Resumen
Las
interrupciones son un mal que aqueja a muchos dirigentes y
profesionales y constituyen una agresión a la organización
personal de su trabajo, al aprovechamiento del tiempo y, lo
que es más peligroso, le hace perder concentración
y lo distrae de asuntos importantes que debe atender. A continuación,
se muestran los personajes a los que debe prestar atención
y se exponen trucos, sugerencias y experiencias acerca de
cómo defenderse e incluso, en algunos casos, contraatacar.
Ahora bien, está demostrado que a muchas personas les
agradan las interrupciones, pues les hacen sentirse reconocidos,
importantes y solicitados. Si este es su caso, el artículo
no le va a ser de ninguna utilidad.
El
puente roto
Una
interrupción es como un puente roto. Impide la circulación,
o al menos la entorpece, demora el alcance del objetivo, lo
distrae de la acción primaria, le hace perder tiempo.
Si usted iba a hacer algo importante, ya sea de trabajo o
personal, le produce una pérdida a veces irreparable.
Si no era tan importante, puede que le produzca sólo
una mortificación o, eventualmente, una alegría,
como el caso de una amiga mía cuyo esposo casi la obligó
a visitar a la familia de él al campo (con la cual
no se llevaba bien) y aquel puente roto la alivió de
penas. Los puentes se arreglan, las interrupciones entran
y salen, pero el tiempo que se perdió no regresa.
Los
personajes
Toda
interrupción tiene al menos una víctima (el
interrumpido) y un victimario (el “interrumpidor”).
Me doy cuenta que esto de interrumpidor suena raro, pero peor
sería hablar de interruptores al tratarse de personas.
Hay interrumpidores habituales que podemos llamar profesionales,
y los hay no tan habituales. El interrumpidor profesional
no tiene una figura definida.
Puede
ser ese gordito buena gente que padece de asma y a cada rato
se asoma para hablarnos de que está repuntado ("¿no
sientes el jipio?, "el tiempo está cambiando",
"la humedad está de madre", etc). Pero puede
ser la mulata fuera de serie que se pasea porque sí,
porque se cree con derecho, porque le gusta saludar y conversar
un poco, aunque algunas mujeres digan que en definitiva no
es gran cosa.
También
puede ser ese tipo atlético, con un bigotico y cierto
complejo de playboy que recorre las estaciones para que todo
el mundo (especialmente las mujeres) le celebren la camisa
a rayas, la colonia francesa o el pelado a lo Beckham y a
cuyo brazo protector muchas aspiran (a los hombres no les
cae tan bien).
No,
el interrumpidor profesional no tiene biotipo, puede ni siquiera
darse cuenta que interrumpe, e imaginar que agradecen sus
visitas (y a veces es así). Una sola cosa distingue
a todos los interrumpidores profesionales por igual y es esa
vocación innata para emplear su tiempo en cercenar
el de los demás.
Están
los eventuales, que es otra cosa. Pueden ser estacionales,
como los fanáticos de la pelota que sólo interrumpen
durante la temporada, o cíclicos como quienes se deprimen
cada cierto número de días y en vez de tomar
pastillas se animan conversando con los demás. También
los hay totalmente aleatorios a causa de que se manifiestan
sólo por causas excepcionales, tales como que la mujer
se le fue, le salió el primer diente al nieto o se
le perdió un arete carísimo, recuerdo de su
bisabuela.
Habría
que mencionar a los interrumpidores que pudieran considerarse
justificados pues vienen a tratar problemas de trabajo de
tipo urgente, aparentemente urgentes, nada urgentes, solucionables
o no, pero que necesitan compartirlos con alguien.
Es
frecuente que los interrumpidores sean los subordinados y
el interrumpido su jefe, con lo cual los primeros ponen en
práctica uno de los deportes más populares en
el campo de la dirección: la delegación inversa.
Y por supuesto, no podrían dejar de mencionarse las
interrupciones de arriba para abajo.
Claro,
no es correcto acusar sólo a los interrumpidores. Están
los interrumpidos agradecidos, los que adoran a la mulata,
las que admiran al del bigotico, los que siempre tienen un
buen consejo para el asmático, los que saben que sus
subordinados no pueden vivir sin él, los que se sienten
orgullosos que un jefe (aunque no sea el suyo) venga a "bajarle"
tareas, en fin los que esperan al interrumpidor como el escolar
el receso.
Algunos
especialistas identifican esta relación como una consecuencia
de lo que llaman convenio implícito, o sea, un acuerdo
entre personas que no está escrito en ninguna parte,
que nadie ha dicho nunca, pero que los contratantes respetan
casi religiosamente. Esos convenios son los que permiten a
Pepe interrumpir a Raúl a cada rato (para satisfacción
de ambos), o que Horacio se las arregle siempre para delegar
sus tareas a Carmen, a pesar de que ella es la Directora y
él un Jefe de Departamento (en definitiva a ella le
gusta mostrar su capacidad de decidir y hacer).
Hay
muchas formas de convenio implícito, y no todas son
negativas. Por ejemplo, recuerdo un amigo a quien le costaba
mucho trabajo despachar con su Director General, pero un día
descubrió que no dejaba pasar una nota o carta sin
atenderla y resolver. De ahí en adelante se comunicaba
con él mediante pequeños mensajes escritos que
éste contestaba en el mismo documento. De este modo
ambos fueron muy felices.
Recuerdo
un director de empresa a quien, durante las reuniones o los
despachos, la secretaria le pasaba a cada rato una notica,
él la contestaba e incluso a veces detenía la
actividad para salir o responder el teléfono. Después
comentaba lo presionado que lo tenían o simplemente
hacía un mohín de disgusto con la cabeza.
Un
día se me ocurrió hablar con la secretaria con
el sano propósito de hacerle algunas sugerencias para
que apoyara el trabajo de su jefe y lo descargara de presiones
y tareas, pues lógicamente no me parecía que
ella estuviera trabajando bien. Por suerte no empecé
por los consejos y sí por las preguntas, y ahí
fue donde Clarita me sorprendió con este comentario:
"Marcos es muy quisquilloso, me ha instruido que le informe
al momento cualquier cosa que se presente, aunque esté
reunido". Me fui para no ser yo el que perdiera su tiempo.
Faltaría
sólo por mencionar un caso: el autointerrumpido (¿o
autointerrumpidor?). Es ese que no puede estar más
de diez o quince minutos dedicado a un trabajo. Que salta
de una tarea a otra sin organización alguna, guiado
por lo que le gusta más, por la tendencia a ver las
cosas pero no terminarlas, por la incapacidad o el temor a
decidir, o por cierta vocación para ver y conversar
con la gente, que se sobrepone a la de concentrarse en las
tareas. A veces es el que más se queja de que el tiempo
no le alcanza. ¿Le suena conocido?
Las
interrupciones son unas de las agresiones más
significativas que un dirigente recibe contra su tiempo. Algunos
creen que es un problema del trópico y otros lo achacan
al subdesarrollo. Hay un componente importante de estos elementos,
pero lo cierto es que aparece como un fenómeno universal
al cual hay que llevar a sus justas proporciones. Algunas
estadísticas así lo demuestran.
Las
causas y cómo prevenirlas
Varios
factores contribuyen a fomentar las interrupciones:
Interrumpidores
profesionales
Hay
que desalentarlos, bloquearlos, desviarlos, asustarlos, todo
ello en dependencia de quiénes son y cuál es
su estilo. Salvo que a usted personalmente les agrade recibirlos,
no es difícil reducir esta amenaza al mínimo.
Convenios
implícitos
Son
más difíciles de reconocer, porque de hecho
los propios protagonistas no están conscientes de ello
e incluso consideran la interrupción una actividad
lícita y necesaria.
El
primer problema que tiene que enfrentar es reconocer la existencia
o no del convenio, establecer en qué medida lo perjudica
y decidir si va a eliminarlo, reducir sus condiciones o resignarse
a vivir con él porque no le perjudica tanto, conviene
a su estilo o es imposible desembarazarse de él.
Comunicaciones
no sistemáticas
Las
personas que se relacionan con usted –su jefe, colaboradores,
otros trabajadores y dirigentes de su propia entidad, proveedores,
clientes, etc.– necesitan comunicarse con usted y viceversa.
Esta
necesidad de comunicación tiene un carácter
altamente aleatorio, pero usted puede reducir notablemente
esa condición (no eliminarla totalmente), si tiene
despachos establecidos y sistemáticos con su jefe y
sus colaboradores, si celebra algún tipo de reunión
periódica con los principales clientes y proveedores,
si deja margen para recibir en un momento que decida a todo
aquel que requiera conversarle. En fin, la idea es que en
la mayor parte de los casos las personas que se relacionan
con usted tengan una salida organizada a su necesidad de comunicación.
Pocas
decisiones tipificadas
Es
común que muchos problemas se repitan y por tanto le
son aplicables las mismas o parecidas soluciones. Si usted
dedica un tiempo, junto con sus colaboradores de mayor experiencia,
a identificar los procedimientos que se pueden aplicar a situaciones
repetitivas y a sus variantes más representativas,
ahorrará mucho tiempo e interrupciones.
Trate
en cada caso de estudiar el problema a fondo, de identificar
cuáles son sus elementos componentes y cómo
aparecen combinados en diferentes situaciones. A partir de
ahí establezca lo que debe aplicarse para cada combinación
de elementos. Esto es lo que se conoce como una tabla de decisiones.
Falta
de políticas
Las
estrategias, políticas y directivas generales constituyen
formas de orientar el trabajo y de indicar el camino a seguir.
La carencia de ellas explica la consulta continua, la indecisión
de los subordinados, los errores frecuentes, e incluso muchas
de las emergencias. Trabaje con sus colaboradores en establecer
políticas de trabajo en función de los objetivos,
y reducirá estos inconvenientes.
Centralización
La
falta de delegación de autoridad, o la delegación
incompleta, como cuando usted da la tarea pero pide que le
consulten antes de ejecutar, es fuente de interrupciones,
y trae otra consecuencia igualmente terrible: sus subordinados
no llegarán nunca a desarrollarse y usted continuará
siempre haciéndoles el trabajo.
Democratismo
Mucha
gente piensa que un dirigente debe tener siempre puertas abiertas
y acceso libre para cualquiera y en cualquier momento. Esto
es confundir el acceso con el abuso. Todo subordinado debe
poder comunicarse con su jefe incluso para temas personales,
pero hay que lograr un nivel de organización que permita
aprovechar al máximo la capacidad que se espera del
jefe y mantener las comunicaciones abiertas.
Ubicación
física
Puede
ser que la posición de su despacho o el hecho de tener
cristales hacia el pasillo estimulen las interrupciones. En
ocasiones es la posición de su escritorio frente a
la puerta, permaneciendo ésta generalmente abierta.
También
su despacho puede ser muy cómodo, los libros o revistas
de su estante muy atractivos, o su secretaria un gancho para
donjuanes que se justifican con visitarlo.
Vocación
personal
Usted
puede ser su principal agresor. Busque síntomas como
los siguientes:
- No
establece prioridades y por tanto no puede distinguir lo
principal de lo superfluo.
- Se
cansa de estar solo y se da un paseo de vez en cuando para
saludar a los demás.
- Se
autointerrumpe buscando cosas triviales en Internet, jugando
la última versión de FIFA para computadoras
personales, o “chateando” un rato con aquella
amiguita de Tokio que conoció en el aeropuerto de
Madrid.
- Cambia
de tarea sin terminar la que estaba haciendo.
- Le
cuesta trabajo decidir, y entonces "calienta"
los asuntos, pero no termina de cocinarlos, con lo cual
forma una cola de cosas sobre las cuales "volverá
a pensar".
- Recibe
siempre con muestras de agradecimiento a los interruptores
y nunca deja de invitarlos a sentarse y tomar café.
- Sólo
atiende cosas urgentes y por tanto lo que entra ahora sustituye
e interrumpe automáticamente lo que estaba haciendo.
- Interrumpe
a otros y estos le pagan con la misma moneda.
Estúdiese,
y si tiene alguno de estos síntomas,
trabaje en eliminarlos.
Trate
de atacar estas causas y reducirá significativamente
las interrupciones, pues dará salida organizada a las
demandas de subordinados y compañeros de trabajo, preparará
a los demás para que dispongan de mayor capacidad independiente
de trabajo y creará una cultura de persona "no
interrumpible" que paga dividendos en horas.
Quedarán
siempre interrupciones no deseadas, pero deben ser pocas y
debe aprender a manejarlas.
El
efecto y cómo defenderse
Otro
problema es cuando la interrupción ya se produjo. La
persona está asomada a la puerta con la mejor de sus
sonrisas, posiblemente ya está dentro consumiendo más
tiempo del que pidió para interrumpir, o simplemente
es una visita programada pero el sujeto tenía media
hora para la conversación y ya lleva sesenta minutos
y no para de charlar.
Mucho
se ha escrito acerca de qué hacer en estos casos. He
consultado numerosos materiales y preguntado sistemáticamente
a dirigentes de diferentes niveles. De toda esa información
voy a presentar un resumen que incluye, por supuesto, mis
propias ideas. Quisiera ante todo, hacer tres advertencias:
1)
Estas cosas sólo le sirven para el caso en que usted
no desea, no le conviene o no puede atender al que interrumpe
o al que sigue conversando más allá de sus posibilidades
de atenderlo. No contraríe su deseo si en realidad
usted lo quiere recibir o prefiere seguir conversando con
el que ya está dentro. Olvídese de estas sugerencias,
que no son aplicables a tal situación.
2)
Muchas de estas técnicas atacan los efectos y no las
causas, y esto a la larga no reduce las interrupciones ni
mucho menos los problemas de tipo organizativo que las generan.
Es mejor siempre resolver con prioridad tales problemas y
generar una cultura de no interrupción.
3)
Algunos métodos requieren gran habilidad y tacto pues
bordean el nivel de la descortesía. Por tanto hay que
ser muy cuidadoso al decidir cuál se emplea, con quién,
en qué momento y bajo qué circunstancias. También
hay que considerar nuestra propia personalidad en cuanto a
la capacidad y disposición para emplearlos.
Por tanto, las medidas que aquí se describen sólo
constituyen un inventario de posibilidades y no reglas invariables
a aplicar. Cada cual debe decidir qué hacer en cada
caso y tratar siempre de hacer lo mejor.
Crear
un fondo para interrupciones
Hay
varias formas de hacer esto, pero la mejor que conozco la
practica un Director amigo mío que es una estrella
aprovechando el tiempo. Veamos:
Abrumado
por el sistemático ataque de las interrupciones, creó
un horario dos veces a la semana, entre 5:30 a.m. y 8:30 a.m.
para recibir a todo el que quisiera verlo fuera de programación.
Por tanto, su secretaria le decía al interrumpidor
que amenazaba: "No te desgastes, el jueves vienes en
el horario que te dije, preguntas por el último y entras
sin problemas".
El
sistema dio tan buen resultado que este Director ya redujo
el fondo especial a un día a la semana y cuenta que
si no vienen muchos visitantes, utiliza el horario para sacar
buena cantidad de trabajo.
Esconderse
Alguien
pudiera decir que esta es la actitud del avestruz, pero sin
lugar a dudas es también un mecanismo de defensa. Las
alternativas son muchas, y algunas personas hacen gala de
ingeniosidad en este campo.
Hay
quien trabaja en la biblioteca más cercana (o la más
lejana posible), en la trastienda de la farmacia que administra
su cuñado y que dispone de una pequeña pero
buena oficina, en el depósito de cadáveres,
en el despacho de un viejo camarada y éste en el de
él, con lo cual permutan sus respectivas intranquilidades,
en el rincón de una cafetería vacía,
o en cualquier otro lugar donde despistar a los interrumpidores
y se pueda trabajar, por supuesto.
Pero,
no olvide compartir con alguien de absoluta confianza el secreto
de su localización, por si acaso hay que sacarlo de
donde esté de todas maneras.
Hacer
una lista de espera
Muchos
defienden este método, sobre todo algunos dirigentes
de alto nivel. Todo intento de interrumpir, ya sea por teléfono
o personalmente, se registra en una hojita con los datos de
la persona, el asunto y la forma de localizarlo.
Lo
anterior permite hacer un balance de personas, asuntos, prioridades,
frecuencia de intentos, etc., y en función de esto
dar la cita, responder la llamada o "hacerse el disimulado".
Me cuenta un alto ejecutivo que salvo casos excepcionales,
él no da la cita antes de un tercer intento. Por cierto
que este método da una base estadística que
puede ser de mucho interés.
Contraatacar
Esto
pertenece a cuando el visitante ya se asomó a la puerta
y dijo algo así como: "¿Tienes unos minutitos?”.
Veamos algunas soluciones. Note que todas tienden a desestimular
al atacante.
- Pregunte
a su vez ¿para qué?
- Diga:
“Sólo tres minutos, si te alcanza con ellos...”.
- Dígale
que efectivamente no los tiene (casi nunca resulta).
- Ni
levante la cabeza, haga como que no ha oído.
- Levántela
con la expresión más abrumada que encuentre.
- Póngase
de pie, sonría y acérquese a la puerta para
atenderlo.
- De
ninguna forma lo invite a entrar, y mucho menos a sentarse.
Conveniar
Llegue
a un acuerdo con el visitante sobre el tiempo que le puede
dedicar. Sea firme en cumplir lo que acuerden. Amenácelo
que la próxima vez no lo recibirá. A partir
de tal acuerdo estimúlelo a concretar y a atenerse
al tiempo acordado.
Defenderse
Puede
que el contrataque no resultó o que usted se dispuso
a darle una oportunidad y el atacante entró, se puso
a conversar, y a lo mejor se extiende más allá
de lo peligroso. Estas son algunas opciones, atento de nuevo
a tener cuidado de cuál, cómo y con quién
se utilizan:
Manténgase
de pie aunque le duelan las piernas y aunque el que entró
se haya sentado sin que lo invitasen. Póngale una mano
en el hombro y trate de ir caminando y conversando con él
hasta la puerta, dándole una respuesta y ofreciéndole
atención con mayor tiempo tal día a tal hora
Tenga
conveniado con su secretaria o con sus colaboradores algún
tipo de señal que los haga venir en su rescate avisándole
la reunión que tiene en unos minutos o el asunto urgente
que el Director le había encargado.
Trate
de seguir su trabajo y mire de vez en cuando al interrumpidor.
Si éste se molesta explíquele que está
muy apurado y que usted está perfectamente preparado
para atenderlo y escribir al mismo tiempo.
Empiece
a cortarlo con frase suaves tales como "está bien,
está bien", "OK, OK", "correcto,
correcto", "concluyendo, entonces", "para
resumir", etc. Puede acompañarlo de ademanes
de sus manos y movimiento de su cuerpo que indiquen que usted
necesita terminar y va a levantarse para despedirlo.
Si
el visitante da mucho rodeos y no acaba de precisar la razón
de la interrupción o lo que quiere de usted, ayúdelo
con frases adecuadas, tales como: "O sea, te preocupa
el incremento de las tasas de fallecidos en el hospital",
"lo que tú deseas entonces es adelantar las vacaciones",
"OK, el problema es que te autorice la ausencia",
etc.
Según
un especialista en diseño de muebles para oficinas,
lo más apropiado para estos casos es tener una silla
o butaca cuyas patas delanteras sean más cortas que
las de atrás. Sugiere entonces que invite a sentarse
ahí a aquellos que usted desea que se vayan rápido.
Según él, esta sutil incomodidad los hace irse
más rápido de lo que ellos mismos quisieran.
Si
el interrumpidor es de suficiente confianza, dígale
simplemente: "Mi socio, lo siento pero estoy enmarañado,
luego te veo”. Muchos prefieren esta sinceridad que
cualquier otro método.
Contrátelo
Pídale
que le dé una mano en el trabajo que usted está
haciendo, para que al menos rinda frutos la visita. Por ejemplo,
sumarle las columnas y filas de una tabla para verificar los
números, leerse el informe que está escribiendo
para ver si considera que se entiende bien, emplanarle las
hojas del documento que acaban de traerle de la fotocopiadora,
hacerle unos cálculos que necesita para terminar de
evaluar el proyecto de inversión, o terminarle una
presentación en Power Point que deberá tener
lista para el Consejo Asesor.
Invierta
el proceso
Si
alguien desea verlo de forma inesperada, dígale que
usted irá a su lugar de trabajo en vez de recibirlo
en el suyo. Es una solución muy efectiva pues le permite
varias cosas: dedicar unos minutos más a lo que está
haciendo y terminarlo en un punto lógico, apropiarse
del control del tiempo de la visita pues usted decide cuándo
la termina y por tanto cuándo se va, y ofrecer un gesto
de cortesía hacia el que hizo la solicitud.
Controle
el teléfono
Si
la amenaza es telefónica, existen también opciones:
Si
se encuentra en su hora tranquila y su secretaria no puede
resolver el problema planteado, ella debe tratar de redireccionar
la llamada para otra hora convenida previamente con usted,
asegurándole al que llama que será respondido
o que puede repetir a esa hora con la seguridad que estará
accesible. Acumule esas llamadas, priorice las más
importantes, añada a esas las que usted tiene que hacer
y haga un bloque de tiempo durante el cual se dedica al teléfono.
No
conteste el teléfono durante aquellos momentos en que
usted no debe interrumpirse y no dispone de secretaria. Muchas
personas saben que no es difícil resistirse a recibir
a un visitante inesperado, pero pocos son capaces de no contestar
al timbre del teléfono cuando este suena. Sabiendo
esto, sustituyen el ataque personal por el telefónico.
Algunos atacados optan por llamar a su propio número
y lo dejan descolgado, pero creo que esto lo tiene prohibido
la empresa telefónica. Otros desconectan el timbre.
Los tecnificados miran discretamente a la pizarrita para ver
el número de quién llama. Los valientes ponen
el timbre bien bajito y no responden (pocos resisten). Si
el ataque se produce por el celular, la respuesta de los más
duros es apagarlo.
Al
hablar, acostumbre a sus interlocutores a precisar y sea usted
preciso. No es lo mismo hablar por teléfono desde su
casa para saludar a un amigo o a un familiar y comentar lo
crecido que están los niños, a cuando lo hace
desde su oficina para asuntos de trabajo. En este caso hay
que ir al grano rápido.
Finalmente,
cree su propia estrategia anti-interrupciones de acuerdo con
su personalidad. Puede hacerlo sin perder la sonrisa y sin
dañar a nadie. Pero si el caso es grave, no dude en
mostrarse disgustado y poner las cartas sobre la mesa. Su
responsabilidad como directivo o como profesional así
lo justifica.
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