Jorge
recibe una llamada de un compañero de trabajo
que le dice que su presentación ante el Directorio
de ayer no fue buena, estuvo lenta, aburrida y las diapositivas
tenían mucha información. Un jefe llama
a su empleado para comentar su evaluación de
desempeño. Una empresa no se adjudica una licitación
y nunca se entera por qué. Un amigo comparte
su proyecto y cuando nos pregunta qué nos parece,
nosotros le respondemos: “Muy bien, amigo mío,
adelante” (con una palmadita en el hombro), porque
el aprecio es grande y no queremos desanimarlo. Alguien
lee un artículo que el autor comparte en forma
gratuita y no se molesta en emitir ningún comentario
positivo o negativo.
¿En
cuáles de estos casos hay feedback y en cuáles
sólo una opinión?
Es
muy diferente una opinión a un feedback. Las
opiniones están centradas en uno mismo, por lo
general son reflejo de las debilidades de quien las
emite. En éstas fluye toda la emoción
que experimenta el individuo y en ningún momento
se piensa en la utilidad de quien recibe su opinión.
Cuando uno se centra en las debilidades del otro, se
convierte en lo que denominamos en la jerga popular
una “crítica destructiva”.
El
feedback, en cambio, es un acto mucho más completo
y con alto valor agregado, principalmente porque el
centro de entrega es el otro. Claro que quien decide
dar un feedback asume un grado de responsabilidad no
menor: debe dedicarle más tiempo, debe procesar
la información, aumentar el conocimiento del
otro y del tema en cuestión, elegir el momento
adecuado, ser buen comunicador, etcétera, es
decir, debe prepararse, y ésto no es cosa común
en nuestra cultura latina.
Por
definición, el feedback no es un reto, una crítica,
una censura o una opinión. Es una forma de hacer
que la persona mejore a partir del entendimiento de
su performance, observada desde afuera.
Hay
dos tipos básicos de feedback: el feedback continuo
y el específico. El primero es dado en las empresas
como parte integrante del proceso de evaluación
de desempeño. También lo observamos en
el deporte, un buen ejemplo es la Fórmula 1,
donde hay todo un equipo dando feedback en forma permanente
al piloto. El específico es para corregir o mejorar
un procedimiento o comportamiento, no necesariamente
en ambiente laboral.
El
feedback continuo debe tener fechas establecidas de
común acuerdo y debe tener una periodicidad que
sea viable y respetada. Por otro lado, el feedback específico
debe ser dado “en el momento correcto”,
de forma de no dejar que la performance empeore.
Es
importante destacar que el feedback es individual. El
“cómo” juega un rol principal, dado
que nos importa la recepción del mensaje. El
jefe o la persona que va a dar el feedback debe contar
con la información preparada. Una de las razones
más comunes de la falta de éxito en dar
feedback es la falta de planificación. Aquel
tipo de jefe “déjenlo conmigo”, constituye
un desastre a la hora de dar feedback.
El
proceso de feedback supone que quien lo da, conoce el
objetivo que tiene la otra persona, es decir, qué
resultados quiere lograr.
La
conversación en sí es rápida y
debe comenzar siempre por la evaluación de los
puntos fuertes. Pero en Latinoamérica, cualquier
comentario acerca de la debilidad se toma como agresión
u ofensa, mientras que en las culturas anglosajonas
esto no es necesario.
En
seguida, se habla de los puntos débiles, siempre
con una evaluación clara, sin utilizar frases
como: “parece que usted está llegando atrasado”.
Ese tipo de frases no contribuye a la confianza mutua
y puede ser tomado como una ironía. El feedback
orientado a una debilidad debe ser directo, claro y
con amor. La continuación de la conversación
debe ser orientada a la corrección, con preguntas
como: “¿qué puedo hacer para ayudarlo?”.
Algunas veces, lo que el subordinado más siente
es la falta de apoyo, incentivo y comunicación.
En
los casos de feedback continuo, termina con una propuesta
de desarrollo, pero que va a tener que ser monitoreada.
El proceso es constructivo, pero no puede ser complaciente.
Para ser eficaz y respetado, el feedback tiene que ser
íntegro, claro, amigo y ético. Y lo que
se acuerde debe ser cumplido.
Es
muy común en nuestra cultura que muchos no se
atrevan a dar feedback a alguien por temor a ofenderlo,
y por lo tanto es necesario siempre preguntar si el
receptor lo quiere. En algunos casos se debe motivar
a que la persona lo reciba, porque es bueno para él.
Claro,
después de lo complejo que resulta dar feedback
y la responsabilidad que conlleva, es entendible que
nadie tenga siempre intención de darlo. Pero
el feedback es parte de la acción de liderazgo
que asumen sólo algunas personas.
Ya
aprendimos después de muchas capacitaciones que
las personas aprenden de sus propios errores, y que
verse los errores uno mismo es muy difícil. Entonces,
¿cómo vamos a aprender si nadie nos da
feed-back?
Piense
en eso, porque para recibir hay que dar. |