Un
reciente debate en la red social LinkedIn puso al desnudo
una pregunta relativamente nueva en el mundo del management,
cuyas respuestas recién comienzan a despuntar, pero
que pueden tener consecuencias muy poderosas para la gestión
de la competitividad. La discusión se inició
a raíz del artículo de Marcelo Krynski sobre
el club de fútbol Barcelona como modelo de trabajo
en equipo para el mundo empresarial (Ver ¿Está
dispuesto a que su empresa juegue como el Barcelona?).
La
pregunta de la polémica indagaba sobre si es más
eficiente que los diferentes actores organizacionales compitan
entre sí, o si, por el contrario, la visión
de unidad produce mejores resultados.
Uno
de los aportes a mi juicio más fructíferos fue
el planteado por Jorge Genoud en el Grupo Plataforma Management
XXI, quien propuso reflexionar acerca de la experiencia
de la construcción de las Torres Petronas, en Kuala
Lumpur, Malasia, que en su momento fueron los edificios más
altos del mundo. El contratista de la obra encargó
cada una de las torres a grupos étnicos históricamente
enemistados (los japoneses y los coreanos), animando la competencia
con promesas de suculentas bonificaciones para el equipo que
cumpliera los objetivos en el menor tiempo. El resultado fue
que ambas torres fueron terminadas una semana antes de lo
estipulado.
¿Constituye
esta experiencia una evidencia valedera para abonar las teorías
que prescriben las bondades y los beneficios de la competencia?
En todo caso, ¿cuántas preguntas quedarían
sin responder, y cuántos aspectos sin analizar, si
nos apresurásemos con una respuesta facilista?
Un
paradigma basado en la “naturaleza humana”
Antes
de avanzar con las reflexiones derivadas del “caso Petronas”,
no quiero dejar de hacer notar la muy alta proporción
de partidarios del estímulo a la competencia que he
visto en este debate, en los distintos grupos donde se reprodujo.
No es una posición desdeñable y, por lo demás
–como bien hicieron notar varios usuarios–, forma
parte de la cultura muy arraigada que nuestra sociedad nos
inculca desde muy pequeños, y por el mismo motivo es
muy difícil desentrañar sus aristas perniciosas
y sus consecuencias perjudiciales.
Tal
vez el comentario más representativo de este paradigma
fue uno manifestado en estos términos: “Creo
que el competir es un instinto del ser humano y, por lo que
yo sé, cada vez que se ahoga un instinto, en su lugar
aparece algo peor. Sinceramente no veo ningún problema,
salvo mejor opinión, en que se fomente la competencia
en la empresa. Es una fuerza considerable a tener en cuenta.
Otra cosa es cómo se gestione la misma”.
Y
volviendo a nuestro “caso emblemático”,
el contrapunto fue planteado por Jordi Cabré –fundador
de Demming Collaboration, de Barcelona–, quien observó
que “el solo hecho de poner objetivos ya garantiza la
rivalidad entre los dos grupos constructores de las torres.
No obstante, no existe ninguna cosa que yo conozca que, pudiendo
lograrse con rivalidad, no se pueda lograr con colaboración.
Pero lo contrario no es cierto: sí existen muchas cosas
que solo son posibles con colaboración y otras que
solo son optimizables con ella”.
Inmediatamente
el mismo Jordi llamó la atención a aquellos
otros aspectos a los que normalmente no prestamos atención
en la medida en que el objetivo central haya sido alcanzado.
En nuestro caso la pregunta sería: ¿qué
costos adicionales se pagaron para cumplir con el objetivo
“tiempo de ejecución” con la metodología
de la competencia entre equipos?
La
contabilidad invisible y las Torres Petronas que pudieron
haber sido
Para
arribar a una respuesta certera –y contablemente eficiente–
habría que poner en el balance todos los ítems
que se sacrificaron en el altar de la competencia, y que hubieran
podido sumarse en la columna de los “haberes”
de una eventual gestión colaborativa: gestiones con
proveedores de materiales, duplicación de equipos y
maquinarias, conocimientos, experiencias y soluciones a problemas
comunes, planificación conjunta de entregas de materiales,
intercambio de personal, servicios de prevención comunes,
etcétera, etcétera, etcétera.
En
una obra de tamaña magnitud, seguramente estaríamos
hablando de varios cientos de millones de dólares.
(Y todavía no hemos empezado a escribir sobre la perpetuación
de las rivalidades entre coreanos y japoneses, con sus profundas
derivaciones éticas y humanas, y ni hablar de los miles
de millones de dólares que las empresas y las naciones
pagan en concepto de costos extras por desconfianzas y trabas
burocráticas, por mencionar solo un par de consecuencias.)
En
términos de Michel Henric-Coll, no hay que mirar las
torres que se construyeron, sino las torres que se podrían
haber construido, “y la rentabilidad que hubiera obtenido
un solo constructor”.
Llevando
el debate al interior de las empresas, donde muchas veces
se fomenta –o se mira permisivamente– la competencia
entre sectores y entre “colaboradores” (entrecomillado
mío), la prevalencia del paradigma de la competencia
nos obstaculiza poder ver la otra cara de la moneda. Allí
donde hay algunos (siempre son los menos) que lograron o superaron
los objetivos (los ganadores), hay otros muchos (los más)
que se recluirán en el anonimato del rencor y la frustración,
con el impacto negativo sobre su espíritu corporativo.
El Director Comercial, junto con el Gerente de RR.HH., mostrarán
con vivos colores y animados efectos de transición
los logros extraordinarios del 20 por ciento de las “estrellas”,
pero, ¿quién se preguntará qué
le sucede al 60 por ciento promedio? (Dejaremos para otro
análisis el 20 por ciento que se irá de la compañía
en la próxima “reestructuración”,
o antes de eso por propia decisión.)
Hacia
una hipótesis superadora
En
su artículo sobre el “Barza”, Marcelo Krynski
se refería al tiempo de aprendizaje que requiere pasar
de un modelo basado en las individualidades, a otro, más
auspicioso, construido sobre las sólidas bases de la
visión compartida.
En
su experiencia como consultor dedicado a ayudar a las empresas
a mejorar su efectividad organizacional sobre la base del
desarrollo de su gente y sus equipos, sabe que de lo que se
trata es de un cambio cultural que requiere un trabajo que
apunte a las maneras de pensar, a las actitudes y los comportamientos
en el escenario de las “conversaciones”, es decir,
en las maneras en que los seres humanos nos relacionamos unos
con otros.
Hay
muchos otros aspectos para considerar y analizar, pero no
quiero extender mucho más estas reflexiones. Solo hacer
notar, adicionalmente, que en la mayoría de los casos
(para seguir con hipotéticas estadísticas porcentuales)
el grueso de los destinatarios de los programas de incentivos
basados en la competencia permanece indiferente, sencillamente
porque a priori se ubica a sí mismo en el
segmento del promedio, lejos de ese 20 por ciento que estará
peleando por llevarse el premio.
La
pregunta con la que pretendo invitar a la reflexión
y al sano y necesario cuestionamiento a los paradigmas imperantes,
es: ¿no deberíamos pensar en políticas
y programas que incentiven, por una parte, los logros personales
(superarme a mí mismo) y, por otra parte, que apalanquen
los resultados colectivos? Propongo como hipótesis
que estos dos enfoques complementarios podrían ser
la única manera de auspiciar el alineamiento de todos
(salvo casos que merezcan otro tipo de abordaje) detrás
del mejoramiento de los objetivos y resultados organizacionales.
Porque cada uno tendrá incentivos para plantearse metas
de mejora personal, y todos tendrán razones para alentar
a los demás a trabajar coordinadamente en pos de los
objetivos comunes.
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