“Si
no fuera porque tengo que dirigir personal, yo sería
un empresario feliz”, dijo apesadumbrado uno de los
asistentes a nuestros cursos. Los otros participantes se
rieron y asintieron comprensivos. Esto lo animó a
continuar: “Paso más tiempo solucionando problemas
relacionales que administrando el negocio”. La adhesión
de los demás creció instantáneamente.
Me
di cuenta de que había aquí un buen tema para
discutir. Por suerte, al inicio del curso les había
advertido que estos cursos son para valientes o, lo que
es lo mismo, ser gerente o jefe no es para cualquiera.
Muchos
empresarios tuvieron la visión, el entusiasmo, la
actitud y fundaron una empresa ilusionados. A los golpes
se dieron cuenta de que esos ingredientes no eran suficientes.
Cada proyecto requiere interactuar, dirigir, entusiasmar,
educar, liderar, sacar lo mejor de otros, además
de trabajar por el éxito de la empresa mientras se
cumple con requisitos legales, impositivos… Para un
malabarista novato, parecen demasiadas bolas en el aire.
En
cuanto a los gerentes, en general, vienen de las mismas
filas de la organización. Son muy buenos técnicamente,
se fueron destacando, hasta que un buen día les llegó
el tan ansiado ascenso. Contentos accedieron, casi sin pensarlo,
a este cargo desde donde imaginaron que el paisaje era mucho
mejor… Momento duro si los hay, es el de enfrentar
las propias limitaciones para los nuevos e insospechados
desafíos del puesto.
Así
llegamos a darnos cuenta de que, tanto para empresarios
como para gerentes, dirigir personas con éxito y
satisfacción requiere reunir tres elementos: saber,
querer y poder.
El
saber involucra aspectos técnicos del área
y otros propios del puesto gerencial, referidos a planificación,
administración, control, etcétera. A esto
hay que agregarle el conocimiento de ciertas habilidades
de conducción que hasta el momento no fue necesario
utilizar, como delegación, motivación, negociación,
liderazgo, entre otras. Pero entre conocer y practicar puede
haber distancias a veces kilométricas.
El
poder es tener la capacidad de hacerlo bien. No
hablamos de capacidad intelectual, pues asumo que los empresarios
o gerentes ya deberían contar con un “mínimo
no excusable”. Hablamos, más bien, de todos
esos defectos de temperamento y personalidad que las madres
les corregían de jóvenes. Mientras a ellas
las compensaban con un beso, les vaticino que si aplican
la misma táctica con sus empleados estarán
en graves problemas. Sobre todo si ofenden, por ejemplo,
a uno de los camioneros de su flota. Por lo tanto, aquí
nos asomamos a un enorme desafío equiparable al ingreso
a primer grado: todo lo que en nuestros hogares era tolerado,
aquí pasa a molestar a un montón de pequeños
vándalos (los nuevos compañeritos) que no
nos perdonan una. De manera análoga, el personal
nos sirve de espejo y no siempre nos gusta lo que vemos.
Alguno
se podrá preguntar a esta altura: ¿será
necesario invertir tiempo, esfuerzo y la cuota implícita
de dolor, en crecer en aspectos personales para dirigir
mejor a mis empleados?
Lo
invito a pensar por un momento en el impacto de sus acciones
en las vidas personales de su gente. ¿Usted es conciente
de que los hijos de sus empleados lo nombran en sus almuerzos
familiares? Probablemente conocen más anécdotas
cotidianas suyas que sus propios hijos, y seguramente están
más informados sobre su estado de ánimo diario.
Usted pasa a ser un tema de conversación familiar
y eso, si no asusta, por lo menos compromete.
Esta
calidad de relación que construye con su personal,
incide, a su vez, en los resultados de la organización.
Lamento decir que más poder sobre sus clientes tiene
la telefonista o el que atiende el mostrador que usted como
dueño o gerente de la empresa. Podrá tener
el mejor producto, las mejores instalaciones, la tecnología
adecuada, pero si sus empleados están molestos con
usted o con la organización, perderá clientes
sin enterarse cómo, cuándo ni en qué
cantidad.
Muchas
veces se percibe desde la puerta de una empresa cómo
es el clima laboral de una organización, y eso, por
lo menos a mí, me incide en mi voluntad de compra.
¿En
qué áreas debería un directivo observarse?
Creo que mínimamente en tres: actitud, efectividad
y comunicación.
Con
actitud me refiero a qué grado de reactividad o proactividad,
ansiedad o serenidad, perfeccionismo o equilibrio, experimenta
y transmite a la organización.
Dentro
de la efectividad debe analizar si para definir los problemas,
tomar decisiones, juzgar, encauzar las emociones y actuar,
es una persona equilibrada.
En
la comunicación chequearía si sabe hacer y
recibir correcciones, si se pone en el lugar de los demás,
cómo transmite opiniones y órdenes y, fundamentalmente,
si sabe escuchar.
¿Y
qué beneficios tendría por tanto trabajo?
¿Cuáles imagina usted? Al detectar cambios
concretos en el control de sí mismo y de las situaciones
conflictivas, al mejorar la comunicación con su gente,
al enseñar, delegará más, tendrá
más tiempo para las funciones directivas y comenzará
a encontrar más serenidad, más disfrute, mejor
clima laboral.
¿Cómo
se logra esto? De distintas formas, ninguna sin esfuerzo.
Hay personas que crecen ayudándose en la lectura
de libros inspiradores, otros acuden a capacitaciones y
otros a un consultor personal. Si se me permitiera un consejo
sobre cada uno de estos medios, diría: que los libros
fueran coherentes con la naturaleza humana; que las capacitaciones
sean más prácticas que teóricas, que
provoquen reflexión personal, y que en ellas se respete
su intimidad, y respecto del consultor, pida referencias.
Nos
queda el querer. El querer está
asociado a las siguientes preguntas: