El
tecno-management se obstina en ver las metas de la propiedad
y las de los empleados como incompatibles, exclusivas. Se
habla de objetivos incompatibles cuando ambas partes necesitan
lo mismo y, obviamente, de objetivos compatibles en el caso
contrario. Si uno sólo necesita la clara y el otro
la yema, los objetivos son compatibles. ¿Por qué
pelear por el huevo?
Muchas
situaciones permiten la compatibilidad de objetivos, es decir,
un reparto satisfactorio para todos. Hasta un simple pollo
asado sabe perfectamente que unos quieren su muslo y otros
prefieren la pechuga. Pero lo más incompatible de todo
son los números. Cualquier comercial bien preparado
sabe que si el vendedor y el comprador se enfrascan en una
pelea de precio (números), la negociación terminará
mal, bien por ruptura, bien porque por lo menos uno de los
dos se sentirá vencido y con ganas de revancha.
Precisamente
el management en su cuantofrenia se obceca en convertirlo
todo a números, y la relación laboral se reduce
cada vez más a un enfrentamiento sobre valores numéricos.
En consecuencia, dicha relación se transforma en una
contienda en la que uno gana sólo si pierde el otro.
No me canso de recordar que el trabajador es un ser que piensa
y siente, y que hay que incorporar más intangibles
y más criterios cualitativos en la relación.
La conversión sistemática a números es
un empobrecimiento de la complejidad humana.
Puesto
que he introducido un concepto de la teoría de las
negociaciones, seguiré con otro: la dependencia o independencia
de los objetivos. Se habla de objetivos dependientes cuando
una de las partes necesita la colaboración (y por tanto
satisfacción) de la otra para lograr sus metas. Recíprocamente,
la independencia de objetivos es cuando uno puede lograrlos
tanto si el otro consigue los suyas como si no.
Dejadme
que os ponga un ejemplo trivial: si no quieres acompañarme
al cine, y yo tengo los billetes y el coche, puedo ir sin
ti, no te necesito. Mi objetivo es independiente. Por el contrario,
si tu intención es ir al cine y no tienes billete ni
coche porque los tengo yo, tu objetivo es dependiente, me
necesitas.
Cuando
los objetivos de las partes son independientes, nos lleva
a una postura competitiva y a una lucha de poder que, como
bien se sabe, tiende tanto a caer en el abuso y la intransigencia
como el agua a fluir hacia el mar. Por el contrario, cuando
los objetivos son dependientes, nos llevan a una postura cooperativa,
a mayor flexibilidad y a desarrollar soluciones creativas
beneficiosas para ambos.
Resulta
que las teorías del management –creadas en una
época en la que la situación económica,
social y cultura eran muy diferentes– asumen que la
propiedad es el amo y que sus objetivos son independientes
porque las calles están repletas de empleados intercambiables,
necesitados y dispuestos a coger el trabajo. Es una quimera.
Tenemos que adoptar una visión sistémica porque
todas las empresas y todos los trabajadores componen un sistema
en el que todos están interconectados. Si se sustituye
a un trabajador desmotivado por otro de la calle, se descubrirá
al cabo de poco tiempo que si esta empresa no lo ha quemado
y desilusionado aún, lo habrá hecho la empresa
anterior, y entonces estamos en las mismas.
Se
ha creído que contratar a personal cada vez más
joven, enérgico y virgen de manchas, era una buena
solución a ese problema. Lo fue, y ya no. Los jóvenes
de la generación “Y” tienen exigencias
firmes en cuanto a la reciprocidad que esperan de las empresas,
y consideran la relación laboral como una transacción.
En consecuencia, o no aceptan los malos puestos de trabajo
(aquellos en los que no se sienten justamente valorados),
o se queman más rápido que antes, o bien aún
son de los que no tienen mucha elección para ganarse
la vida, y la empresa incorpora a trabajadores mediocres.
Luego
se desespera por la ausencia de talento y se buscan ungüentos
para aplacar los síntomas en lugar de curar las causas.
La
reciprocidad es uno de los tres pilares de la organización
fractal. Significa que nos necesitamos mutuamente, y que uno
no puede ganar si no lo hace el otro. Dentro del cascarón
que es la empresa, propiedad y empleados han se ser como la
clara y la yema. O no habrá huevos.
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