¿Por
qué las cuentas no cuadran en la economía digital?
¿Cómo entender, o tratar de entender, los misterios
de las empresas en la era digital?
Hace
cerca de un año fue declarado en bancarrota en los
Estados Unidos el gigante energético Enron, el
más grande del mundo, y que ha causado un gran revuelo
en ese país y en el mundo entero porque, nuevamente,
se han colocado en duda las normas de contabilidad y de auditoría
por las cuales se rige la mayoría de las empresas en
el mundo para registrar sus operaciones.
Hace
unos años las normas contables generalmente aceptadas,
que dicta el Instituto Americano de Contadores Públicos
Certificados, conocido como AICPA, eran pocas, claras y servían
para evaluar a las empresas en la era industrial. Pero actualmente
los negocios manejan efectos intangibles, haciendo muy complejo
determinar el valor real de una empresa, y mucho más
poder certificar sus operaciones a través de una auditoría.
Lo
que en un momento fueron conceptos simples como pérdidas
y ganancias, activos fijos, pasivos exigibles, ahora son bienes
intangibles y subjetivos, valores muy difíciles de
manifestarse en números en un balance tradicional,
figura contable que fue muy representativa en la era industrial,
pero ahora ya está con espacio reservado en los museos.
Los
balances y estados financieros se han tornado documentos complejos,
impenetrables y confusos, tanto para expertos, inversionistas
y analistas de Wall Street y altos ejecutivos, Como también
a veces para los propios auditores que revisan los registros
de las compañías. Ni qué decir las dificultades
para los accionistas latinos y profesionales contables.
La
consecuencia en Chile ha sido el incremento de las normas
de control, pero no un reconocimiento a la necesidad de crear
nuevos sistemas de registros del capital intelectual que se
está generando en las organizaciones.
En
síntesis los números son un pobre sustituto
de la imaginación, de la intuición, el juicio,
el pensamiento crítico y la creatividad.
La
partida doble contable de Luca Pacioli es el resultado del
matrimonio entre las matemáticas árabes y el
uso del papel en Europa en la Edad Media, mientras que el
Capital Intelectual es hijo del matrimonio entre las redes
electrónicas globales y el pensamiento.
Cada
hora se vende, compra, fusiona o cambia de propietario una
empresa en el mundo. Si se considera el valor patrimonial
de la organización y se lo compara con el valor de
enajenación o, en su defecto, el de Bolsa, se podrán
comprobar diferencias increíbles entre ambos valores,
el de libros y el de mercado. En síntesis, una empresa
no vale por el patrimonio que está registrado en el
balance. Vale por lo que el mercado estima o, mejor dicho,
por sus flujos y utilidades futuras.
Entonces
¿para qué existen todavía los balances?
¿De qué sirve esa confusión de números
escondidos por detrás de líneas obscuras, notas
en letras pequeñas al pie y un montón de frases
raras, con materias como activos y pasivos, inmovilizado o
diferido? Para qué decir de los créditos de
liquidación dudosa, o el realizable a largo plazo y
los pasivos circulantes.
¿Cómo
reaccionar frente a una depreciación o, peor, ante
una amortización? Ni hablar, en estos tiempos de globalización,
de goodwill, liabilities o equity. Así es. Sólo
se sabe vagamente que al final de cuentas el activo tiene
que ser igual al pasivo. También se sabe que lo más
importante está en la última línea del
balance, aquella que dice si una empresa está en el
azul o en el rojo. Pero la técnica contable continúa
siendo un misterio accesible a unos pocos iluminados.
Desde
el tenedor de libros hasta los contadores de la época
industrial ya se conocían casos de diferencias y discrepancias
entre lo que una empresa vale (cuánto están
dispuestos a pagar por ella) y lo que está registrado
en el balance. Se deduce entonces que el balance tiene la
función de señalar si la empresa tiene utilidades
o no, y carece de la información sobre el valor de
la empresa. Dicho de otra forma, la contabilidad tradicional
es fantástica para medir la utilidad que se origina,
pero es extremadamente pobre para medir las utilidades futuras.
Lo que el tenedor de libros de otrora no sabía, y no
podía imaginar, era la importancia que tendría
en la nueva economía esta enorme diferencia entre el
valor accionario y el de libros.
Consideremos
el caso del fabricante estadounidense de equipos de telecomunicaciones
CISCO. La empresa tiene contabilizados en el balance del 2000,
14,7 billones de dólares de activos, pero es valorizado
en el mercado en más de 470 billones de dólares,
o sea, 32 veces el valor de libros. En el portal Yahoo.com
esa proporción llega a 36 veces (valor de mercado 68,3
billones de dólares para activos de 1,9 billones).
En el caso de Oracle, son 30 veces.
La
discrepancia mayor en las empresas de la nueva economía
ocurre por un motivo simple: los activos más importantes
de ellas no son fábricas o máquinas declaradas
como patrimonio en el balance. Ahora son marcas, clientes
o tecnologías. Esos son activos conocidos como intangibles.
De
acuerdo con los criterios tradicionales, una marca o un software
no pueden ser contabilizados, pero poseen un gran valor de
mercado. Aquí está el gran problema de la contabilidad
tradicional aplicada a empresas basadas en lo intangible:
¿cómo registrar en el balance aquello que el
mercado más valoriza?
Los
activos intangibles sólo pasan a existir contablemente
cuando la empresa vende o compra la marca o un software. O
sea, cuando entra o sale dinero de la caja, porque los balances
están basados en los flujos de caja. Eso tiende a aumentar
todavía más la diferencia entre lo que está
en el balance y lo que la empresa vale en el mercado. O sea:
el software que una empresa desarrolló, o una marca
que construyó, no entran en el balance como patrimonio.
Lo que se registra en el balance son los gastos en investigación
para crear el software o el marketing para construir la marca.
Eso
genera otro tipo de distorsión entre los balances de
la vieja y de la nueva economía. Cuando una empresa
construye, digamos, una fábrica, contabiliza todo el
costo de la construcción en el año en que ella
es concluida. Esto no tiene sentido: la fábrica va
a durar 20, 30 o quizá 50 años, generando ingresos
a lo largo del tiempo. El buen censo indica, entonces, imaginar
durante cuánto tiempo va a funcionar la fábrica,
lo que, por sí sólo, ya es difícil de
hacer, y se contabilice el valor de la construcción
en cuotas a lo largo de esos años. Eso es conocido
en la complicada jerga contable, como depreciación.
Veamos un ejemplo con la Cia. Manufacturera de Papeles y Cartones
en Chile, que construye una fábrica este año
por 70 millones de dólares y el proyecto tiene una
vida útil de 35 años. La empresa contabiliza
como gastos en el balance de este año sólo 2
millones de dólares y no los 70 millones.
Pero
los gastos de investigación y desarrollo, marketing,
publicidad y capacitación, no pueden ser tratados como
la fábrica, a pesar de que puedan representar exactamente
la misma cosa en el día a día de una empresa
de la nueva economía.
La
empresa StarMedia, por ejemplo, gastó recientemente
33,2 millones de dólares en investigación de
nuevas tecnologías y productos y 53,5 millones en marketing
y ventas. La empresa fue obligada, por las reglas contables
de los Estados Unidos (país de donde es originaria)
a contabilizar todo como gasto. Eso contribuyó a generar
una pérdida de 90,7 millones de dólares en su
balance. Buena parte del mito que circunda las pérdidas
de las empresas de la Internet puede ser atribuido a esa distorsión.
Aquello
que las empresas gastan en investigación, desarrollo
y marketing, puede generar beneficios por años, tal
vez décadas. Piense en todas aquellas empresas con
acciones cotizadas en el Nasdaq, la bolsa electrónica
estadounidense, con valor de mercado por las estrellas y pérdidas
ídem. Ellas no necesitan de fábricas, pero tienen
que construir otras cosas: marcas, bases de clientes, conocimiento
tecnológico, etc. En la economía de Internet,
son esos los bienes que determinaran el éxito o el
fracaso. Mientras tanto, las reglas contable estadounidenses
dicen que ellos deben ser registrados en el balance como gastos.
¿Qué diferencia produce eso? Pues, mucha.
Considere
el ejemplo de Amazon.com, la empresa de Jeff Bezos: publicó
en el balance de 2000 una pérdida de más de
700 millones de dólares. Si las inversiones en investigación
y desarrollo, marketing y publicidad, fuesen considerados
como activos y depreciados a lo largo de cinco años,
Amazon.com tendría una utilidad de 400 millones de
dólares.
Sin
poder confiar en una sóla línea de un balance
de una empresa de la nueva economía elaborado con base
en criterios tradicionales, el mercado acaba sobrevalorizando
a las empresas y lo que ellas representan en términos
económicos.
En
Chile y otros países latinos, como Brasil, esta situación
es relativamente diferente. Algunos desembolsos en marketing
e investigación y desarrollo, especialmente inversiones
realizadas antes que la empresa comenzara a operar, pueden
ser contabilizados como activos y no como gastos, como manda
la ley estadounidense. Tales gastos entran en el balance con
el misterioso rótulo de “activos diferidos”,
y pueden ser depreciados a lo largo de un periodo determinado
de tiempo. De esta forma, el balance de una empresa de la
nueva economía puede usar estas normas para registrar
de forma más realista sus intangibles.
Las
reglas contables del tiempo de la máquina de vapor
le han sacado canas verdes a los contadores y gestores de
muchas empresas digitales. Al final, ¿qué juicio
harán los inversionistas de esas empresas cuyos balances
son incapaces de registrar sus bienes más importantes,
como su base de clientes, su marca o las tecnologías
que desarrollan? Lo peor de todo es que las mismas reglas
contables de la vieja economía dan mucho margen a que
los contadores de las empresas de la nueva usen trucos para
hacer más seductores y atractivos los balances a los
ojos del mercado accionario.
Algunas
empresas digitales tienen, por ejemplo, registrados como ingresos
todo el dinero que los internautas pagan en los sites por
algún producto o servicio, cuando en verdad se quedan
con una pequeña parte del total.
Veamos
el caso de Priceline.com, empresa estadounidense que se hizo
famosa por crear un modelo en que el internauta señala
cuánto quiere pagar por un pasaje aéreo o cuánto
de hotel. La empresa registró una facturación
de 152 millones de dólares en su más reciente
balance trimestral presentado al Securities and Exchange Comission
(SEC), la comisión que fiscaliza el mercado accionario
de los Estados Unidos. Pero esa suma incluye el valor total
que los consumidores pagaron por pasajes aéreos, hotel
y arrendamiento de autos. Princeline.com sólo embolsó
1,8 millones de dólares. El resto del dinero fue pagado
a las compañías del área, hoteles y arrendadoras
de vehículos.
Otro
truco contable que se está tornando común entre
las empresas punto com es registrar el valor de los banner
o anuncios permutados como si los mismos hubiesen sido vendidos.
Starmedia, por ejemplo, computó una facturación
de 5,6 millones de dólares en el tercer trimestre del
año fiscal de 1999. Pero 26% de ese total se refería
a anuncios por los cuales la empresa no recibió ni
un centavo, pero sí espacios publicitarios permutados
con emisoras de TV y radio.
Ese
tipo de transacciones es común en los medios tradicionales.
Las transacciones con permuta de anuncios responden por el
6% del total de los ingresos de publicidad en Internet, según
un estudio realizado por PriceWaterhouse.
Las
empresas digitales, maestras en el arte de ofrecer productos
y servicios gratis para atraer internautas, descubren maneras
para disfrazar el efecto que toda esa generosidad produce
en el balance. Imagínese que un usuario compre un sueter
de U$S 20 en un site que ofrece un descuento de 20% sobre
ese precio. Las empresas, entonces, deberían contabilizar
apenas U$S 16 como ingresos y U$S 16 como gastos de marketing.
Al final de cuentas el resultado es el mismo, pero las ventas
acaban apareciendo infladas. Se trata de un artificio poderoso
en un mundo en que la mayoría de las empresas dan pérdidas
y en que todos miran hacia el crecimiento de las ventas para
invertir.
Amazon.com,
E-toys y 1-800 Flowers están entre las muchas empresas
de comercio electrónico que hacen malabarismos con
los costos de almacenamiento, embalaje y envío de productos.
Las empresas del mundo tradicional contabilizan esos gastos
como gastos de ventas. Las empresas de Internet los contabilizan
como gastos de marketing. Por qué, porque los gastos
de ventas afectan directamente los márgenes de utilidades.
Muchas empresas digitales ya operan con márgenes de
utilidad anoréxicos y tienen poco interés en
que éstos adelgacen aún más.
Otro
beneficio para las punto com: esta práctica les permite
esconder gastos de otro tipo en medio de egresos con marketing
que los inversionistas creen necesarios en este momento para
construir marcas conocidas. Es una forma de transformar un
gasto muchas veces bastante tangible en un atrayente activo
intangible.
La
librería virtual varsitybooks.com canceló a
sus auditores externos después que éstos se
reusaron a firmar el balance en que los costos de envío
estaban contabilizados como gastos de marketing. La nueva
empresa de auditoría firmó el balance. Al final
del año pasado, la SEC estadounidense, entidad que
fiscaliza el mercado accionario, envió un documento
al órgano que define los padrones contables en ese
país. En once páginas listaba los problemas
en las prácticas contables usadas por las empresas
digitales y pedía un pronunciamiento del órgano
rector para que las eliminara. No se conoce respuesta a la
fecha.
La
valorización del mercado a los activos intangibles
que no son contabilizados acaba ofreciendo una brecha. Siempre
da para disfrazar balances jugando con aquello que el mercado
va a juzgar como intangible.
Un
endurecimiento en las reglas contables americanas, quizá
por el caso Enron, ya bastante rígidas, puede cohibir
algunas prácticas dudosas, pero nunca hará que
éstas acompañen el ritmo con que los magos de
las finanzas inventan nuevos trucos para hacer de los balances
piezas apreciadas a los ojos de los inversionistas, sin infringir
la ley.
El
tema de las diferencias entre valor del patrimonio de una
empresa registrado en el balance y su valor en el mercado
accionario es más complicado que el análisis
expuesto. Los balances actuales son muy objetivos y racionales.
Para que representen la perspectiva de una empresa que dé
utilidades en el futuro, necesitan basarse en criterios más
subjetivos. Pero, de esa forma los balances darían
forma a mayores márgenes de “malabarismos”
contables. Se transforma en arena movediza ¿Qué
contador iría a firmar un balance de esos? Es por eso
que esta discusión está a nivel académico
solamente.
Mientras
tanto, las reglas que se siguen utilizando son las de la vieja
economía, de ladrillo y cemento, o sea, dejar las cosas
tal como están. Si se mueve algo, todo empeora. Hay
que limpiar y cuidar la estatua de Luca Pachioli, no queda
otra. |