Al
hablar de liderazgo se suele hacer énfasis en la capacidad
individual que todas las personas poseen para ejercerlo. Todos,
sin excepción, pueden desarrollar, perfeccionar o fortalecer
esta competencia, la cual resulta sumamente exigida en el
competitivo mundo de hoy.
Este
tema ha sido abordado muchas veces y desde múltiples
ángulos por variados autores, enriqueciendo con sus
opiniones la visión e importancia que esta herramienta
imprime en la gerencia empresarial y, sobre todo, en la administración
del recurso humano.
Como
competencia, el liderazgo es señalado en los requisitos
que acompañan el perfil profesional al realizarse una
búsqueda. En fin, ¿quién no ha escuchado
hablar del él?
Sin
embargo, poco se ha hablado del paradigma que se ha creado
en torno al líder y lo que ha impedido, de alguna manera,
la observación de su influencia desde una perspectiva
menos ortodoxa.
Al
parecer, el liderazgo es un talento demostrado con tanta antigüedad
que precisar sus inicios resultaría en este momento
innecesario. Sin embargo, no cabe duda que una de sus expresiones
quedó de tal manera grabada en la memoria humana que
aún hoy persiste dominando su visualización:
se trata principalmente del aspecto religioso.
Por
siglos la sociedad se encontró regida por los movimientos
teocráticos, de manera directa o indirecta, oculta
o plenamente visible, los cuales cultivaron la necesidad de
seguir los señalamientos exigidos por el líder.
Justamente es en el uso singular de esa expresión que
se encuentra enmarcado ese paradigma dominante antes mencionado.
Al
observarse las culturas religiosas, independientemente de
sus tendencias, se advierte el predominio de un sólo
individuo sobre los otros. Un ejemplo de ello está
presente en los cultos politeístas del viejo continente:
Odín en la cultura nórdica, Zeus en la griega
y Júpiter en la romana, sólo para nombrar algunas;
y en las monoteístas el patrón es el mismo:
Jesús para el cristianismo, Mahoma para el islamismo
y Buda para gran parte de Oriente, siendo la única
diferencia que estos últimos nombres se asocian a quienes
ejercieron el liderazgo de la doctrina en representación
de Dios.
El
anterior principio también se observó de manera
predominante en la concepción del Estado y la conformación
de milicias, siendo sus expresiones más comunes el
establecimiento de monarquías o regímenes autocráticos,
donde el poder y la dirección de un país, un
pueblo o una legión se concentraban en una sola persona,
aun cuando en algunos casos se delegaban funciones de supervisión.
Sin
pretender iniciar un proceso complejo de paralelismos, puede
apreciarse a lo largo de la historia que esa tendencia, orientada
a resaltar el predominio individual sobre el colectivo, se
extendió de formas diversas, identificándose
de manera inmediata con el ejercicio del liderazgo, independientemente
de su condición natural o impuesta. Así surgieron
líderes en diversas expresiones sociales, culturales,
políticas, militares y económicas, quienes desde
su posición se adjudicaron un número importante
de seguidores o simpatizantes.
Con
la llegada de los cambios políticos y sociales, de
la industrialización, las guerras y otras expresiones
de transformación, esa asociación del líder
con el individuo fue traducido casi textualmente a las organizaciones
y éstas la adoptaron sin dificultad.
Pero,
¿acaso el liderazgo se trata de una actitud individual?
¿Es esa la forma en que debe ser entendido y transmitido?
¿Existirá la posibilidad de estar cegados por
la acción de un paradigma?
Es
un hecho curioso observar cómo algunas empresas esperan
encontrar en un sólo individuo la respuesta a sus problemas,
orientan su búsqueda en la selección de personas
cuyo perfil extraordinario permite esperar resultados asombrosos
en corto tiempo, suponiendo que su condición particular
influirá de tal manera en los demás integrantes
del equipo que el éxito de la gestión puede
considerarse como un hecho. Ante tal pretensión no
resulta extraño conjeturar que más que un gerente,
esas empresas esperan contratar a un mesías.
Si
bien es cierto que el mundo empresarial está impregnado
de ejemplos donde el liderazgo individual ha cambiado el curso
de la historia de una firma en particular, no es menos cierto
que la actitud asumida por los grupos y la intervención
de éstos en la ejecución de los planes o estrategias
está igualmente ligada al liderazgo. Justamente, ese
fue el principio original planteado por los griegos al exponer
su tesis de la democracia, donde la orientación y la
toma de decisiones de un pueblo dependía de su capacidad
de autodeterminación y no de la voluntad exclusiva
de su gobernante. Entonces, ¿cómo es que esta
visión colectiva del liderazgo ha sido desvirtuada
y prácticamente obviada?
Resulta
difícil concebir una empresa cuyo poder de decisión
resida en los "dueños del negocio" –aquellos
que realizan el trabajo– y no en sus líderes
formales, aun cuando se ha demostrado con éxito cómo
resulta innecesaria la presencia de un líder único
para la realización óptima del ejercicio laboral.
Esto a través de la formación de equipos autodirigidos
o autoadministrados.
La
existencia de estos grupos ha dado origen a una variante con
la cual se demuestra que el liderazgo es circunstancial y
que depende más del conocimiento presente en el colectivo
y de la habilidad que posee éste para hacer uso efectivo
de él, que de una actitud innata asociada a ciertas
cualidades extraordinarias presentes en una persona.
El
liderazgo circunstancial está presente en aquellos
equipos cuya madurez permite reconocer el nivel de experiencia
que se posee en un área en particular, permitiendo
a los expertos orientar las acciones sin que ello les otorgue
supremacía alguna sobre el resto, por lo que puede
decirse que en las organizaciones donde se valora el conocimiento,
el líder es consecuencia de las circunstancias.
Sin
embargo, la experiencia general coincide en destacar la práctica
individual del liderazgo, por lo que pareciera poco probable
que todas las organizaciones cuenten con un esquema que permita
hacer un uso más adecuado del conocimiento, aprovechando
al máximo a aquellos empleados cuya experiencia supera
su cargo nominal, o los límites de competencia asociados
a su posición.
Siendo
así, se puede advertir que todavía algunas organizaciones
no están lo suficientemente preparadas para asumir
el Zeitgeist Gerencial.
Resulta
difícil concebir una visualización amplia de
la acción de liderar, pues por años se ha inculcado
repetidas veces la necesidad de seguir a aquél que
ha sido seleccionado o elegido para ello, tal y como otrora
se hacía con los líderes religiosos. Se continúa
otorgando excesiva importancia al ejercicio del liderazgo
individual y se ignora el desarrollo del liderazgo circunstancial
y plural.
No
obstante, existe la necesidad inconsciente de capacitar a
los empleados para el uso circunstancial en el papel del líder,
aunque luego no se ofrezcan oportunidades para practicarlo.
Y es que ciertas empresas se empeñan en impartir a
su personal cursos para alcanzar un trabajo en equipo de alto
desempeño, sin advertir que estos adiestramientos requieren
el desarrollo de esa visión amplia del liderazgo, por
lo que al intentar poner en uso lo aprendido y observar la
conducción tradicional de las organizaciones, la iniciativa
resulta un tanto frustrante.
La
idea de someter la dirección o la gerencia a varias
personas no es nueva. Como ya se señaló, los
griegos ya la habían desarrollado mucho antes de existir
las grandes corporaciones, y en Roma se intentó al
instaurarse el triunvirato. Tal vez lo novedoso se encuentre
en el nivel de conocimiento que nuevamente están alcanzando
la sociedad y las empresas, cuya maduración puede romper
los paradigmas que han dominado por siglos este tema y que,
de alguna manera, se han ido alimentando cada vez que se hace
referencia a él.
La
ventaja principal de observar el liderazgo como una actitud
general, demostrada por todos, es que permite no sólo
hacer mayor énfasis en su desarrollo, sino que permite
la interacción del equipo, permitiendo así intercambiar
roles de manera constante, donde el aprendiz tendrá
las mismas oportunidades que el experto y viceversa, pues
de acuerdo a las circunstancias y al nivel del conocimiento
que cada cual posea, intervendrá en la parte del proceso
que le corresponde.
Es
innegable que el talento de liderar ha sido demostrado más
por individuos que por un grupo de personas. La costumbre
ha obligado a suponer que la existencia de alguien dictando
la pauta es vital para alcanzar las metas propuestas y por
ende siempre habrá un líder.
Lo
anterior podría interpretarse como la incapacidad que
poseen los grupos para alcanzar el consenso, lograr acuerdos,
contribuir a su bienestar y desarrollarse si no cuentan con
la presencia de alguien que los dirija. Y eso no es cierto.
Sólo se trata de la manera tradicional con que ha sido
enfocado el talento de liderar, lo cual no puede someterse
a juicios de valor, pues si se ha llegado tan lejos haciendo
uso de una pequeña parte del todo, ¿cuánto
no se avanzará al utilizarlo completamente?
Al
introducir la sinergia en el concepto del liderazgo circunstancial,
resulta mucho más sencillo comprender la influencia
que su desarrollo imprimirá en las empresas, permitiendo
alcanzar niveles de eficiencia, eficacia y efectividad que
en la actualidad recaen únicamente en una persona.
En la medida que las organizaciones comprendan que deben ser
observadas como enormes equipos, el liderazgo individual irá
desapareciendo, dando lugar al colectivo, donde el conocimiento
y el uso positivo de él serán los que orienten
al éxito. |