Los
adolescentes de hoy serán los profesionales que van
a dirigir las empresas y los equipos de mañana. Acuden
a las universidades y las escuelas de negocios para desarrollar
su carrera profesional. Lo que les diferencia de generaciones
anteriores, es su forma de entender las redes sociales.
Internet es su espacio, donde comparten y se enriquecen:
Facebook, Twitter, My Space, blogs, chats, buscadores y
un largo etcétera. Destacan por ser activos, comunicadores
y colaboradores, no les da miedo el cambio, y su motivación
es estar a la última. Para ellos, no es atractivo
guardar en un cajón información que puede
ser útil para otros, es más enriquecedor compartirla.
Las
nuevas tecnologías permiten obtener información
“just in time”, aquí y ahora. La generación
“Y” está demostrando tener una visión
distinta sobre las relaciones sociales y las formas de aprendizaje.
Pero ¡cuidado!, Internet es un cajón de sastre.
En virtud de sus habilidades, debemos educar su espíritu
crítico y su capacidad de contrastar y manejar la
información de manera responsable y eficiente.
En
el contexto empresarial entran en juego nuevos valores relacionados
con la comunicación, la colaboración, la creatividad
y la responsabilidad. Un nuevo paradigma se encuentra ante
nosotros. La influencia de las nuevas generaciones obliga
a las empresas a crear una cultura innovadora sostenible.
El nuevo talento buscará “empresas-proyecto”
donde desarrollarse, entornos de colaboración que
fomenten la creatividad, ofrezcan nuevos retos, rapidez,
flexibilidad en la toma de decisiones y autonomía.
En definitiva, un estilo de liderazgo cercano y desarrollador.
El
directivo deberá ser un facilitador de oportunidades
y transparente en su gestión para que cada una de
las personas que integran los equipos, sepa qué y
cuánto están aportando a la organización.
El nuevo talento tiene claro que no quiere trabajar para
jefes “tiranos” o jefes “paternalistas”
que limiten su desarrollo. No dudarán en plantearse
un cambio, de modo que si la empresa no se ha preocupado
por entender sus necesidades, se marcharán en busca
de un nuevo proyecto.
Te
adaptas o estás fuera de juego. Hoy el reto de las
empresas está en invertir para adaptarse a los nuevos
tiempos. Diseñar estructuras flexibles, jerárquicamente
más planas, que fomenten una cultura de colaboración
real y un ambiente creativo desarrollador.
Pensemos
en un proyecto de ingeniería de grandes dimensiones,
por ejemplo la construcción de una central petrolera
en mitad del océano. Empresas con actividades diferentes
colaboran entre sí temporalmente. Unidas por un mismo
propósito, se separan una vez alcanzado. A medio
plazo ocurrirá lo mismo en las estructuras internas
de las organizaciones, diferentes personas con perfiles
y conocimientos diversos se unirán voluntariamente,
movidos por su motivación personal. Una vez alcanzados
los objetivos del proyecto, se separarán. La diversidad,
el intercambio de experiencias, modos de pensar y diferentes
perspectivas de ver la realidad enriquece a las personas,
a los equipos y por supuesto a los resultados.
Las
empresas no son las que innovan, son las personas las que
en un entorno adecuado, generan valor en las organizaciones.
No hablamos de empleados que desempeñan funciones
y responsabilidades concretas, sino de “emprendedores-clientes”,
que demandan dinamismo, cooperación, interdependencia,
nuevos retos que les entusiasmen y les permitan crecer como
profesionales.
La
guerra del talento es y continuará siendo una tarea
compleja. Por esta razón, deberá ser una prioridad
estratégica de la Dirección. El “cliente
interno” del mañana no tendrá las mismas
necesidades que los profesionales de hoy, esto implica un
cambio de estrategia en los procesos de captación
y retención. Ahora los esfuerzos se enfocan en crear
un entorno favorable y atractivo para atraer el talento
de las nuevas generaciones.