Los
cambios producidos en el mundo de las empresas plantean situaciones
novedosas y desafíos interesantes de analizar. Uno
de ellos es que para llevar a la práctica los nuevos
estilos de conducción, se requiere poner en acción
un conjunto de competencias que generalmente no poseen las
personas al ascender a un nuevo puesto jerárquico.
Este hecho genera que el avanzar en la escala de mando pueda
transformarse en un ‘éxito contraproducente’.
Esta
paradoja puede darse a distintos niveles del ascenso jerárquico:
un empleado que pase a supervisor, un jefe a gerente o un
gerente a director. Cualquiera que sea el movimiento ascendente
puede generar situaciones que, si no se las prevé o
aborda convenientemente, afecten en forma negativa tanto al
individuo en cuestión como a sus subordinados y a la
empresa.
¡Por
fin soy jefe!
En
la mayoría de las empresas, cuando se produce una vacante
a nivel de jefatura o cuando se necesita designar a quien
conduzca un nuevo equipo de trabajo, se piensa en el mejor
empleado de esa área, el que se ha destacado por su
desempeño y por su lealtad a la empresa. Muchas veces
se supone que aquel que es el mejor entre pares, es el más
indicado para conducirlos. Otras veces se tiene conciencia
de que aquella persona que es un muy buen profesional no necesariamente
va a ser un buen jefe y, no obstante, la empresa toma la decisión
de otorgarle la posición jerárquica. Esto se
debe a que la empresa quiere retener a esa persona y supone
que es una forma de incentivarlo y retribuir su buen desempeño.
Un
hecho largamente demostrado es que no siempre el mejor empleado
es un buen jefe. Y esto sucede porque para desempeñar
en forma efectiva la función de conducción,
se necesita además de las competencias técnicas,
poner en función un conjunto de competencias genéricas.
Cuando
hablamos de las competencias técnicas nos
referimos a los saberes y destrezas que un individuo tiene
sobre un dominio específico. Estas competencias generalmente
han sido adquiridas en ámbitos de la educación
formal o mediante la experiencia en el ejercicio de algún
trabajo. Pero las mismas, por muy desarrolladas que se encuentren
en un individuo, constituyen solo uno de los factores –muy
importante por cierto– que incidirá en su desempeño.
Para llevar a cabo una función de conducción
podemos afirmar que las competencias técnicas son absolutamente
necesarias, pero totalmente insuficientes.
Cuando
hablamos de competencias genéricas estamos
dando cuenta de las capacidades necesarias para la realización
de un conjunto muy diverso de acciones, tales como generar
una red de vínculos, transmitir ideas y conceptos en
forma clara y convincente, interactuar en grupos interdisciplinarios,
negociar y generar acuerdos, tomar decisiones, seleccionar
y compartir conocimientos, entre otras.
Sucede
en muchas empresas que personal jerárquico con excelente
formación no alcanza el desempeño requerido
porque no interactúa con eficacia con otras áreas,
no negocia correctamente los conflictos emergentes o no logra
liderar su equipo de trabajo. Sin las competencias necesarias
para manejarse en esta red de vínculos, el mejor profesional
puede ver malogrado su desempeño.
Actuar
en forma competente implica saber combinar e integrar en forma
adecuada un conjunto de competencias técnicas y genéricas,
y en la medida en que alguien avanza en su carrera laboral,
mayor va a ser la cantidad y diversidad de competencias genéricas
que requerirá para desarrollar sus actividades con
efectividad.
Pensemos,
por ejemplo, en alguien que se recibe de abogado y comienza
a trabajar en una empresa. Es probable que un primer tramo
de su carrera lo realice resolviendo problemas técnicos
en el área jurídica y que un gran porcentaje
de su tarea la efectúe a través de sus competencias
específicas de abogado. Aunque también tendrá
que poner en juego algunas competencias genéricas para
vincularse en forma efectiva con sus compañeros de
trabajo, escuchar e interpretar los requerimientos de su jefe
o compartir información con sus colegas.
Supongamos
que esta persona progresa en su carrera laboral hasta ocupar
una gerencia con treinta personas a cargo. En ese momento,
lo más probable es que la mayor parte de su trabajo
lo realice a través de sus competencias genéricas.
Tendrá que liderar equipos de trabajo, establecer y
transmitir objetivos, persuadir a sus colegas, inspirar y
motivar a sus subordinados, negociar los conflictos emergentes
y generar vínculos efectivos con clientes y proveedores.
¡Ya
llegué a gerente!
Mi
experiencia de dos décadas como consultor y coach organizacional
me indica que excelentes profesionales deben afrontar importantes
problemas y dificultades en su carrera laboral por no contar
con las competencias adecuadas al nuevo nivel jerárquico
que asumen. Pero también sucede que a personas con
altos nieles de conducción, que poseen estos conocimientos
y habilidades, en algunos momentos o circunstancias se les
dificulta actuar en forma competente.
En
estos casos no se trata de un tema de falta de capacitación
sino de cómo la persona analiza y enfoca la situación.
En coaching decimos que la definición del problema
es parte del problema. En estas circunstancias, para poder
accionar en forma efectiva es menester un cambio de perspectiva
en la manera en que se está observando la situación;
supone revisar las formas de pensar y razonar, o poner en
cuestión las creencias y supuestos más arraigados.
He
tenido la oportunidad de trabajar como coach con gerentes
de alto nivel que se encontraban en dificultades en su ámbito
laboral por problemas surgidos en la interacción con
sus colegas o con los miembros de su equipo de trabajo. Muchos
de estos casos se debían a que estos gerentes estaban
acostumbrados a dar órdenes, a mandar y a ser obedecidos;
a ejercer su poder más que a construir su autoridad
en el consenso. La paradoja que debieron enfrentar estas personas
en su proceso de cambio, fue que esas características,
que en otros momentos les posibilitaron ser exitosos y acceder
a un lugar de privilegio, más adelante se constituían
en el mayor impedimento para su efectividad laboral.
A
su vez, estos gerentes poseían toda la información
acerca de los nuevos estilos de gestión y habían
asistido a numerosos cursos sobre liderazgo, comunicación
efectiva y trabajo en equipo. Sin embargo, no habían
logrado producir un cambio en sus acciones. Esta brecha entre
el saber y el hacer, entre la adquisición de un conocimiento
y la efectiva incorporación de un nuevo comportamiento,
surge de la dificultad del cambio personal que entraña
este tipo de aprendizajes. En estas circunstancias, es muy
difícil superar esta ‘brecha de efectividad’
sin el apoyo y el acompañamiento de un coach.
Diversos
escenarios
Se
podría hacer una distinción en cómo encaran
estas situaciones las grandes empresas, a diferencia de las
pequeñas y medianas. Generalmente las grandes empresas
tienen departamentos de Recursos Humanos más especializados,
que cuentan con un área de capacitación y desarrollo,
donde van acompañando la formación de los profesionales
que quieren promover, y apoyan a quienes asumen un nuevo puesto
jerárquico poniéndoles al lado un coach que
los acompañe. También es cierto que en estas
empresas no hay vuelta atrás, y cuando se fracasa en
una posición de conducción, en la mayoría
de los casos la solución es la desvinculación.
Las
empresas de menor tamaño generalmente encaran estas
situaciones de otras maneras. Difícilmente tengan planes
de capacitación y desarrollo de carrera para acompañar
en forma adecuada el ascenso de su personal, pero cuando alguien
que ha demostrado ser un buen empleado fracasa en un nuevo
puesto de conducción, generalmente se busca reubicarlo
en otra posición.
Puede
decirse que en ambos tipos de empresa existe una creciente
conciencia de la necesidad de invertir en capacitación
y darle apoyo a través del coaching a quienes asumen
nuevos desafíos de conducción. También
a nivel individual se percibe que si esto no se lo brinda
la empresa, cada uno debe procurarse su propio desarrollo
si pretende avanzar en su carrera laboral. Un ejemplo de esto
es que un importante porcentaje de los cursantes de nuestro
Programa de Formación y Certificación en Coaching
Organizacional lo hace por su cuenta, asume el compromiso
y la inversión que esto implica en función de
realizar un proceso de desarrollo personal y de incorporar
competencias de comunicación, liderazgo y coaching.
Y esto lo hacen en función de ser concientes de que
uno de los mayores desafíos en su crecimiento profesional
es poder ser efectivos en las responsabilidades de liderazgo
que asuman, lo cual no implica solo lograr los objetivos establecidos,
sino también conducir su equipo procurando el desarrollo
de las personas con las que trabajan.
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