El
trabajo profesional está lleno de situaciones que nunca
formaron parte de lo que nuestros excelentes profesores nos
enseñaron en la universidad. La práctica fue
enriqueciendo aquellas enseñanzas y produjo numerosas
variantes que modificaron muchas de las reglas del juego o
simplemente las movieron un poco de sus lugares originales.
También es cierto que los entornos, los protagonistas
y el nivel de conocimientos cambiaron, para bien o para mal.
El diseño y rediseño de sistemas organizativos
no ha escapado a esta ola renovadora.
El
diseño organizativo es un tema muy democrático.
Cualquier persona se considera con posibilidades para opinar
sobre una organización existente, definir cuáles
son sus principales fallas, proponer los arreglos que debieran
hacerse e incluso hacer diseños completos si le proveen
de pizarra, plumones y además lo dejan hablar.
Sin
embargo, lo cierto es que es un terreno lleno de sorpresas,
contradicciones, mitos e incluso paradojas. Me he tomado el
trabajo de relacionar, al menos las que más me han
llamado la atención por su importancia y por su permanencia,
aunque estoy seguro que otros profesionales tendrán
sus propias listas igualmente valiosas. Les he dado nombres
poco convencionales que tratan de reflejar sus rasgos principales:
- El
ojo del amo y el caballo flaco
- El
mito de la departamentalización
- Luz
roja a las malas noticias
- Odio
las contradicciones
- Quiero
una estructura fuerte, estable y consolidada
- Si
no los controlo, no trabajan
- Los
niveles jerárquicos y el elefante
- El
límite de las normas
- ¿Por
qué no me enteré?
- Los
organigramas mienten cada vez más
- La
burocracia se digitaliza
El
ojo del amo y el caballo flaco
Un
refrán dice “el ojo del amo engorda el caballo”,
otro establece “si no le pasas la mano personalmente,
te dan gato por liebre”. Eso está muy bien para
los que tienen un solo caballo o se van a comer una sola liebre.
En materia de sistemas organizativos esta concepción,
muy generalizada por cierto, produce lo que podemos llamar
“caballos flacos”. Incluso, como casi siempre,
hay otros refranes que dicen lo contrario, como éste:
“el que mucho abarca, poco aprieta”, que es algo
así como la síntesis de una dirección
correcta en los procesos de conducir una organización.
La
mayoría de estas actitudes responde a un criterio de
algunos directivos en el sentido de que su poder reside en
tener todas las riendas en sus manos y que no se mueva nada
sin contar con él (o ella), por lo que requiere disponer
de un puño grande para que todos los empleados quepan
ahí y un puño fuerte para descargarlo sobre
la espalda de los descarriados. A este concepto subordinan
la organización que quieren que les sea diseñada.
Uno
de los grandes desastres que la historia de la administración
registra como consecuencia de este mito, es el de Henry Ford
que, después de haber creado un verdadero imperio en
la construcción de coches y haber convertido el automóvil
en un producto popular accesible a las masas, llevó
esa propia industria a la quiebra (sólo salvada por
la intervención del gobierno norteamericano) por su
manía obsesiva de creer que “engordaba el caballo”
mientras perseguía cada acción y cada trabajador
y les hacía la vida imposible a todos. Pero el ejemplo
no es sólo histórico, también se puede
encontrar hoy día, y siempre está asociado a
un enfoque equivocado de cómo manejar el poder.
Una
organización efectiva descansa en la capacidad para
hacer que los demás hagan el trabajo que les corresponda
y darles la oportunidad para que tengan éxito o se
equivoquen. Esa, además, es la única forma de
medir su desempeño.
El
mito de la departamentalización
Desde
la época de la revolución industrial (siglo
18), el diseño organizacional se consideró fundamentalmente
como un proceso durante el cual usted metía personas
y recursos en unidades organizativas llamadas departamentos[1],
o sea descansaba sobre todo en la división de la entidad
en grupos de funciones, con un nombre que identificara cada
grupo. Este enfoque resultó útil durante muchos
años cuando no se conocían otras posibilidades
y las tecnologías gerenciales no habían surgido.
La
departamentalización es contradictoria en sí
misma, pues al mismo tiempo que une funciones o actividades,
las separa del resto. Dicho de otra forma, cada unidad organizativa
creada tiende a desarrollar su propia personalidad, su propia
cultura y sus propias fronteras. Por tanto, la organización
queda subdividida en grupos sociales menores, con una natural
tendencia a la individualización.
Hoy
en día la “magia” de la departamentalización
todavía circula por las venas de organizadores y ejecutivos,
pero esa propia concepción es la culpable de que muchas
entidades se hayan vuelto lentas, incapaces de reaccionar
ante los cambios del ambiente, de la competencia y de las
tecnologías y no hayan pasado de ser la suma de sus
departamentos y no el todo orgánico que debieran ser.
El
enfoque actual descansa en estructuras lo más modulares
posibles, constituidas por grupos autodirigidos con una fuerte
configuración de horizontalidad, verticalidad y transversalidad,
y donde se prioriza la integración. Dicho en síntesis,
se han debilitado intencionalmente las fronteras que distinguen
a cada departamento y se ha fortalecido el papel de sus interrelaciones.
Luz
roja a las malas noticias
Cuenta
la historia que Gengis Kan, aquel guerrero mongol que se hizo
famoso conquistando inmensos territorios a base de una mezcla
curiosa de genio militar y crueldad desenfrenada, tenía
la costumbre de tratar correctamente a los mensajeros que
les traían malas noticias y no ordenaba matarlos, que
era lo que aconsejaba hacer la tradición, con aquellos
que portaban el “correo del infortunio”. Sus enemigos
sí aplicaban la tradición y lo hacían
con mucho gusto.
Se
dice que la diferencia en trato benefició al Kan, pues
a los otros sólo les traían mensajes “positivos”
y, en algunos casos, lo que en lenguaje contemporáneo
denominamos “desinformación”. Todo hace
indicar que el Kan tenía un mejor olfato gerencial
que el de algunos ejecutivos actuales que no resisten a los
portadores del “correo del infortunio”, pues creen
que vienen a acabar con su tranquilidad, parecen demostrarles
que sus ideas o decisiones han tenido fallas y a veces ni
siquiera “maquillan” un poco el mensaje para que
sea más digerible.
En
realidad, las malas noticias, las críticas o los desacuerdos
no deben ser tratados como un problema sino como una excelente
oportunidad para mejorar. Mejor que estimular el acuerdo es
crear el terreno para que los diferentes puntos de vista se
expresen; mejor que indignarse y condenar a la guillotina
al que trae las malas noticias es darle luz verde para que
lleguen antes que las buenas. Lo contrario es crearse un mundo
idílico que más tarde o temprano termina en
pesadilla.
Odio
las contradicciones
Todo
diseño organizacional busca, quizás utópicamente,
alcanzar un cierto nivel de sinergia, es decir que el producto
final sea superior a la simple suma de colocar juntos individuos
y recursos. Muchas personas piensan que el truco está
en reducir al mínimo, o tal vez eliminar, las contradicciones
que se puedan producir entre servicios, niveles y departamentos,
dado que debe reinar la armonía, la unanimidad, y llevarse
todos como buenos hermanos.
Si
usted analiza que una organización es, entre otras
cosas, un sistema de clientes-proveedores-clientes, podrá
darse cuenta de que toda contradicción en esa dirección
evidencia que algo anda mal y que si trata de ocultarla no
la elimina, sino que actúa como aquella criada del
cuento que escondía la basura bajo la alfombra. Peor
aún es perseguir las contradicciones, pues las mata
antes de que nazcan
Por otra parte, algunas contradicciones deben ser, además
de permitidas, estimuladas dentro del diseño organizativo.
Son ejemplo de ésto los elementos que componen la división
del trabajo en los sistemas de control interno, los puntos
de vista diferentes entre los que fabrican y los que venden,
entre los estrategas y los operativos, entre los que diseñan
los sistemas y los que los utilizan, entre la comunidad y
los servicios públicos, entre las áreas de apoyo
y las de ejecución o entre los que quieren terminar
rápido y los que piden pensarlo mejor.
En
resumen, los sistemas organizativos deben construirse sobre
la base de asegurar que haya vía libre para todas aquellas
contradicciones que pueden contribuir a mantener el sistema
en constante proceso de mejora.
Quiero
una estructura fuerte, estable y consolidada
Este
fue siempre el sueño de los organizadores y de los
dueños y directores de las organizaciones. Una estructura
bien hecha, que dure muchos años y que no la abatan
ni terremotos ni ciclones.
Ese
sueño se ha hecho pedazos en los últimos años,
y el mejor ejemplo fueron las batallas que perdieron numerosas
grandes empresas norteamericanas al suponer que sus estructuras,
modo de organizarse y estilos de trabajo, eran “fuertes,
estables y consolidadas”, lo que les impidió
enfrentarse con éxito a las empresas japoneses, cuya
fortaleza no residía en la estructura organizativa
estable y consolidada sino en la capacidad para producir con
nuevas concepciones, adaptarse a diferentes escenarios, mercados
y dificultades, y negar por principio el culto a la estabilidad,
la tranquilidad y la autosuficiencia.
Por
lo tanto, en el mundo contemporáneo la estabilidad
ha dejado de ser un criterio de organización. Tampoco
es posible crear estructuras que sean excelentes durante muchos
años. Hay que trabajar en una dirección distinta,
la cual es construir soluciones con una capacidad mayor de
adaptabilidad y cambio, insistir más en las políticas
que en las normas y vincular más al personal con el
diseño y con su mantenimiento. Todo esto requiere que
tanto el organizador como su cliente estén en condiciones
de aplicar instrumentos basados en las técnicas del
cambio, el empoderamiento y la gestión del conocimiento.
Si
no los controlo, no trabajan
Un
jefe que yo tenía acostumbraba decir: “los empleados
son buenos, pero controlados son mejores”. Eso fue hace
muchos años, pero para mi sorpresa, muchos ejecutivos
contemporáneos han logrado mantener la idea e incluso
materializarla en la práctica, a pesar de que vivimos
otros tiempos.
Esta
concepción se refleja en el diseño de las organizaciones,
con graves consecuencias para el flujo de trabajo, la toma
de decisiones, el aporte de iniciativas, el tiempo dedicado
al trabajo efectivo y los costos, entre otros efectos negativos.
La
esencia del control no está en la cantidad sino en
la calidad. Nótese que los subordinados tienden a hacer
sólo lo que les controlan, lo que no quiere decir que
estén haciendo lo que hay que hacer. Por ejemplo, si
el jefe tiene obsesión porque las personas no se muevan
de su escritorio, todos cumplen, aunque la mayor parte del
tiempo la pasen jugando en la computadora con la última
versión de Harry Potter.
Diseñar
o rediseñar una organización para hacer del
control el motivo principal de su existencia, es el camino
más corto para que la gente no se dedique a trabajar,
sino a rendirle culto al dios del control, y debo decirle
que algunos son verdaderos expertos en ese juego. Lo más
terrible es que cuando los jefes encuentran que su obsesión
no da resultado, llegan a la excelente conclusión de
que “hay que aumentar los controles”.
Los
niveles jerárquicos y el elefante
¿Se
ha fijado cómo camina un elefante? Su andar es tan
pesado como él mismo. Es un animal extraordinariamente
fuerte, pero esa fortaleza no llega a compensar su volumen
y sus toneladas de peso, de manera que su andar fuera sencillo
y simple. Algo muy diferente es el puma, por ejemplo, ligero
de cuerpo y bello al andar y correr.
No
quiere esto decir que usted no pueda hacer organizaciones
gigantescas. El quid está en no construirla como un
elefante. Dos problemas reducen la posibilidad de una solución
como ésta. La primera son los niveles jerárquicos,
pues en la medida que aumenten, el fantasma del elefante está
cada vez más definido. Lo segundo es la creencia de
que una organización es monolítica sólo
cuando se aplica una fuerte centralización. Combinadas
ambas, el elefante ya se hace real, macizo y concreto.
Para
evitar crear una organización-elefante hay que concebirla
como un gran número de partes con alta capacidad de
acción independiente que no se unen por estructuras,
controles rígidos, procedimientos y concentración
de poder, sino por estrategias y políticas debidamente
comprendidas, aceptadas e incorporadas a la cultura común.
Cada parte tiene las mejores condiciones de adaptarse a su
propio entorno y de resolver sus problemas, pues está
más cerca del hecho económico o social.
De
esta forma, se prescinde del cuerpo monolítico gobernado
por un cerebro único que caracteriza al paquidermo
y se potencia el hecho real de disponer de muchos cerebros
capaces de conducir pequeños cuerpos articulados que
responden a estrategias y políticas comunes.
Varios
enfoques y tecnologías hacen posible esta concepción,
entre las que podemos destacar las redes y los sistemas informáticos,
la descentralización, el empoderamiento, los equipos
autodirigidos, el enfoque matricial, las gestión por
programas, las estructuras modulares y la gestión del
conocimiento. Sin embargo, todo eso es inútil si los
que deciden no tienen una vocación real, más
allá del discurso, acerca de cómo evitar crear
una organización-elefante.
El
límite de las normas
Una
norma (guía, estándar, procedimiento, etc.)
es una condición o un marco para la realización
de una tarea. Ayuda mucho, lo mismo a un médico que
atiende un caso de infección renal aguda, al editorialista
que debe arreglar los originales de los libros que se van
a publicar o al empleado que debe decidir si le otorga o no
un crédito a un cliente. En alguna medida, la norma
determina lo que es bueno o no en cierto momento.
La
norma es un tope, un marco o un rango dentro del cual el ejecutor
debe mantenerse, si no quiere que su cabeza vuele en pedazos.
Por tanto, es al mismo tiempo una limitación potencial
para el cambio y el desarrollo. Los procedimientos para la
atención de la infección renal aguda pueden
haber sufrido un cambio, pero la norma siguió igual.
El manejo del idioma escrito y los criterios de redacción
se han simplificado notablemente, pero el editorialista sigue
sujeto a las viejas normas. Otras empresas han cambiado, con
éxito, su concepción de cómo decidir
cuándo se otorga un crédito o no, pero la norma
en esta organización permanece la misma.
Lo
peor es que la norma, cualquiera que ésta sea, debe
ser aprendida y esto lleva tiempo y requiere esfuerzo. Su
empleo continuado se convierte con el tiempo en hábito
y su aplicación se vuelve casi mecánica. Pasa
a ser un paradigma a partir de cual se mide lo bien o lo mal
hecho. Por tanto, cualquier cambio enfrenta una cultura creada,
fortalecida y evaluada como buen desempeño.
Por
supuesto, no se puede diseñar un sistema organizativo
sin introducir o ratificar un número determinado de
normas. Hacerlo es peligroso, pues las personas necesitan
una guía para la acción. Unas organizaciones
requieren más normas que otras, pero el peligro está
en hacer un culto de ellas y considerarlas la panacea del
trabajo. Hay que tratar de que las personas estén mejor
preparadas y más empoderadas, con lo cual es posible
sustituir normas detalladas por normas genéricas y,
sobre todo, hay que cambiar la cultura y el culto a la norma
inconmovible, por una visión más dialéctica
de cómo los procesos se desarrollan en el mundo actual.
¿Por
qué no me enteré?
Muchos
jefes consideran que la mejor manifestación de su poder
es la capacidad que tiene la organización para mantenerlo
a él enterado de todo. Sin embargo, la historia demuestra
que la mejor forma de no enterarse es querer saberlo todo.
En
organizaciones diseñadas con esta concepción,
la información fluye hacia arriba en cantidades industriales,
sin clara discriminación de tiempo, importancia, jerarquía
o urgencia. Es algo así como “mucho pero poco”.
En muchas ocasiones los sistemas de información están
diseñados para complacer a la superioridad y no aportan
nada significativo a los informantes. Se vive para informarles.
De
esta forma, la mala noticia queda oculta dentro de muchas
buenas, lo urgente queda tapado por lo cotidiano, lo excepcional
desaparece aplastado por lo convencional y todo lo que se
necesite realmente para dirigir tiene la misma jerarquía
que lo innecesario. De esta manera, el riesgo de “no
enterarse” es directamente proporcional a la cantidad
de informaciones recibidas. Lamentablemente, es muy frecuente
que algunos personajes reaccionen pidiendo más información.
Una
de las técnicas más apropiadas para resolver
esto es la conocida información relevante que descansa
fundamentalmente en redes de información y sistemas
muy bien hechos orientados al trabajo gerencial. Sin embargo,
también se puede hacer sin esa técnica, empleando
mecanismos más clásicos pero vigentes aún,
tales como el control por excepción, el control selectivo,
el control orientado al usuario y otros parecidos.
Los
organigramas mienten cada vez más
El
amor a los organigramas es parte de la pasión de algunos
estudiosos de la organización. Sin embargo, estrictamente
hablando, un organigrama está lejos de describir realmente
el conjunto de funciones, interrelaciones, niveles de decisión,
grupos de poder, autoridad verdadera y modos de comunicación
del sistema.
Si
a lo anterior añadimos el proceso de cambios naturales
e inducidos que se producen en el sistema, tanto los imperceptibles
como los evidentes, se puede apreciar que el organigrama cada
día se va alejando más del sistema que intenta
describir. Además, la llamada organización
informal nunca puede reflejarse en un organigrama, y
en no pocas ocasiones representa el verdadero poder.
Por
tanto, si pretende estudiar o comprender un sistema organizativo
a partir de su organigrama, puedo asegurarle que no sólo
no saldrá de su ignorancia, sino que además
es posible que reciba una alta dosis de desinformación.
Peor que eso es el intento, y más que esto la actividad,
de diseñar o rediseñar sistemas organizativos
haciendo cambios en los cuadritos del organigrama, deporte
al cual muchos directivos son apasionadamente aficionados.
El
diseño y rediseño de sistemas organizativos
es un trabajo complejo que debieran realizar personas preparadas
y entrenadas específicamente para ese tipo de trabajo,
y cuya práctica requiere el dominio de técnicas
de investigación y diseño, fundamentalmente
cualitativas, lo cual las hacen más complejas aún.
La
burocracia se digitaliza
Hasta
hace poco, las revistas líderes norteamericanas especializadas
bombardeaban a sus lectores con artículos sobre las
“paperless offices”, o sea las oficinas sin papeles.
Nuestras revistas en español, a su vez, se hicieron
eco de esta formidable esperanza para los usuarios y verdadero
tormento para los amantes de la burocracia. Por ahí
andan también algunos libros escritos sobre el posible
milagro.
No
hay ninguna estadística actual que demuestre, por lo
menos, que la informática aplicada a la gerencia haya
logrado disminuir el consumo de papel. Todo parece indicar
que lo contrario ha sido el verdadero resultado, pues muchas
de las nuevas tecnologías, tales como las impresoras
y las fotocopiadoras ultrarrápidas, se han convertido
en una verdadera amenaza para el sueño de las oficinas
sin papeles.
A
lo anterior ha contribuido también la permanencia de
las viejas normas que exigían que todo estuviera documentado,
o sea expresado en papeles. Este es el caso de muchos sistemas
que deben vaciar diariamente todos sus procesos en papeles,
los directivos que exigen a su secretaria que les impriman
todos sus mensajes de correo electrónico para leerlos
después “con calma”, algunas oficinas de
gobierno que siguen exigiendo la entrega de la información
en modelos o formularios oficiales y el entusiasmo generado
por la facilidad de poder repetir diferentes versiones de
un mismo informe hasta hacerlo “perfecto”, lo
que no era asimilable cuando se empleaban máquinas
de escribir.
Pero
el asunto es aún más complicado, pues lo más
grave no se ha dicho hasta ahora. El punto crítico
es cuando la informatización se orienta en la dirección
opuesta a su esencia. Por ejemplo, en vez de cambiar y simplificar
los procesos de trabajo para hacerlos más eficientes,
se limita a montar en computadoras y redes la forma en que
se hacían cuando no se disponía de esos medios;
en vez de reducir el peso significativo de la departamentalización
a favor de la integración, lo fortalece, o en vez de
agilizar los servicios a clientes y elevar su calidad, utiliza
ahora las computadoras para justificar las demoras. En estos
casos, se rinde un excelente homenaje a la burocracia en una
versión mucho más sofisticada, significativamente
más elegante y sobre todo más cara.
[1]
En lenguaje técnico se denomina departamento a cualquiera
de las agrupaciones de personas, recursos y funciones
que identifican las áreas en que está dividida
una organización. En consecuencia, la departamentalización
representa la acción y el efecto de hacer ese trabajo. |