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Frecuentemente
escucho hablar sobre la importancia de saber motivar al personal.
Se destinan horas de tiempo y de lectura a descubrir este
tesoro escondido, que se parece a un viejo arcón con
un libro enorme repleto de fórmulas mágicas.
Sin embargo esta es sólo la segunda parte de la historia.
NO SE PUEDE MOTIVAR SIN ESTAR MOTIVADO. Me he sorprendido
numerosas veces al ver a jefes novatos alcanzar objetivos
de líderes experimentados dentro de la misma empresa,
con escasa experiencia pero mucho entusiasmo. La técnica
se veía reemplazada por el alto grado de auto-motivación
de personas que aún no habían “sufrido”
los avatares de la tarea de conducir y tenían la ilusión
intacta, como muchos de nosotros tuvimos una vez.
La
mayoría de las personas que trabajan con gente a cargo
no son actores ni deben serlo.
Y
de saber actuar (que a veces es necesario, porque nos abstenemos
de mostrar cómo nos afectan nuestros problemas personales),
no daría resultado en forma sostenida porque siempre
terminan percibiéndolo. Lo que suele suceder es que
nuestra gente es nuestro espejo, y sin darnos cuenta un grupo
con el que estábamos trabajando muy bien, de pronto
se vuelve diferente. Aparecen roces, quejas y desgano sin
explicaciones aparentes. En esos casos, lo primero que deberemos
hacer es preguntarnos CÓMO ESTAMOS. Si somos honestos,
encontraremos la respuesta.
Pero
cuidado, porque la tendencia es buscar los errores afuera
y es necesario ser muy íntegros y maduros para, en
primer lugar, reconocernos humanos y falibles; y en segundo
lugar, saber que si la mayoría de las veces la motivación
de nuestra gente parte de nosotros, el problema se simplifica:
debemos trabajar más sobre nosotros mismos.
He
aquí una de las razones por las que tener gente a cargo
de manera responsable es una tarea tan agotadora. El líder
de equipo que toma en serio su labor se siente a menudo sin
fuerzas, cansado y abatido, porque sus conducidos se alimentan
de su voluntad. Y la “vitamina” principal para
recuperarse suele ser aquello que la gente nos devuelve con
objetivos cumplidos, buena disposición, entusiasmo
y, por qué no, reconocimiento de ellos a nuestro esfuerzo
por intentar hacerlos mejores cada día. Es en este
punto cuando recuerda lo bueno que es ser un buen regente.
Sin
embargo, para ser líder es necesario ser un generador
personal de energía, sobre todo cuando además
su propio jefe no colabora en este sentido. Y se encuentra
solo.
El
buen jefe trabaja mucho consigo mismo, se preocupa por estar
bien, equilibrado, en armonía, relajado, motivado y
saludable, porque de otra manera no tendría nada para
dar.
Esto
es una afirmación, vale decir, no hay dudas sobre este
concepto. Pensemos al revés: ¿Qué se
puede esperar de un líder desganado, enfermo, ansioso,
preocupado, cansado y triste? ¿Que sepa disimular?
¿Cuánto tardaríamos en percibirlo?
Miremos
hacia adentro unos instantes y preguntémonos cómo
estamos en todos estos sentidos. El tiempo que dediquemos
a sentirnos bien (viajes, meditación, gimnasia, dietas
de salud, salidas, lecturas nutritivas, etc.) se volcará
luego en las personas que nos preocupan, cuando perciban que
su jefe es feliz, porque la herramienta secreta de ese líder
es SABER que el buen ánimo y la plenitud son tan contagiosos
como el bostezo. La primera persona que tenemos a cargo somos
nosotros mismos, y si no nos sabemos motivar y conducir, no
podemos pretender hacerlo con los demás sino con grandes
dificultades.
Esta
es una de las razones por las que siempre me ha gustado liderar:
mi gente me ha “obligado” a crecer porque sin
pedirlo, claro está, me llevaron a descubrir que debo
averiguar permanentemente formas creativas y renovadas de
buscar mi propia felicidad.
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