Póngase
una mano en el corazón y recuerde el último
curso de liderazgo y/o motivación y/o trabajo en equipo
y/o coaching y/o relaciones interpersonales y otras tantas
capacidades asociadas al ejercicio del liderazgo, al cual
haya asistido, o bien le haya tocado mandar a alguien de su
empresa.
Se
supone que quienes hayan participado de dicho entrenamiento,
entre otras cosas, habrán logrado, casi sin darse cuenta,
“ser verdaderos líderes” (según
recuerdo, así decía la promoción reciente
de una de estas actividades).
Ahora
bien, recurro a su franqueza invitándolo a que por
favor conteste estas preguntas:
¿Qué
impacto directo generó ese entrenamiento en el cumplimiento
del número final al cual usted, o quienes haya enviado,
debían llegar en términos de objetivos de negocio?
¿Cómo se llevaron a la práctica diaria
bellas palabras como “neurolingüística”,
“calibrado visual”, “asertividad”,
“receptividad”, “liderazgo centrado en personas”,
“empatía”, entre otras, cuando a su jefe
lo único que le interesa saber es cómo va a
hacer usted para llegar al 20% de rentabilidad este ejercicio
o abrir ese maldito canal de distribución antes que
la competencia?
¿Cómo
hizo para que el efecto motivador post-curso durara poco más
de una semana?
Buenos
instructores, rica comida, salón cómodo, excelente
material… pero, ¿recuerda qué sensación
tuvo el primer día después del curso al ver
a su jefe, colegas y colaboradores, corriendo detrás
del número, atrapados por la diaria? ¿Cómo
era eso que decía la teoría de “Mr. Young”,
escrita hace 20 años para una realidad primer mundista
y, por lo tanto, poco aplicable en Argentina 2006?
Sáqueme
de la duda, ¿cómo se las arregló para
trasladar las mejores prácticas de liderazgo de General
Motors que le enseñaron, a su empresa que es una Pyme
de 300 personas con problemas de descontento salarial y con
dificultades para que le otorguen un crédito?
Y
fundamentalmente, ¿pudo verificar y medir la evolución
de sus comportamientos relacionados con el liderazgo y su
impacto directo en el cumplimiento de sus objetivos? ¿Ayudó
dicha capacitación a usted o a su empresa a medir el
retorno de la inversión efectuada, en términos
de su propio desempeño, o del de aquel a quien envió
a dicho curso?
De
curso... a desarrollo de
comportamientos ligados a objetivos
Es
evidente que la oferta actual de formación en liderazgo
(salvo distinguidas excepciones), está muy lejos de
ayudarlo a contestar estas preguntas, por lo tanto aquí
está la primera paradoja: Se pretende desarrollar comportamientos
que luego no son medidos en términos del impacto en
los objetivos de negocio de quien contrata dicho curso. Recuerde
en tal sentido un viejo axioma del management: “lo que
no se mide, no se cambia, y lo que no se cambia, no se mejora”.
Y no tenga duda de que la evolución de los comportamientos
que pretenden mejorarse, puede (y debe) medirse, cambiarse
y mejorarse.
El
siguiente cuadro representa los ejes en los cuales estamos
trabajando en dicho cambio, de acuerdo a distintas aplicaciones
desarrolladas en nuestros clientes de Argentina y Latinoamérica:

De
esta manera la capacitación tradicional vía
curso migra hacia un proceso metodológico que permite
alinear y medir cambios en los comportamientos individuales
y de equipos de trabajo y su correspondiente impacto en los
objetivos de negocio.
Un
ejemplo…
“Los
llevamos a hacer cabalgatas, a navegar, los nombramos líderes
del cambio, fueron a cuanto curso de liderazgo te imagines...,
gastamos los dólares que también te imagines...
Y mira los resultados del sector!!”, –bramaba
no mucho tiempo atrás frente a mí el Director
Comercial de una importante empresa de servicios.
Y
continuó... ”Sólo sé una cosa:
no quiero más cursos, ni outdoors, ni nada”.
Palabras
más, palabras menos, queja recurrente. Este ejecutivo
no cuestionaba las cualidades técnicas de los miembros
de su equipo. Su preocupación no eran las aptitudes...
sino las actitudes, y los comportamientos de dicho equipo,
que impactaban directa y negativamente en una meta comercial...
ni más, ni menos.
Este
comentario representa la “crisis” del modelo de
formación de líderes vigente, al que considero
lejano al negocio, caro, teórico, imposible de mensurar
en términos de metas de negocio y reactivo a cuanta
moda y/o gurú llegue de afuera, con recetas muy lindas
pero difíciles de aplicar.
Los
casos de éxito en los que en mi carácter de
Consultor me toca intervenir tienen cuatro características
salientes que van más allá del rubro y tamaño
de las empresas que optan ya no por tomar cursos, sino por
adentrarse en un verdadero proceso de cambio, orientado a
desarrollar comportamientos de liderazgo orientados al negocio:
1.
Cuentan con un área de Recursos Humanos involucrada
y autopercibida como “dueña” del negocio;
con voluntad de entender la problemática de otros departamentos
(a la sazón, sus clientes internos), dejando de lado
el tradicional rol de “compradora /proveedora de cursos”.
2.
Un total convencimiento por parte de los “número
uno” de la organización o área específica,
de invertir tal vez más tiempo en desarrollar hábitos
y comportamientos ligados a objetivos, pero con la certeza
de contar con mediciones y modificaciones continuas y concretas
de la efectividad del liderazgo y su impacto en resultados
de la empresa.
3.
La importancia de traducir estos resultados a la evaluación
de desempeño de los líderes inmersos en este
proceso de cambio y su impacto en bonus, premios, etc.
4.
Estas empresas saben (o las ayudamos a que sepan) acerca de
la importancia de operacionalizar (convertir en comportamientos
medibles y observables), los desafíos de sus líderes.
Por ejemplo, “nuestros líderes deben marcar la
diferencia”: ¿qué significa eso en términos
de incremento de la rentabilidad?, ¿qué es para
esta Compañía “marcar la diferencia”?,
¿qué comportamientos concretos hay detrás
de esa frase? ¿Es lo mismo “marcar la diferencia”
para un líder comercial que para otro de sistemas?
En
definitiva…
No
proclamo una posición “anti curso”; sí
digo que la capacitación tradicional debe formar parte
de un proceso mucho más integral y sistémico
de cambio, donde el curso es parte de ese proceso y no el
proceso en sí mismo.
En
tal sentido es tiempo de que cada uno desde su rol (responsables
de Gestión Humana, Consultores, Capacitadores, Diseñadores)
propicie que la capacitación empresaria, especialmente
aquella con pretensiones de desarrollar actuales o futuros
líderes, haga su propia “reconversión”
y asuma que las necesidades, y sobre todo los enfoques, deben
revisarse.
Este
“turnaround” pasa por asumir que hoy las cosas
van mucho más allá de desarrollar cualidades
personales en “ocho horas curso”, sino que involucra
ante todo el trabajo a nivel corporativo en los siguientes
aspectos:
–
Revisión de los sistemas de valores de la organización.
–
Definición en base a dichos valores sobre qué
rol se espera del liderazgo para el logro de los objetivos
de negocio.
–
Creación de los comportamientos asociados con el concepto
de liderazgo definido.
–
Desarrollo de habilidades y actitudes personales de liderazgo
sobre la base de los valores definidos.
–
Evaluación constante del desempeño de los líderes
en el cumplimiento de dichos comportamientos.
–
Medición del impacto que el rol de liderazgo genera
en los objetivos de negocio.
Solamente
olvidaba decirle que, como aluden muchas promociones de cursos,
“este artículo cambiará rápidamente
su vida y además, obtendrá resultados que hoy
ni siquiera soñaba”. Hágame caso…
no se lo crea!!
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