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Las
empresas tienen una responsabilidad de soporte o apoyo en
el desarrollo de las personas. No solamente aportan la experiencia
y ciertas pericias técnicas profesionales, sino también
transmiten cultura y valores. Su desafío es asumir
la responsabilidad de formar equipos. El arte de educar, formar
y preparar a las personas, se da mediante un proceso sistemático
de desarrollo del comportamiento, adquisición de conocimientos
y motivación, con el fin de mejorar la adecuación
a su ocupación. Descubrir posibilidades de mejora y
desarrollo en la gente, generar inquietudes, hacer que todos
se sientan valorados en su trabajo, es un reto para las empresas
que quieren captar, gestionar y sobre todo mantener recursos
humanos talentosos.
Y
es que el proceso de aprendizaje solo puede producirse en
las personas. ¿Aprenden las organizaciones? Sí,
lo hacen a través de los individuos que adquieren conocimientos.
El aprendizaje individual no garantiza el organizacional,
pero no hay aprendizaje organizacional sin el individual.
Como afirma Peter Senge, científico estadounidense
y director del Centro de Aprendizaje Organizacional, la esencia
de la organización inteligente se da no solo en el
desarrollo de nuevas aptitudes por parte de las personas,
sino de nuevas perspectivas mentales.
Entonces,
el aprendizaje en equipo comienza por el autoconocimiento
y continúa con el conocimiento de los demás.
Si las personas no se conocen entre sí, jamás
podrán alinearse. Para alinearse, tienen que tener
una razón para conversar y más aún para
aprender, una situación que las motive, como la necesidad
de resolver un problema, de relacionarse con otros de la misma
empresa. A través del proceso de diálogo, la
gente aprende a pensar en grupo, no solo porque resuelve un
problema común sino porque comparte pensamientos, emociones
y acciones.
El
diálogo es una modalidad de intercambio entre los seres
humanos, porque implica un auténtico volcarse de uno
en el otro y una valoración del ser del otro. Por el
contrario, la fragmentación del pensamiento, según
sugiere el físico estadounidense David Bohm, es como
un virus que ha afectado a todos los campos de la actividad
humana: es el campo de los especialistas que no pueden conversar
ni generar intercambio con otros. El diálogo, en cambio,
apunta a eludir la fragmentación y encontrar aquello
que integra a las personas. El filósofo alemán
Hans-Georg Gadamer nos dice: “Lo que hace que algo sea
una conversación no es el hecho de habernos enseñado
algo nuevo, sino que hayamos encontrado en el otro algo que
no habíamos encontrado aún en nuestra experiencia
del mundo”.
Muchos
equipos de gestión en las empresas aspiran a lograr
resultados, como por ejemplo reducir los reclamos de clientes
en un 50 por ciento. A través de la formación,
esto puede lograrse. Pero resulta más interesante si
la adquisición de aptitudes por parte del equipo y
su trayectoria pueden sostenerse en el tiempo y autorreforzarse,
más allá de la obtención de un resultado
inmediato. Para que sea posible hay que alinear las aptitudes
de todos, lograr que el equipo funcione como un todo, afinar
la capacidad para pensar y actuar sinérgicamente.
No
se trata de callar las diferencias ni ocultar las discrepancias,
sino de conocerlas en profundidad y saber aprovecharlas para
el enriquecimiento del grupo. Si comprenden la personalidad
de los “otros”, los integrantes de un equipo podrán
comunicarse entre sí más fácilmente y
trabajarán juntos sin problemas. Desde esta visión
del grupo, se verá a los demás como “nosotros”
y no como “aquellos con los que tenemos que trabajar”
Para
esto es necesario preguntarse qué es lo importante
para la organización y para sus miembros en el contexto
de hoy: ¿qué queremos crear?, ¿qué
cosas pretendemos hacer realidad?
Cuando
Elena ingresó al Departamento de Atención al
Cliente de XX S.A., como Coordinadora General se encontró
con que la gente formaba un “grupo muy unido”,
pero que desconfiaba de los demás integrantes de la
empresa y por supuesto de ella, que era “la nueva”.
Todos trataban de encontrarle algún defecto. Además,
en pocos días fue testigo de varias discusiones. La
atención al cliente era pésima. Las quejas habían
aumentado últimamente. Se formaban largas colas en
las ventanillas y el correo electrónico se saturaba
de reclamos. El desafío era lograr que confiaran en
ella y formar un equipo de personas que actuaran en forma
alineada para mejorar la atención al cliente en el
corto plazo y extender los resultados en el largo.
Armonía
en la diversidad
En
toda organización es importante escucharse activamente
unos a otros e interesarse especialmente por lo que piensa
el otro, considerar las diferencias entre las personas y encontrar
valores y objetivos comunes que están subyacentes a
esas diferencias, generar confianza mutua. Es necesario no
olvidarse de cuáles son los valores comunes, lo realmente
relevante para cada uno. El verdadero desafío en la
empresa es armonizar esos valores con la cuestión económica,
la necesidad de ganar dinero, y desarrollar las habilidades
clave. Sin embargo no es lo económico, sino lo humano
lo que nos conecta a todos. Cada persona es singular y los
equipos eficaces son grupos de personas que aceptan el principio
natural de la diversidad, pero que son capaces de armonizar.
En la armonía está implicada la variedad y la
diversidad, como en una orquesta sinfónica. La tarea
como gerente o empresario es crear un ambiente en el que la
gente pueda trabajar y aprender al máximo de sus posibilidades.
En esencia, él es responsable de las condiciones ambientales
para que el aprendizaje pueda ocurrir.
La
gente se siente más entusiasmada, más comprometida
con su labor, si percibe que está creciendo, que está
aprendiendo, que es cada vez más quien quiere ser.
Y el diálogo hace posible la sinergia y la coordinación
de planes de acción. Pero, ¿cómo ser
práctico y entablar un diálogo productivo sin
forzar la situación? Más aún, ¿cómo
avanzar hacia un diálogo que apunte a resultados y
tenga en cuenta a la gente que trabaja en la empresa y la
gente para quien la empresa trabaja: personal, empresarios
y clientes?
Volviendo
al caso de Elena, enseguida se encontró ante la necesidad
de generar la primera reunión de trabajo. Convocó
a “su gente” con la propuesta de entablar el diálogo.
No obstante, era consciente de que no podía obligarlos.
La encrucijada era “bajar línea” simplemente,
y entonces no habría equipo, o que la gente tratara
de comprenderse entre sí, y así alcanzar “una
decisión aceptable para todos”. No obstante,
decidió avanzar un poco más y lograr que consideraran
al grupo como una entidad que los incluía.
En
el primer encuentro se dispuso a escuchar a todos. Les pidió
que hablaran de sí mismos y se enfocaran en la perspectiva
del problema. Las personas trataban de explicar por qué
se consideraban importantes dentro del equipo. Víctor
se veía a sí mismo como el fundador del grupo,
había empezado allí hacía más
de veinte años y le había dado toda su “vida,
experiencia y conocimiento a la empresa”, y además
“no era reconocido”. María había
comenzado como cadete y había ido ascendiendo. También
consideraba que su aporte era el más valioso, dedicaba
muchas horas y era firme y seria para con sus subordinados.
Acababa de formar una familia y le preocupaba dejar muchas
horas a su pequeña hija, por lo cual valoraba que la
empresa le asignara una hora al mediodía para retirarla
del jardín de infantes y llevarla de vuelta a casa.
Martín era el más joven del grupo y consideraba
que todas las estrategias que daban resultado en el equipo
las había pensado él mismo, con lo que no acordaba
el resto de la gente, aunque nadie se animaba a decirlo. Por
otra parte, Rubén, team leader del departamento de
Atención al Cliente, pedía que sólo le
digan qué hacer y sostenía que “sus chicos”
no eran culpables de las largas colas, y que no era posible
producir grandes cambios. Aparte de esto, comenzaron a hablar
mal de otros sectores de la empresa: “los de Administración
son menos inteligentes que nosotros”, “los de
Compras son unos peleadores”, “somos nosotros
quienes llevamos adelante este negocio y nadie nos tiene en
cuenta”.
Hasta
aquí, Elena pudo ver que este modo de diálogo
autodefensivo era improductivo para el grupo. La gente evidentemente
se sentía frustrada, todos estaban desorientados, tal
vez inhibidos por la situación, no había confianza
y los diversos puntos de vista no aparecían como realistas.
Los conflictos que iban presentándose y que a veces
se silenciaban, surgían por la misma tensión
ante la crisis.
La
mujer se vio ante una nueva encrucijada: ¿llevaba a
la gente a discutir improductivamente?, ¿o más
bien la conducía a escuchar e indagar? Una discusión
en la que cada uno defendía su posición no conduciría
a ningún resultado. Optó entonces por el segundo
camino y fue generando preguntas para que ellos pudieran escucharse
a sí mismos y ser escuchados a la vez: “¿qué
significa lo que acabo de decir?”, “¿por
qué lo digo?”, “¿qué es lo
que molesta?”, “¿qué molesta a los
demás?”, “¿qué ocurre si
me sereno y busco en mi interior?”.
La
actuación de Elena refleja el trabajo del mediador.
Era la líder del equipo, pero no actuaba como tal.
Ese rol era necesario porque podían surgir emociones,
malentendidos y era menester reorientar a la gente, suscitar
la atención, examinar posiciones defensivas, estar
alerta a las mismas.
William
Isaacs, consultor estadounidense en comunicación interpersonal,
dice que “aunque no se puede forzar el diálogo,
se lo puede alimentar. Se pueden crear condiciones para favorecerlo”.
El trabajo del mediador se centra en identificar climas personales
e interpersonales que alientan o desalientan el diálogo.
Elena
no procuraba “corregir”, ni “imponer orden”,
ni decir “lo que hay que hacer”. Buscaba mediante
su ejemplo no juzgar a ninguno de los participantes, evitar
las polarizaciones y “enfriar” la discusión,
para que la gente comenzara a indagar grupalmente y se volviera
sensible al modo en que el tema afectaba a los miembros.
De
a poco los miembros del equipo fueron focalizándose
hacia el problema que era “mejorar la atención
al cliente”, y hablaron de ello durante dos horas, no
tratando de tomar una decisión de inmediato, sino tratando
de captar las diversas posibilidades de solución y
cómo cada uno las interpretaba. Finalmente se pudo
comprender que el Departamento de Atención al Cliente
estaba sobrecargado de tareas: si atendía a la gente
en ventanilla, no podía con el teléfono y los
correos electrónicos. Además, las quejas frecuentes
provenían del hecho de que el cliente tenía
la impresión de no ser escuchado y de que su problema
no interesaba, más que de cuestiones relacionadas con
el servicio. ¿Cuál era, entonces, el remedio?
Finalmente Rubén dijo: “Podemos reasignar el
personal de Atención al Cliente, y también revisar
qué problemas necesitan atención personalizada
y cuáles se pueden atender por correo electrónico.
No sé bien cómo hacerlo, pero podríamos
pensar en ello”. Y en una nueva sesión de diálogo,
entre todos resolvieron el problema. Estas sesiones de diálogo
comenzaron a usarse sistemáticamente en ésta
y otras áreas de la empresa para resolver problemas
que afectaban a equipos.
La
toma de conciencia de que se forma parte de un grupo, el conocerse
a sí mismo y a los demás, qué cosas se
valoran, cómo se piensan y cómo se resuelven
los problemas, puede generarse en una sola reunión
o en varias. Sin embargo, la riqueza está en la fecundidad
del diálogo, en los silencios compartidos que no significan
un vacío sino una presencia. Así es como el
grupo adquiere sentido por sí mismo. Se crea la confianza,
la seguridad, el entendimiento mutuo que proviene del conversar
genuino y del pensar juntos acerca de los temas complejos
que se enfrentan. No se trata simplemente de ser cortés
con otros. El objetivo del aprendizaje es alcanzar resultados
a partir de la interdependencia: lograr resultados comunes
a partir de lo que cada uno quiere alcanzar.
Cinco
“tips” para que el equipo funcione en sesiones
de diálogo
-
Dedique el tiempo suficiente a cada sesión.
-
Logre que la gente se relaje, y ello solamente es posible
si cada uno sabe que tendrá su tiempo (aunque breve)
para hablar desde su experiencia personal.
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No fuerce el diálogo, el mismo fluye en la medida
en que se alienta el escuchar y ser escuchados.
-
Estimule la empatía y la comprensión.
-
Aborde el diálogo apuntando hacia la toma de conciencia,
sin pensar en los resultados, ni en la decisión.
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