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Independientemente
de la envergadura de la empresa, solemos trabajar en equipo
porque entendemos que así se obtienen mejores resultados.
Los grupos, aun nuevos y pequeños, deberán estar
estructurados y ordenados, con sus correspondientes jerarquías,
porque los mismos integrantes requieren este orden. A la gente
le gusta conocer las reglas en el ámbito en el que
se desenvuelven. Las necesita, incluso, para crear. Conocer
los límites les da seguridad cuando se establece el
espacio de libertad que cada empleado requiere para desarrollarse
en función de los objetivos del grupo y, claro, afectarlo
positivamente.
Es
entonces cuando percibimos (a veces tarde, otras a tiempo)
que somos jefes y... ¿esto como se hace? “Marcaré
distancias para que sepan que soy el jefe”, o bien “trabajaré
al nivel de ellos creando un clima informal para que se sientan
mejor”, podrá plantearse el líder incipiente.
Imaginemos
ahora una gran estructura: el brillante Licenciado en Marketing
con amplia experiencia y un listado interminable de cursos
es nombrado Gerente del sector. Tiene unas quince personas
a su cargo, algunas de los cuales han sido antiguos compañeros
de tarea (¡!). “Pero funcionará bien porque
tiene energía y sentido común”, dicen
sus directivos.
Pero
no. Ser Gerente requiere, más allá del área
o la especialización, estar preparado para trabajar
con la gente, estar predispuesto a este agotador intercambio
energético que es compartir un puñado de horas
diarias con un grupo que demanda de él una gran variedad
de cosas. Es un aprendizaje paralelo porque en términos
de conducción ya no se improvisa ni se manejan situaciones
por intuición. Y no está mal no saber conducir,
ya que no se enseña en ninguna carrera a ser jefe,
porque requiere básicamente de la práctica y
el error. Y porque uno no estudia marketing para tener gente
a cargo, trabajar con un equipo.
Esta
tarea requiere más esfuerzo, paciencia y dedicación
de lo que muchos imaginan. Aún se escucha decir por
ahí: “No puedo dejar mi oficina medio día
sin que las cosas no funcionen hasta mi regreso”, o
bien: “Qué bueno sería que me asciendan
a jefe para trabajar menos” ¡Error! Un buen Gerente
trabaja más que su gente, y como retorno espontáneo
e inevitable lo respetan por lo que es y no por su grado.
Este sí puede retirarse algunas horas, incluso días,
con la tranquilidad de tener un equipo trabajando en el mismo
sentido que él. Y conoce también el profundo
significado de la frase “la soledad del poder”,
pero es compensado cuando encuentra el apoyo incondicional
de sus conducidos.
No
aprendemos a delegar instintivamente. Porque delegar no es
nada menos que conformar un equipo de extensiones propias.
El equipo se maneja como un solo cuerpo. Como si fueran las
manos, los brazos; con la misma fluidez. Pero nada realmente
bueno ni duradero se consigue sin trabajo y sin dedicación.
Cuando vemos un grupo que trabaja sin quejarse, pero se comunica
eficazmente, que redoblan esfuerzos para conseguir objetivos,
que se sienten parte de la Compañía y que están
orgullosos del lugar que ocupan (cualquiera que sea), allí
hay sin duda un gran Gerente.
Considero
de vital importancia para una empresa que quiere mantenerse
en un mercado altamente competitivo y alcanzar la excelencia,
no subestimar la importancia de tener jefes capacitados y
entrenados para serlo. En estos tiempos en los que no podemos
dar ventajas, un buen directivo cuenta con el apoyo de su
gente sin importar cuántos sean, y se comete con preocupante
frecuencia el error fatal, en muchos casos, de no reconocer
la complejidad que implica dirigir un grupo y, como consecuencia,
de no tomar las precauciones adecuadas para evitar un mal
mayor. La prevención en tal sentido se llama capacitación.
En
definitiva, en las crisis (que son inevitables) lo que mantiene
firme una organización es el capital humano. Es la
base de la estructura que sostiene todo lo que suceda, positivo
o no, para la firma. Ellos constituyen los recursos humanos.
Y
eso es lo que son: un recurso que la mayoría de las
veces no sabemos aprovechar, con la consecuente insatisfacción
para nosotros y para ellos. Pero lo mejor de todo: es evitable.
Y está en nuestras manos.
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