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Suena
bien, ¿verdad?... seguramente a lo largo de su carrera
profesional mucho le han hablado –y me temo que poco
ha visto implementar– de principios, conductas y prácticas
coherentes con esos valores corporativos proclamados en convenciones
o en costosos folletos.
En
mis años como consultor, el mejorable más importante,
y a su vez más complejo de revertir que observo a diario,
tiene que ver con la falta de integridad entre lo que muchas
empresas proclaman como valores, y las actitudes y conductas
de ciertas personas, más allá de sus jerarquías.
Nótese que hablo de personas que se comportan, no de
organizaciones que se comportan: intentar esconder o amortiguar
comportamientos y decisiones detrás de “la empresa”
es un desvalor en sí mismo.
Evidentemente,
el tema de la práctica de los valores se torna mucho
más complejo cuando usted tiene el desafío de
conducir gente hacia el logro de ciertos objetivos, cuya concreción
a menudo poco tienen que ver con los valores proclamados por
esa organización, ya sea en materia de trato a su personal,
servicio al cliente, prácticas comerciales, etc.
El
management por valores
El
Management, o la Dirección por Valores, es un enfoque
relativamente “nuevo” y constituye el aporte de
la Antropología a las ciencias empresariales. En países
como Francia, cuna de esta escuela, e Inglaterra, es cada
vez más común ver trabajar a antropólogos
y sociólogos, construyendo el puente que una los valores
con las actitudes, las habilidades y los comportamientos requeridos
para el logro de los objetivos del negocio, basados en dichos
valores.
Sintéticamente,
podríamos resumir la base de la dirección por
valores de esta manera:

–
Los valores se encargan de traducir nuestro sistema de creencias
más profundas; es decir, la forma en que nos representamos
y percibimos la realidad y sus consecuencias. En el ámbito
organizacional los valores y creencias, en general, versan
sobre la importancia de los factores de poder, la influencia
otorgable a las jerarquías, autoritarismo vs. participación,
individualismo vs. cooperación, administración
del conflicto, adaptación al entorno, estilos de liderazgo
y conducción de personas, etc. De esta manera, asociando
valores a nuestro sistema de creencias, inferimos a qué
cosas le otorgamos o no valor. Si usted cree en la importancia
de las personas para lograr objetivos, éstas, para
usted, se constituirán en valor. El valor no es tal
si no creemos previamente en lo que valoramos; o dicho de
otra manera: para valorar, hay que creer. En consecuencia,
los valores nos permiten entrar en relación. De hecho,
sucede que cuando un grupo o persona tiene problemas con otro
es porque no conoce los valores del otro, produciéndose
un “choque” de creencias, que muchas veces termina
en desvinculaciones, conflictos y desempeños irregulares.
¿Y todo por qué?, porque no hay convergencia
de valores entre las partes involucradas.
–
Los principios de acción constituyen la aplicación
de los valores y la experimentación de los mismos.
El principio traduce el valor. El valor se transforma en principio
cuando todos en la empresa lo practican. Ciertas empresas
proclaman como valor el trato a su personal, pero cuando uno
las “estudia”, observa que ese valor no es implementado,
por lo tanto las personas no constituyen, deliberadamente
o no, un principio de acción rector para el logro de
su estrategia.
–
De esta manera llegamos a las Normas. Las mismas son cláusulas
que dicen cómo hay que hacer las cosas. La norma regula
la aplicación de los principios; caso contrario, cada
uno normaría según sus principios, dando origen
a un peligroso camino hacia la anomia organizacional, estado
al que se arriba cuando los valores no son compartidos por
todos.
–
Solamente si norma y principio están claros, usted
podrá esperar compromiso; si no se bajan norma y principio
a la práctica, no hay compromiso, habrá acatamiento
(“lo hago porque no me queda otra, o porque el jefe
lo dice...”). Muchas organizaciones aún creen
que el compromiso se logra a través de un curso de
capacitación o con un bonus anual. El compromiso se
logra desde el ejemplo y la práctica de los valores
por parte de la Dirección.
–
Definiendo el marco axioloógico o valorativo de su
organización, usted estará en condiciones de
fijar objetivos acorde con sus valores. Este enfoque propone
dar una visión complementaria a la APO (Administración
por Objetivos); enfoque de administración que se orienta
al logro de resultados, y donde cada puesto define objetivos
en términos de resultados a lograr y no de actividades;
mucho menos de valores.
–
Como el lector habrá percibido, estamos recorriendo
el iceberg desde la profundidad hasta la superficie. La parte
visible del mismo lo constituyen las conductas, que son formas
de proceder, con arreglo al sistema de valores. Un error recurrente
en muchas organizaciones es suponer que con sólo desarrollar
conductas y habilidades la gente se alinea automáticamente
a los valores; de esta manera malgastan tiempo, dinero y entusiasmo
en cursos de capacitación que si bien siempre suman,
no van al fondo del problema que es, en muchos casos, revisar
su sistema de valores. Observo a menudo personas muy motivadas
que luego de haber asistido, por ejemplo, a un programa de
Coaching, que pudo haber contribuido a desarrollar ciertas
habilidades y a tomar conciencia de modificar ciertas conductas,
se dan cuenta, con no poca frustración, que no pueden
aplicarlo. ¿Se ha detenido alguna vez a analizar el
costo de esta situación?
Esto
sucede porque la Dirección, o su “Jefe”,
no creen en el Coaching, y como dijimos antes, si no cree...
no valora. Por lo tanto el problema principal de esa empresa,
y me temo que de la gran mayoría, no es de habilidades
sino de valores, y por ahí debieran empezar a trabajar.
Para
lograr integridad entre lo proclamado y lo practicado, será
necesario acompañar a las personas a que gradual pero
sostenidamente, vayan incorporando, y fundamentalmente practicando,
los valores establecidos, a fin de que los mismos se conviertan
en principios de acción perdurables. Es en este punto
donde el liderazgo, a todo nivel de la organización,
se constituye en el propagador de estos valores. Esta será
la misión fundamental del liderazgo en el siglo XXI.
La
implementación de un cambio de esta naturaleza no solamente
se logrará comprendiendo y aceptando los valores; éstos
deberán ser practicados e internalizados con el respaldo
de las habilidades, conductas y competencias necesarias para
que se constituyan en principios, conductas y comportamientos
rectores válidos para todos los niveles de la compañía.
Este
tránsito supone un importante baño de humildad
para todos, de “arriba hacia abajo”, ya que implica
aprender a desaprender; o sea, a revisar un camino ya recorrido
y a modificar rutas, lo que implica introducirse en un importante
proceso de transformación. El desafío, pues,
será facilitar este cambio, de manera que los valores
no sean percibidos por las personas como un “manifesto
de buenas intenciones”, sino que sean entendidos como
el eje que defina y determine actitudes, aptitudes y formas
de “sentir y hacer” el negocio. |
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