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Muchas
veces hablamos de la negociación como una herramienta
o método alternativo de resolución de conflictos,
concepto que, efectivamente, va con su esencia o propósito.
En esa línea, nos esforzamos por definir claramente
cuál será la estrategia a seguir, teniendo en
cuenta –entre otras cuestiones– el ámbito
en el que se desarrollará la negociación, el
interlocutor, el tema sometido a investigación y la
información que debemos obtener para comenzar o dar
inicio a una mesa de negociadora.
Estas
cuestiones, de hecho, constituyen la base sobre la cual construiremos
alternativas que hagan viable una propuesta y un cierre de
acuerdo potable y duradero para las partes.
Pero
estos elementos no son por sí solos suficientes, pues
falta uno de los condimentos que hacen a la propia esencia
de la práctica negociadora, como es el análisis
del “perfil del negociador”,
entendido como el reconocimiento que el propio negociador
hace de sí mismo en función del rol que desempeña
en cada caso particular. Es hacer una suerte de introspección
para analizar si efectivamente nos estamos comportando como
negociadores o sólo como intermediarios, defendiendo
–en este último caso– a nuestro cliente
con la acotada finalidad de alivianar la situación
conflictiva sin analizar las consecuencias que el incumplimiento
de lo acordado puede generar a futuro, por haber sido instrumentado
sólo a los fines de “paliar la situación
inmediata”.
Es
que ser negociador no sólo implica tomar conciencia
de la situación, del comportamiento o motivación
del otro, sino también de la propia. Por tanto, si
somos concientes de cuáles son nuestros puntos fuertes
y cuáles los débiles al tiempo de negociar,
será un muy buen comienzo para madurar esta habilidad.
Cierto
es que no resulta fácil analizar el propio estilo,
y mucho menos poder ver con claridad nuestro comportamiento
cuando negociamos, pero vale la pena que nos tomemos ese trabajo,
pues ello nos permitirá mejorar nuestro nivel no sólo
en la actividad diaria, sino también en la vida personal.
De
modo que, a partir del reconocimiento del perfil que podamos
hacer sobre nosotros antes y después de cada negociación,
de seguro encontraremos la posibilidad de identificar más
claramente nuestras técnicas y analizar qué
tan “flexibles” somos al tiempo de implementarlas,
por ejemplo como la de potenciar nuestras habilidades ante
un “giro” de estrategia en situaciones que cambian
de manera inesperada.
Entonces,
comencemos por el principio: ¿cómo identificamos
nuestro estilo negociador? La idea es saber si somos de confrontar
fácilmente con nuestro interlocutor, si tenemos el
estilo de ceder por temor a que el conflicto recrudezca, si
sentimos que fracasamos si no conseguimos negociar lo que
teníamos pensado, si dejamos hablarle a nuestro interlocutor
pidiéndole detalles sobre la información que
nos proporciona, o nos limitamos a interrumpirlo o a no escucharlo.
Podría seguir con cantidades de preguntas, pero creo
que las enunciadas facilitarán el objetivo que pretende
sintetizarse en estas líneas.
Para
analizar “prima facie” estas cuestiones, no estará
de más conversar con algunas personas de nuestro entorno,
para que puedan darnos su parecer acerca de cómo nos
ven en acción. No es necesario que ellos sean negociadores,
pero sí que sean allegados y que sepan de su actividad
habitual. Ellos, seguramente, hablarán con total claridad
y podrán dar una más clara referencia en relación
a nuestras “fortalezas y debilidades” como negociador.
Claro
que estas referencias serán entendidas en su más
amplia acepción, puesto que en algunas negociaciones
lo que puede considerarse como fortaleza puede no resultar
así en otra. Esto es muy frecuente verlo en el caso
de negociaciones internacionales, donde los interlocutores
provienen de distintas culturas, y lo que para nosotros puede
ser por ejemplo un halago porque es de estilo en nuestro país
y se sabe que gusta, puede no resultar igual en otro país
o continente, donde lo cultural es por demás diverso
y heterogéneo.
Ahora
bien, el análisis que nos permita definir nuestras
fortalezas y debilidades, indefectiblemente nos deberá
llevar a trabajar sobre estos puntos potenciando los “fuertes”
y trabajando los “débiles”. Saber acerca
de lo que “debemos mejorar” es sumamente importante
y constituye el pilar de todo cambio y el camino para mejorar
el “perfil negociador”.
Pero
volvamos un poco atrás para así reformular alguno
de nuestros interrogantes, por ejemplo, en el caso del negociador
que confronta: Obviamente, la contracara de esta postura es
tratar de trabajar sobre un enfoque más flexible ante
la situación que se plantea en la mesa negociadora.
No obstante, debe tenerse mucho cuidado de no caer en los
extremos y así ir de la dureza absoluta a la concesión
infundada.
En
estos casos será necesario fijar algunos límites
a partir de los cuales podrá inferirse hasta dónde
ceder y cuándo mantener su postura pues, si se comienza
una negociación con la idea de ganar el cien por cien
de los objetivos (posición inflexible) y sólo
se obtiene el cuarenta, es muy probable que el negociador
quede absolutamente desmotivado y frustrado, lo que malogrará
no sólo el resultado de esa negociación, sino
también cuanta otra que quiera llevar a cabo. La flexibilidad
adecuada y razonable nos permitirá resolver otras dos
cuestiones como la de ceder cuando sea necesario, sin frustrarnos
por ello.
Ahora
bien, respecto a la información y los detalles aportados
por nuestro interlocutor, habría que preguntarnos si
son suficientes los proporcionados o si será necesario
un “trabajo de investigación” previo para
hacer mucho más fluido el ámbito de información
en la mesa negociadora. No cabe duda que el lograr una información
previa y –de ser posible– con bastante anterioridad
al día de comienzo de las negociaciones, nos va a dar
la seguridad del “saber del otro”, y ello conlleva
que las preguntas que se le hagan al interlocutor sean razonables
y coherentes, elementos éstos que, sin duda, harán
lograr los objetivos deseados.
Esta
cuestión, decididamente, está relacionada con
otra habilidad, como es la de la escucha activa. Este será
un atributo que –de seguro– será contemplado
por la otra parte llevándolo hacia una actitud positiva
en torno a la cuestión sometida a negociación.
Por
cierto, todas estas habilidades marcarán el perfil
del negociador y se irán adquiriendo a partir de las
experiencias que cada uno saque de estas situaciones y del
análisis de la propia conducta o postura que hayamos
adoptado en cada situación en particular.
No
quisiera terminar este material sin dedicarle unos párrafos
a la interpretación del lenguaje no verbal, absolutamente
instalado desde el comienzo y hasta el final de toda negociación
pues, como ya se dijo, el saber escuchar, el ser flexible
cuando corresponda, el obtener información previa de
la cuestión sometida a análisis, son elementos
por demás “tangibles”, y todo lo relacionado
con “lo corporal”, sean gestos, expresiones del
rostro, tonos de voz, posición de manos y piernas,
etc., tienen que ver más con lo “inconsciente”,
de modo que resulta mucho más difícil de manejar.
De
hecho, ¿quién puede manejar la cara de “susto”
que nos produce la brusca caída de un objeto a nuestras
espaldas? Bueno, algo similar sucede en una mesa negociadora
cuando se escuchan posturas o cuestiones que nos sacan de
situación porque no podemos resolverlas, no las esperábamos,
o sencillamente no sabemos qué decir. Nuestro rostro
develará ese impedimento o preocupación, y será
el que se ocupe de hablar por nosotros.
Pues
bien, a esta altura podríamos decir que el lenguaje
no verbal corresponde “a toda aquella información
que nos llega a través de nuestros sentidos”,
por tanto, resulta de suma importancia tomar conciencia de
nuestros gestos que, de hecho, transmiten mensajes.
Finalmente,
la conjunción de todos estos aspectos marcará,
sin duda, el “perfil de negociador” que usted
deseará o elegirá ser. Lo gestual, lo no gestual,
la información previa sobre el tema sometido a negociación,
el conocimiento, la condescendencia –entre otras habilidades–
son las que pueden ser adquiridas a través de la práctica
negociadora con un interesante desafío, como es el
de potenciar al máximo estas cualidades, con la certeza
de su “fluctuación” según las circunstancias
de tiempo y lugar, para así adaptarlas a cada situación
en particular. Lograr una conjunción armoniosa entre
todas estas habilidades constituye un pilar fundamental para
ganar prestigio como negociador, llevando a cabo la conclusión
de acuerdos válidos, duraderos y confiables sobre la
base del tipo “ganador-ganador”. |
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