común jóvenes,
no están representados en estos mensajes legales.
Opino
que los estados deben abandonar la actitud paternalista del
siglo XX y adoptar una actitud diferente que defino como facilitadora
de soluciones, y que caracterizo como una acción tendiente
a procurar los caminos por los cuales pueda concretarse un
diálogo social con un análisis profundo de estas
nuevas realidades.
Sólo
entonces se podrían esperar saldos netos positivos,
ya que esos resultados están íntimamente ligados
con las reformas normativas e institucionales que se elaboren
de los mercados laborales, como así también
de las medidas que se arbitren para integrar las nuevas tecnologías
a la sociedad.
Es
muy incierto pronosticar al menos tentativamente la puntual
derivación que la sociedad de la información
habrá de traer a la larga en el empleo asalariado,
ya sea esa trascendencia en el nivel de ocupación o
en la composición de la misma por sectores pero, sin
ninguna duda, dichos efectos impulsarán el ritmo de
los cambios estructurales de la sociedad.
El
trabajo, en su más amplio sentido, nos habrá
de acompañar siempre en este mundo, ya que es el único
mecanismo convencional de distribución de bienestar.
No obstante, el problema esencial en la actualidad es el destino
del trabajador asalariado frente a la carencia de capacitación,
dado que una comunidad con ausencia de leyes adecuadas en
ese sentido, lleva fatalmente a una división de los
trabajadores con arreglo a que estén o no capacitados.
Estoy
plenamente de acuerdo con la idea de que en el marco económico
mundial, el cambio tecnológico habrá de conducir
a mayor bienestar, mejores salarios, más crecimiento
y mejores empleos, pero para ello, y con el objetivo de ajustar
las asimetrías macroeconómicas y hacer coincidir
en el tiempo y el espacio los resultados tecnológicos
de esta nueva economía, es necesario que exista una
buena combinación de conexiones realistas entre las
tecnologías, las políticas y las instituciones.
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