Las
empresas están repletas hoy de gente que pone el cuerpo
y el cerebro a disposición del trabajo diario, pero
debemos tener en cuenta que esto no basta. Son muy pocas las
empresas que cuentan con gente verdaderamente comprometida,
que además del cuerpo y el cerebro ponen el corazón,
la variable indispensable para que la organización
tarde o temprano se destaque.
Hace
algunos meses tuve que viajar por unas reuniones de trabajo
a Dinamarca y tuve la oportunidad de conocer a un equipo de
investigadores de la University of Copenhagen (Kobenhavs Univessitet)
que me permitieron acceder a los resultados estadísticos
de un trabajo realizado durante el año 2001.
Se
trabajó durante 10 meses en 240 empresas y sobre 43.000
empleados, y de esta forma se pudo conocer que el 10% de la
fuerza laboral total estaba buscando activamente otra ocupación
(quería irse a trabajar a otro lado lo antes posible),
el 40% confesó no estar orgulloso de trabajar en la
empresa (e incluso agregaban a esto constantes comentarios
negativos).
Entre
el 8 y el 10% de los encuestados no les interesaba en lo mas
mínimo los resultados de la empresa en que trabajaban
(algunos incluso desde hacía varios años) y
de alguna manera eran totalmente ajenos al hecho de que tarde
o temprano esto afectaría de alguna manera (bien o
mal) sus puestos de trabajo.
Dinamarca
es un país sin problemas de crisis económicas,
con una economía estable, un crecimiento sostenido
y una desocupación del 5%, organizado, ordenado, líder
en tecnología y diseño, con un Estado que cobra
impuestos muy altos (algo así como el 40% de los ingresos),
pero hay que agregar que sus habitantes tienen todo solucionado:
el transporte, la seguridad, la salud, y hago este comentario
ya que si esta encuesta arrojó estos resultados en
un mercado en el que todo es prosperidad, ni me imagino los
resultados en un mercado recesivo, ya que hay que agregar
a la desmotivación del trabajo la constante preocupación
por el entorno económico, las inseguridades y demás
problemáticas que atentan directamente el estado emocional
de las personas.
La
encuesta arrojó también un dato muy importante
y esperanzador, ya que el 20% de la fuerza laboral analizada
dijo estar comprometida y con el corazón puesto en
su trabajo.
La
fórmula del éxito en las organizaciones modernas
está relacionada directamente con el esfuerzo de su
gente y con poner realmente lo mejor de sí para enfrentar
las adversidades. Las relaciones humanas son uno de los pilares
que marcarán la diferencia de aquí en más.
Es
muy difícil que la gente que no está a gusto
en su trabajo lo manifieste. Como consultor lo veo a diario,
generalmente “se enquistan” y ayudan a veces inconscientemente
a frenar el movimiento natural de la empresa (ponen “palos
en las ruedas”), buscan a alguien de confianza para
contar lo que les sucede, pero rara vez lo presentan abiertamente,
por miedo al castigo o la represalia seguramente.
Es
común escuchar en las empresas hablar a sus ejecutivos
o empleados de “nosotros” y “ellos”,
y esto ya marca un llamado de atención.
Una
de las equivocaciones más graves en que caen los empresarios
actualmente es la falta de motivación y validación
de su gente, condición esencial para generar el espíritu
de equipo que toda empresa necesita para competir con posibilidades
de crecer. Pero también esto es algo que se debe hacer
de corazón, no se puede “fingir” validación,
ya que el efecto “bumeran” podría ser mucho
peor.
Los
empresarios deberían “disfrutar” más
a su gente, compartir más, dejarlos crear más,
participar activamente y escuchar con atención sus
puntos de vista, lo que tienen para decir, mucho más
aún en la Pequeña y Mediana Empresa, donde el
director o el dueño conoce a todos por su nombre y
seguramente muchos lo acompañan hace un largo tiempo.
El
empresario debe confiar en su gente (¿y en quién
más sino?), debe cuidar la selección de personal
(para poder confiar sin problemas) y sumar únicamente
recursos en los que pueda delegar (no hay manera de equivocarse
si se hace como se debe hacer), a los que pueda “dejar
hacer”.
Las
investigaciones más modernas demuestran que las sociedades
con alto capital social son aquellas que gozan del predominio
de la confianza en las relaciones que entablan sus miembros,
entendiendo por confianza: “la expectativa que surge
dentro de una comunidad de comportamiento normal, honesto
y cooperativo, basada en normas comunes, compartidas por todos
los miembros de dicha comunidad.”
La
“marcación cuerpo a cuerpo” ya no va más,
y lamentablemente lo seguimos viendo en las empresas. Gerenciar
generando miedo (al castigo, al despido, al “congelamiento),
gerenciar presionando, gerenciar sin participación,
gerenciar queriendo tener siempre la verdad, tiene hoy un
costo alto, porque se va saturando a la gente hasta terminar
de quitarle la energía y convertirlos en una especie
de “zombies” que sólo vienen a trabajar
porque no tienen en esta vida otra cosa que hacer. De esta
forma, sin relaciones humanas no se logra productividad, ni
calidad, se cometen errores y los errores cuestan muy caros
(y a las PyMEs mucho más), ya sea medidos económicamente
o peor aún en oportunidades por tiempo perdido.
Son
incontables los casos en que la desconfianza lleva a crear
ridículos sistemas y procedimientos de control que
atentan contra todo principio de eficiencia.
Son
también muchos los empresarios que tienden a poner
primero en sus prioridades al dinero o incluso al cliente,
sin darse cuenta que al poner a su gente primero en sus atenciones,
ellos harán lo mismo con sus clientes, y cuando los
clientes son el centro de la atención en su empresa,
se cierra una ecuación que sólo puede generar
facturación y, haciendo bien los deberes, rentabilidad.
Vale
agregar que también se estudió que la gente
de estas empresas necesitó aproximadamente 45 minutos
para desalojar sus oficinas durante un ejercicio de incendio
y tan sólo 14 minutos el mismo día cuando llegó
el momento de volver a sus hogares.
Usted
seguramente habrá estado de visita o como cliente en
alguna empresa donde el teléfono sonaba y sonaba y
nadie lo atendía, todos los empleados parecían
estar muy ocupados en sus tareas y hacían “oídos
sordos” al teléfono que sonaba, probablemente
con un cliente detrás. Seguramente le habrá
pasado al revés: usted llamando a una empresa u organismo
y tener que colgar por no ser atendido.
Al
igual que en la parábola del “sapo hervido”,
los empleados muchas veces se “dejan ganar por la rutina”
y nadie hace nada para cambiarlo. No hay que echarles toda
la culpa, obviamente, como dice el refrán: “la
culpa no la tiene el chancho sino el que le da de comer”.
La
estrategia en la PyME debe ser cambiar antes de que sea necesario,
ya que cuando tenemos que cambiar movidos por la necesidad,
seguramente las estrategias estarán atadas a las decisiones
del Banco o de la Institución que asista financieramente
a la empresa. Y la mejor manera de hacer los cambios es junto
con la gente. La empresa cambia cuando su gente cambia y se
redirecciona con nuevos objetivos y nuevas metas, cuando la
gente se involucra en esta reconversión.
Las
empresas deben concentrarse en la producción, las relaciones
humanas y la calidad si quieren formar parte de las organizaciones
que perdurarán en el tiempo. Vale recordar que la edad
de las empresas disminuye cada vez más, contrariamente
a lo que ocurre con los seres humanos gracias a los adelantos
de la medicina. Mercados globalizados y extremadamente competitivos
y altamente exigentes son la razón en la mayor parte
de los casos.
La
realidad es que en los negocios sigue sin haber recetas mágicas,
pero sí puede parecer mágico el efecto que se
logra con un equipo de gente comprometida, motivada, validada
y alineada hacia un objetivo común.
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