Suele
suceder que los directivos de Pymes familiares son parientes
entre sí, y a partir de esos lazos trasladan al seno
de la sociedad cuestiones que no siempre tienen que ver con
el giro comercial de la misma.
Es
que la diversidad de los roles que los integrantes de las
Pymes familiares cumplen dentro de la empresa hace que los
problemas de la familia se mezclen con las cuestiones sociales,
lo que trae como consecuencia serios conflictos que ponen
en peligro el futuro comercial, llevando a la empresa –en
el peor de los casos– hasta su propia extinción.
En
ese contexto, los “afectos” no encuentran límite
y pueden complicar la mecánica de la estructura empresarial.
He aquí el conflicto, y quienes se encuentren involucrados
en él difícilmente puedan resolverlo por sí
mismos de manera armoniosa.
La
pregunta, entonces, es cómo fomentar, reestructurar,
el diálogo y salir del “circulo vicioso”
que generan estos conflictos, para dar paso a la verdadera
comunicación.
Sin
duda, las asperezas pueden limarse a partir de la intervención
hábil y eficaz de un “negociador neutral”,
cuyo trabajo es clave para que, sobre la base de la “escucha
activa” en relación a los problemas planteados
por cada uno de los integrantes de la sociedad familiar pueda,
paulatinamente, hacer que se desvanezcan las causas que ponen
en peligro la vida social de esa empresa.
El
diálogo será entonces esencial, tratando de
persuadir a las partes para que propicien entre sí
la escucha.
Se
podrían enumerar infinidad de cuestiones que hacen
a las desavenencias dentro de las Pymes, en especial las familiares,
pero lo que pretendo es más bien identificar qué
rol cumple el negociador en este tipo de situaciones y, por
cierto, qué valor agregado puede aportar a la empresa
a partir del “saneamiento” de cuestiones conflictivas.
El
negociador tendrá un importante desafío, que
será la doble partida de, por un lado, disolver el
conflicto y, por otro, el de llevar tranquilidad a las partes,
que se sentirán aliviadas de no tener que cargar en
sus espaldas con el difícil trance de tratar de solucionar
problemas mezclados con emociones encontradas, pues en esos
momentos los familiares-socios no pueden ver el camino a seguir
y, lo que es peor, sus palabras pueden herir inmediatamente
los ánimos, que se encuentran en un estado de sensibilidad
muy particular.
Va
a ser, entonces, importante que el negociador escuche a las
dos partes y fije claramente (como herramienta de trabajo)
cuáles son las posturas encontradas. A partir de ello,
se pondrán de relieve los temas o asuntos concretos
de desacuerdo, para comenzar a tratarlos durante la negociación,
pues el objetivo será lograr un resultado beneficioso
que –más allá de las partes– pueda
resultar propicio y duradero para la empresa.
El
negociador no puede olvidar nunca que debe propiciar un clima
de confianza y serenidad para que las partes que se encuentran
en conflicto puedan refugiarse y bajar los niveles de tensión
que la propia dificultad les causa.
Para
ello, resulta de suma importancia “escuchar”,
entendiéndose esto último como una habilidad
necesaria en cualquier proceso de negociación, pues
no existe ninguna forma de entender los problemas sino a través
de una “puesta de atención” total hacia
los temas que se están tratando.
Finalmente,
la solución será la que beneficie a todas las
partes implicadas, no debiéndose subestimar nunca la
importancia del factor humano. Todo esto nos llevará
sin duda a la conclusión de un acuerdo “ganador-ganador”
que, a no dudarlo, redituará a la empresa y a todos
sus integrantes.
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