Tal
como comenta el profesor Salvador García en su artículo
“El capitalismo sensible”:
“El
capitalismo de principios del siglo XX fue un sistema excesivamente
rígido y rudimentario, en comparación con el
capitalismo del último cuarto de siglo, mucho más
flexible y funcional, propiciado por las nuevas tecnologías.
Sin embargo, la legitimidad y supervivencia a mediano plazo
de un sistema capitalista cada vez más generador de
desorientación y falta de sentido (Sennet, 2000) pasa
por su humanización, pasa por evolucionar hacia un
capitalismo sensible y solidario. Esta evolución
a nivel sociocultural es necesariamente paralela a la evolución
de los estilos de liderazgo organizativo que ya estamos
también contemplando a lo largo del siglo: Dirección
por Instrucciones, Dirección por Objetivos y Dirección
por Valores. (García y Dolan, 1997)”.
El
mundo empresarial es ahora la plataforma ideal para el cambio,
porque su necesidad imperiosa de supervivencia en un entorno
cada vez más complejo, global y competitivo le obliga
a revisar sus creencias y modelos de dirección y recursos
humanos.
Las
personas están ávidas de herramientas que les
permitan asumir los cambios acelerados que vivimos en estos
días. Se sienten perdidas, inseguras y confusas ante
un entorno laboral distinto, en un entorno lleno de incertidumbre.
Las
viejas reglas de juego que parecían garantizar el éxito
empresarial: jerarquía, poder..., se muestran ahora
ineficaces. La necesidad de conversión a nuevos roles,
las nuevas tecnologías, la gestión del conocimiento,
no hacen más que incrementar el estrés y la
ansiedad del individuo.
Las
personas se sienten con escasez de recursos para alcanzar
el éxito y la felicidad en la vida laboral y también
en la personal. Pero aunque muchas veces no son conscientes
de cómo superar sus carencias, cada vez surge con mayor
fuerza el valor para hacer frente al entorno y tomar de nuevo
el control sobre él.
Es
en este contexto, por tanto, donde se abre una brecha para
el surgimiento de un nuevo modelo sociocultural, el “capitalismo
sensible”, paralelamente a la evolución
de las personas, que inciden y conforman su entorno
para crear nuevas realidades, una evolución desde el
autoconocimiento y la sabiduría, desde el desarrollo
de la inteligencia emocional.
“Los
capitalistas sensibles buscan realizar sus valores personales
y sociales mediante la creación de una empresa en la
que los resultados económicos sean un medio y una consecuencia
de hacer bien las cosas o, lo que es lo mismo, de satisfacer
al máximo al cliente gracias a contar con las mejores
y más motivadas personas. Persigue así un triple
bienestar: económico, ético y emocional, variables
todas ellas interrelacionadas” (García, 2000).
Pero,
como se ha dicho al inicio del presente artículo, el
“capitalismo sensible” se sustenta, en el mundo
de la empresa, en un emergente estilo de liderazgo organizativo,
la dirección por valores.
La
dirección por valores es una herramienta de liderazgo
estratégico basada en valores que pretende introducir
la dimensión personal dentro del pensamiento directivo,
no únicamente de manera formal, sino en la práctica
diaria.
Para
llevarse a cabo necesita de tres fases (Blanchard y O’Connor,
1997):
- Fase
I: Definición de la misión y los valores de
la empresa.
- Fase
II: Comunicación de estos valores a la empresa en
su conjunto.
- Fase
III: Alineación de la conducta sobre la base de los
valores escogidos.
Llevar
a cabo esta tercera fase implica que cada una de las personas
que forman la organización ponga en práctica
todos los días y de manera consecuente los valores
escogidos por la empresa.
Y
es en esta última fase donde cobra especial relevancia
la inteligencia emocional, porque para hacerlo, para
actuar según determinados valores (coherencia de acción),
es imprescindible introducir cambios en los hábitos,
en las conductas de las personas.
Y
ello sólo se consigue alcanzando niveles superiores
de inteligencia emocional desde el desarrollo de
las cinco dimensiones que la conforman. Salovey y Mayer acuñaron
el término y definieron la inteligencia emocional como
la “capacidad de controlar y regular los sentimientos
de uno mismo y de los demás, y utilizarlos como guía
del pensamiento y la acción” (Salovey
y Mayer, 1990).
O
dicho de otro modo, logrando establecer coherencia entre los
sentimientos, pensamientos y acciones. De lo contrario, se
volverá a las viejas rutinas, al camino fácil
ya aprendido y conocido, basado en circuitos emocionales largamente
repetidos por la persona, basados en creencias y arquetipos
profundamente arraigados.
Veamos
como ejemplo de ello la formación de directivos:
¿Cuántas
veces usted se ha preguntado por qué, a pesar de la
formación recibida a lo largo de los años, algunos
directivos siguen, por ejemplo, siendo autoritarios o les
cuesta asumir un cambio de rol?.
Normalmente
son directivos inteligentes, comprometidos y que alcanzan
los objetivos económicos fijados por la organización.
Suelen tener una larga y brillante carrera profesional, pero
muchas veces lo que ocurre es que son víctimas de su
propio éxito, es decir, las mismas competencias que
les han hecho triunfar, les hacen ahora fracasar.
Necesitan
revisar sus modelos mentales, sus creencias y valores, porque
sólo así podrán cambiar sus actitudes
y sus conductas para poder alcanzar no sólo los resultados
económicos esperados sino también el éxito
según el nuevo rol directivo que deben desempeñar
(facilitadores, gestores del conocimiento, agentes de cambio...).
En
la medida en que cambia el entorno, el rol, las necesidades
de la organización, el nuevo directivo debe modelar
y ajustar su conducta a los nuevos requisitos.
Y
ello no es fácil porque, en la mayoría de los
casos, son procesos inconscientes, difíciles de manejar
y llenos de barreras autodefensivas, que en realidad no hacen
más que impedir el desarrollo.
Surgen
entonces sentimientos de frustración, ansiedad, temor
o agresividad, de forma que sorprenden incluso al propio directivo.
La
clave está por tanto, en desarrollar nuestra inteligencia
emocional y sus competencias. De esta forma lograremos un
cambio real y duradero de comportamiento.
De
esta forma, podemos alcanzar un mayor nivel autoconocimiento
y ser más conscientes de nuestras emociones (la energía
que nos mueve a hacer lo que hacemos) de forma que las podamos
utilizar a nuestro favor. Además, desarrollar nuestra
inteligencia emocional nos ayuda a gestionar nuestras
emociones de forma adecuada, de manera que podamos
canalizar, aprovechar o generar energía
y utilizarla para el logro de nuestros objetivos.
También
nos abre la puerta a la verdadera comprensión
de los demás, a entender sus motivos, su mundo...
(una de las mayores limitaciones a la inteligencia emocional
es la creencia de que todos percibimos las mismas cosas y
reaccionamos de igual forma ante ellas). Todo ello nos va
a facilitar establecer relaciones de colaboración
y confianza con los demás, algo imprescindible tanto
en el entorno laboral como en el personal.
Talleres
de inteligencia emocional, coaching, trainings de coherencia
de acción, sesiones de outdoor, entre otras, son herramientas
utilizadas dentro del ámbito laboral para
trabajar la inteligencia emocional.
Los
objetivos pueden ser muy variados:
- Orientar,
contextualizar y generar actitudes positivas ante una situación
de cambio.
- Elevar
el nivel de conciencia ante el rol profesional y optimizar
su desempeño.
- Alcanzar
un mayor compromiso y coherencia de acción con los
valores de la empresa y del rol.
- Elevar
el nivel de motivación y confianza individual.
- Lograr
una comunicación más eficaz, empática
y asertiva.
- Elevar
el nivel de confianza, cohesión y cooperación
del equipo.
- Facilitar
la toma de conciencia ante las capacidades y recursos personales
para alinearlos con el rol profesional.
- Ayudar
a potenciar las habilidades de inteligencia emocional.
- Incrementar
niveles de creatividad e innovación.
- Reciclar
expectativas y actitudes.
- Crear
espacios de reflexión y de intercambio para el crecimiento
profesional y personal.
Así,
desarrollar nuestra inteligencia emocional y la de
nuestros colaboradores, es el paso necesario que hay que dar
para poder evolucionar hacia distintos modelos sociales y
empresariales donde se requiere de las personas un nivel mayor
de conciencia, integridad y colaboración. Donde los
recursos humanos se convierten en seres humanos en todas sus
dimensiones, desde su espiritualidad, que emanan en el hogar,
en la sociedad y también en el trabajo.
Es
la nueva “mística empresarial” (Hendricks
y Kate, 1996) que sienta sus bases en el crecimiento personal
y en el desarrollo de la inteligencia emocional.
Al
amparo de valores éticos y poéticos, no sólo
prosaicos (García, 1997), el desarrollo de la inteligencia
emocional en cada uno de nosotros puede ser nuestra principal
herramienta de cambio, en la empresa, desde la empresa y para
la empresa.
Y
se convierte no sólo en un derecho del trabajador sino
también en un deber de toda persona,
porque es desde la propia voluntad de crecimiento y desarrollo
como pueden alcanzarse niveles superiores de conciencia y
de sabiduría que lleven a una sociedad mejor.
Por
tanto, debemos aprovechar la oportunidad que se nos brinda
desde la empresa para introducir un poco de calidad humana.
Parece que al fin nos hemos dado cuenta de que no podemos
prescindir de nuestras emociones, ni siquiera en el mundo
laboral, supuestamente frío y racional, y que es mejor
conocerlas y canalizarlas de forma positiva que luchar contra
ellas o dejarse llevar por los arrebatos del momento.
Ahora
que el modelo actual está tocando fondo para dar paso
al postcapitalismo, para recuperar una visión holística
e integradora del ser humano y rescatar del destierro occidental
algunas viejas y sabias creencias orientales, es el momento
de impulsar el cambio.
Estamos
viviendo una profunda crisis de valores, una época
de complejidad y desorientación.
Estamos
viviendo una oportunidad para construir una sociedad mejor,
una empresa mejor, un mundo mejor.
¿Demasiado
utópico?, depende de todos nosotros. |