Hay
que reconocer que muchos directivos y gerentes tienen la rara
habilidad de seguir encontrando brujas para enviar a la hoguera,
aun hoy, en pleno siglo 21. Y es que por más ciencia
que sigue acumulando la especie humana, y por más literatura
que sigue abarrotando los estantes de las librerías,
una de las lecciones más difíciles de aprender
es que jamás lograremos extirpar a fuerza de gritos
ni reprimendas la pertinaz tendencia a cometer errores que
nos iguala los unos con los otros.
¿A
qué viene, entonces, esa irrefrenable manía
de ir tras las pistas del culpable cada vez que algo sale
mal, sólo para refregarle en la cara los costos económicos
de su error o el bochorno para el buen nombre y prestigio
de la organización?
Admitámoslo:
la moderna literatura de management tiene razón al
correr el velo de los antiguos paradigmas, poniendo al descubierto
las falacias que subyacen a viejos estilos gerenciales que
hasta hoy se resisten a desaparecer del todo.
No
es posible exagerar poniendo sobre la mesa el abanico de perjuicios
que sobrevienen a la desmedida tendencia a buscar culpables
cada vez que algo sale mal, o cada vez que un error es detectado
a destiempo.
Por
favor, no se apresure a atribuirme una falta de vocación
por la excelencia o una pobre orientación a la calidad
y al profesionalismo.
Pero
es que hay una serie de “efectos colaterales”
que a corto o mediano plazo contrarrestan con creces cualquier
pequeño beneficio que pudiera resultar de someter a
los subordinados a una actitud sistemática de amonestación
y reprimenda por los errores cometidos.
En
primer lugar, el daño a la autoestima de una persona
sometida al goteo constante de retos y maldiciones de distinto
calibre, tiene un efecto degradante difícil de revertir.
El
perjuicio resulta doble: al daño a la persona habrá
que añadir el fracaso en alcanzar la misión
primaria de todo gerente, que es la de sacar a relucir y desarrollar
toda la potencia acumulada de sus colaboradores.
Un
estilo de conducción a base de reprimendas difícilmente
logre en el conjunto de los colaboradores un resultado diferente
a la desmotivación generalizada y creciente. Lo cual
es, sin duda, un segundo efecto adverso y perjudicial para
los fines empresariales. Y es que es imposible, mediante las
modalidades de este paradigma, no caer en arbitrariedades,
que serán percibidas como tales por parte de los subordinados.
Hacia
una política de “gestión del error”
Está
claro que hace no solo a la supervivencia, pero también
a la competitividad de las organizaciones empresariales, desarrollar
la capacidad para detectar los errores en todas las instancias.
Pero una pregunta no menor es: ¿cómo gestionar
los errores? O, dicho de manera más simple, ¿qué
hacemos una vez que descubrimos un error? Es una pregunta
con consecuencias tan vastas, y que pueden inclinar la balanza
de los negocios de manera tan dramática hacia uno u
otro lado, que los directivos deberían incluirlo en
la agenda de las grandes decisiones de estrategia empresarial.
¿Cuáles
son las políticas de mi empresa en materia de gestión
y tratamiento de los errores? ¿Cuáles son las
competencias requeridas a los directivos, gerentes y supervisores,
en cuanto a la manera en que lidian con los errores de sus
subordinados?
El
fin último de la detección de un error es que
podamos rastrear sus pistas hasta dar con su causante. Un
representante del viejo paradigma hubiera dicho “hasta
dar con el culpable”. Seguramente sería mejor
decir “hasta dar con la causa”. Pero vamos a suponer
que detrás de toda causa hay al menos una persona,
o varias. Sea como sea, la gran diferencia está en
el ánimo con el que abordamos toda la cuestión.
“Culpable” es alguien que merece ser condenado
y castigado.
Una
“causa” o un “causante” remite a un
factor que no está desempeñando con la eficiencia
requerida la función que se espera de él. Ya
sea que se trate de una persona, una máquina, o un
proceso. En cualquier caso, lo que los fines empresariales
requieren es que las fallas se minimicen, tendiendo a cero.
Puesto
en una perspectiva sistémica, y deteniéndonos
nuevamente en los errores humanos (obviando por el momento
que tanto las máquinas como los procesos son productos
del quehacer humano), la pregunta que siempre debe guiarnos
es: “¿cómo evitar que vuelva a suceder?”
o, para ser más realistas, “¿cómo
minimizar la ocurrencia de un mismo error?”.
Si
al rastrear el origen de un error detectáramos que
la causa está ligada a una persona, y que, por decirlo
de una manera muy gráfica, dicha persona es “portadora”
de determinado tipo de errores, ¿sería eso motivo
para denigrar y bastardear a la persona en cuestión?
En
todo caso, para arrimarnos sólo medianamente a una
visión sistémica, deberíamos formularnos
dos preguntas previas: en primer lugar, ¿quién
reclutó y seleccionó a dicha persona para ocupar
ese puesto? (con lo cual iríamos hacia atrás
en la secuencia, encontrando una causa previa en los procesos
de reclutamiento y selección, o incluso determinaríamos
que la “culpable” es la persona responsable de
dichos procesos); y en segundo lugar, ¿quién
le encomendó esa tarea a dicha persona?, con lo que
el gerente o supervisor debería mirarse a sí
mismo y poner en tela de juicio su propia capacidad para delegar
tareas.
Y
probablemente algo de las dos cosas puede estar fallando,
y de hecho falla muchas veces. Lo que estamos proponiendo
aquí es que el camino no es llevar hacia atrás
la cascada de denigraciones y amonestaciones personales, lo
que nos arrastraría a un escenario de caza de brujas
descabellado.
Una
gestión inteligente del error humano tiene como objetivo
detectar las causas de los errores, a fin de decidir un curso
de acción para minimizar su ocurrencia. En algunos
casos la solución podrá consistir en proveer
la capacitación o el entrenamiento necesario para que
la persona en cuestión desarrolle las habilidades necesarias
para realizar la tarea con una mayor eficiencia. En otros
casos bastará con un período de coaching para
ayudar a la persona a superar un obstáculo personal.
Algunas situaciones podrán requerir la implementación
de alguna instancia adicional de control. Eventualmente, incluso,
quedará claro que la persona no es la indicada para
dicha posición, y se podrá ver los mecanismos
para reasignarla, y en última instancia, incluso, desvincularla
de la empresa.
Ninguna
de estas alternativas tiene como requisito o condición
la denigración o el menoscabo de la persona. Por el
contrario, requiere una gran cuota de responsabilidad y espíritu
de auténtico liderazgo identificar separadamente al
error y a la persona que lo comete, al menos en lo que tiene
que ver con la gestión. Es la única manera de
tratar a cada una de estas dos entidades como lo que es: al
error, como un error; y a la persona, como persona.
No
hemos pretendido en estas líneas cubrir el infinito
portafolio del “error humano”, ni repasar el denso
“manual del buen gerente” para tratar con el recurso
humano bajo su mando. Sólo hemos querido “provocar”
–una vez más (y nunca será suficiente)–
un llamado de atención, para que recordemos que tratar
de una manera más humana a nuestros subordinados cuando
se equivocan es, en primer lugar, reconocernos a nosotros
mismos en el espejo de sus errores; y en segundo lugar, repasar
la teoría del management científico que nos
asegura que el camino más competitivo y el más
humano van de la mano.
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