El
empleo de celebridades en comerciales revela pobreza de ideas
y no siempre da retorno a los anunciantes.
Preste atención al próximo comercial que verá
en la televisión o en los diarios y revistas. Apuesto
que usted se encontrará con tres o cuatro avisos seguidos
en los cuales se usan celebridades y “famosos de ocasión”
para promocionar desde tiendas de departamentos a productos
o servicios variados.
Hace
unos años atrás, ese recurso estaba restringido
a las agencias menos dotadas y a las propias empresas o house
agencies. Tales comerciales eran fruto de la falta de imaginación
creativa, aficionados o a puro deslumbramiento. Las agencias
más poderosas y sus clientes más profesionales
tenían cierta reticencia a usar esa solución
primaria y de reconocido rechazo por parte de los consumidores.
Hoy,
infelizmente, la cosa superó todos los límites.
El uso de los llamados “testimoniales” se viene
arrastrando en la misma proporción que la farándula
local. Es preocupante porque afecta una de las misiones más
importantes del marketing, que es el construir imágenes
sólidas y duraderas para las marcas. Porque el uso
de celebridades como avales de productos, lo que hace es tercerizar
la credibilidad, como un efímero arriendo de la notoriedad
ajena, como si un producto solo no pudiese tener valor y personalidad
propios, necesitando de ayuda para entrar en los hogares,
corazones y mentes de la gente.
El
uso injustificado de famosos, casi siempre vinculados a la
farándula, significa que el anunciante no cree en su
marca, en su oferta, en su agencia, o en las tres juntas.
Otro
problema con este truco barato, es que es caro. Los caches
u honorarios de los famosos están cada vez más
altos, dragando cuantías considerables de recursos
que podrían ser mejor aplicadas. Pero el anunciante,
apoyado en la falsa seguridad que el testimonio de la celebridad
da, no percibe que está gastando más de lo que
necesita. Lo que es, en lo mínimo, contradictorio con
la necesidad de racionalizar los gastos y la inversión
en publicidad. La celebridad no termina por colocar ninguna
neurona a la publicidad.
Otro
factor importante, es que un producto promocionado por una
“personalidad” queda totalmente dependiente de
la personalidad, calidad de vida y temporalidad de la conducta
de éste. Podría verse envuelto en un escándalo,
o aparecer manejando borracho, cambiar de sexo, o cambiarse
a la competencia.
El
término “testimonio” no es muy apropiado,
porque se trata, eso sí, de falso testimonio, perjurio
de verdad. ¿Acaso alguien cree de ellos usen el producto
que anuncian? El consumidor, al menos, no cree, y eso lo confirman
todas las investigaciones sobre el asunto. Ellos saben que
están ahí por el caché, a pesar de que
agencias y clientes se esmeren en subestimar el intelecto
del consumidor.
Es
necesario admitir que el recurso es altamente eficiente en
ciertos casos. Funciona maravillosamente con niños
inocentes y con personas muy humildes, que confunden al actor
con el personaje y se tragan cualquier cosa. Un motivo más
para que las empresas serias utilicen los “testimonios”
con profesionalismo.
Claro
que hay agencias y anunciantes que usan a los famosos como
competencia, basándose en esquemas creativos en los
cuales se respeta la inteligencia del consumidor. En esos
casos, se nota que las celebridades comparecen al servicio
de una idea y no en sustitución de ellas.
Buenas
ideas agregan valor al producto y a las marcas, economizan
caches, superproducciones, efectos especiales y otras figuras.
Abaratan la producción y aceleran los resultados. Buenas
ideas construyen una marca y un negocio. Mientras que un testimonio
de famosos constituye, antes que todo, la casa en la playa
de quien cobró el caché.
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