Hacerse
cargo del cambio es un requisito sine qua non del profesional
contemporáneo, y por más que parezca una frase
gastada, quien no la asuma como un compromiso estará
muy cerca de la extinción.
En
la actualidad, asumir que el cambio es una variable externa,
ajena al equilibrio natural de las organizaciones, es negar
lo obvio. Se está tan inmerso en él que suele
confundirse con la incapacidad de percibirlo. No hay duda
alguna, todos los días ocurre un cambio y si no es
consecuencia de un tercero, recae en cada individuo la responsabilidad
de generarlo.
Pero
cambiar resulta con más frecuencia un tema digno de
un artículo, o importante seminario, que un hecho cierto
en las organizaciones. Por lo general se asume que está
íntimamente relacionado con las transformaciones tecnológicas,
niveles de mando o reducción de plantillas, los cuales
ocurren por decisiones de alto nivel que responden a planes
estratégicos, diferentes orientaciones en el mercado
o presiones políticas. Pocas veces se entiende que
el cambio organizacional es consecuencia del uso consciente
de la capacidad humana de innovar, de agregar valor al proceso,
y justamente esa es la razón por la que unas empresas
pierden las ideas que otras posteriormente desarrollarán
con éxito.
Después
de un proceso objetivo de selección, el talento contratado
tiene como misión no sólo el uso adecuado de
sus conocimientos para poner en marcha la tarea. A ello ha
de agregarle la responsabilidad de familiarizarse lo suficiente
con el proceso como para mejorarlo u optimizarlo a la brevedad,
todo ello en beneficio de la organización. No obstante,
aun cuando ha de ser así en teoría, la mayor
parte del talento se enfrenta a expresiones como: "eso
jamás se ha hecho en esta empresa", "su planteamiento
no se ajusta a nuestra cultura", "no consideramos
necesario lo que sugiere", "hemos trabajado bien
hasta ahora", o simplemente "es mejor que deje las
cosas como están".
Cabe
preguntarse: ¿no es precisamente ése el principio
del cambio? No puede haber un cambio si no se hace algo diferente
a lo que usualmente se viene realizando. Por ejemplo, se adoptó
la electricidad cuando la cultura era alumbrarse con velas.
El caballo era aún un medio de transporte masivo cuando
se introdujo el automóvil. Cualquiera pudo haber expresado:
"nos hemos movilizado bien hasta ahora, ¿para
qué reemplazar al caballo?". Hace veinte años
la mayoría de los profesionales contaban sólo
con el teléfono de la oficina para comunicarse; hoy
es imposible imaginarlos sin un celular. Es simple: siempre
que surge una nueva idea, se está proponiendo algo
que no se ha intentado antes. Es precisamente eso lo que la
hace "nueva", por lo que resulta lógico entender
que no existe data que sustente cualquier pronóstico
de éxito o fracaso. No se puede rechazar una idea por
el simple hecho de que nadie haya tenido la oportunidad de
experimentarla con anterioridad.
Es
común que las organizaciones experimenten un período
de calma donde en apariencia los procesos fluyen con facilidad.
Más aún, que se tenga la impresión de
haber alcanzado un nivel óptimo en la operación
cuya exactitud no permite ni un paso más ni uno menos.
Lo anterior, evidentemente, no puede aplicarse a todos los
campos, pero en algunos de ellos la soberbia de la perfección
impide el planteamiento de maneras innovadoras de hacer las
cosas.
Y
aquí se hace imperiosamente necesario citar a Joel
Barker. Algunas empresas abrazan sus paradigmas con tanta
seguridad que terminan por otorgarle un rango dominante de
tal magnitud que los transforma en el paradigma, y esto se
traduce en una parálisis corporativa que impide transformar
los esquemas existentes basándose en que ésa
es la única manera como la empresa ha de trabajar,
lo cual más que ser respetado por los trabajadores
se convierte en una especie de doctrina, a veces confundida
con el verdadero espíritu de la mística empresarial.
Cuando
se está profundamente involucrado con algo en particular,
se pierde la capacidad de juzgar con objetividad el proceso
y sólo aquellos que no tienen compromiso alguno con
él pueden ofrecer ideas nuevas, transformaciones que
le imprimirán dinamismo. Sin embargo, la cultura organizacional
reinante en nuestra sociedad suele poner barreras a cualquier
planteamiento que ponga en riesgo el status quo, como lo señala
Barker, rechazando los cambios que constantemente pregona.
Los
nuevos empleados suelen observar con facilidad los "puntos
muertos", "cuellos de botella" o "retrabajos",
sea cual sea su nivel dentro de la organización, ideando
con prontitud novedosos métodos para corregir tales
fallas. Pero pocos suelen introducir cambios significativos
en los procesos, pues no sólo deben convencer a sus
superiores de los beneficios, sino que han de enfrentarse
a los obstáculos que la empresa desarrolló a
lo largo de su ejercicio con la finalidad de dejar en manos
de quienes la dirigen la responsabilidad y el mérito
de las mejoras.
Resulta
contradictorio el discurso que invita a los empleados a innovar,
ser creativos y participar de manera activa dentro de su ejercicio,
si se contrasta con la práctica común de utilizar
la cultura organizacional como excusa para rechazar o postergar
cualquier iniciativa que se proponga. Más aún
si ésta atenta contra el nivel de influencia o el radio
de poder que se posee dentro de un proceso o área en
particular.
De
igual manera ocurre durante el proceso de selección:
en la entrevista y la inducción se exhorta al individuo
a utilizar todo su talento para agregar valor a la empresa,
se magnifica el aporte y su importancia, así como se
hace referencia a la firme convicción de la organización
en ofrecer su apoyo a cualquier iniciativa. Pero una vez contratado,
las propuestas suelen olvidarse y prácticamente se
obliga al empleado a fundirse con el sistema hasta el punto
de volverse sólo uno más. Y es precisamente
en ese punto donde el profesional se detiene y evalúa
su condición, se pregunta si ha de conformarse con
ser un empleado o si debe luchar por mantenerse empleable.
Cuando
el empleado es absorbido por el sistema sin que exista previamente
un alto nivel de identificación con la empresa, se
corre el riesgo de disminuir al máximo la responsabilidad
estratégica que cualquier cargo debe poseer. Esto se
traduce en la tenencia de un personal tan operativo que prácticamente
labora por inercia, sumiendo a la organización en un
letargo que terminará por convertirla en un ente obsoleto.
Evidentemente
la fuga de talentos ocurre con mayor frecuencia en aquellas
empresas donde el empleado se siente asfixiado con las políticas
internas, esas que le impiden transformar su entorno y traducir
el concepto de competitividad a su área, cuando observa
que la apatía por generar revoluciones es incluso superior
a la necesidad de mantenerse en el mercado.
Lo
anterior permite suponer que existen empresas donde está
prohibido innovar, donde el día a día se encuentra
sometido a una rutina de relativos aciertos y errores comunes,
organizaciones cuya miopía les impide entender que
no siempre habrá que seguir los pasos del líder,
pues deben ser también protagonistas y marcar la pauta.
Mas
su parálisis paradigmática no resulta del todo
negativa para la sociedad. Esas empresas se convierten en
grandes proveedores de talento; aquel que sin darse cuenta
se adiestra y desarrolla para que sean otras organizaciones
las que se beneficien de su capacidad de generar ideas y crear,
donde las estructuras son flexibles y siempre están
atentas a escuchar opiniones, aquellas que no se creen perfectas
pero asumen con responsabilidad que son perfectibles. En la
empresa contemporánea la rigidez y el centralismo del
poder no son herramientas para gerenciar, pues fácilmente
se entiende que no se trata de detentar gente con poder sino
otorgar el poder a la gente.
Aunque
podría entenderse que lo anterior forma parte del ciclo
laboral, lo que se refiere a la fuga de cerebros, no parece
del todo inteligente desaprovechar el talento y poner en riesgo
el capital intelectual de la empresa.
La
base de todo negocio es generar utilidades. Estas aparecen
cuando se gerencian y administran bien todos sus recursos,
cuando la razón priva sobre la emoción y se
valoran objetivamente tanto los resultados como la gestión.
El recurso humano es más que un activo para la empresa,
es la empresa misma, y de su desarrollo dependerá el
crecimiento organizacional. Por ello cuando se le impide al
talento innovar, haciendo a un lado el valor de la creatividad
y su aporte al negocio, no sólo se está cercenando
la iniciativa propia del individuo, la motivación y
los elementos de coincidencia que le permiten identificarse
con la empresa, se le están dando razones para visualizar
nuevos horizontes y partir.
Sin
embargo, resulta obvio que no todas las empresas pueden ofrecer
a sus empleados opciones para innovar de manera constante
en el negocio, ya sea por el tipo de mercado que atiende,
el producto o servicio que ofrece; y esto se traduce en diferentes
muestras de insatisfacción que pueden observarse de
manera individual o colectiva. En esos casos, aunque no se
descarta la parálisis paradigmatica, la limitación
responde a razones ajenas a la empresa, por lo que la implementación
de actividades culturales, creativas y de esparcimiento pueden
sustituir la imposibilidad de ofrecer a los empleados una
fuente para explorar y explotar su capacidad de agregar valor
al proceso.
Algunas
organizaciones no invierten en el desarrollo de su personal,
basadas en la suposición de que él mismo se
irá una vez que se presente la oportunidad para hacerlo,
obviando que es responsabilidad de la empresa propiciar y
motivar la identificación de su gente. Lo anterior,
aunado a la rutina y a la prohibición directa o indirecta
de generar ideas, reduce la posibilidad de introducir cambios
significativos que redunden en beneficio del negocio.
Aunque
resulta insólito, todavía existen empresas donde
el cambio es sólo un tema de conversación, digno
de discutir, comparar y compartir, pero no de practicar, donde
se desaprovecha el talento extraordinario aun cuando es un
requisito fundamental para ingresar en ellas, organizaciones
donde de innovar es urgente y necesario, pero cuya rigidez
y escasez de visión estratégica les impide advertir
que, de no arriesgarse a introducir los cambios que su telento
propone, están destinadas a desaparecer.
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